sábado, 5 de junio de 2021

Madrigales

 
[I]
 
Dibujo de Federico García Lorca
Como las ondas concéntricas
sobre el agua,
así en mi corazón
tus palabras.
 
Como un pájaro que choca
con el viento,
así sobre mis labios 
tus besos.
 
Como fuentes abiertas
frente a la tarde,
así mis ojos negros
sobre tu carne. 

Federico García Lorca

jueves, 3 de junio de 2021

Las voces diversas del estallido social en Colombia

Colombia celebró el 28 de mayo su primer mes de protestas, replicadas por todo el país, el segundo más desigual de Latinoamérica

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Las Mamás de la Primera Línea junto a la madre de Dilan Cruz, joven asesinado por el ESMAD en las protesta de 2019. 28 de mayo, Bogotá. MARINA SARDIÑA

Dos grandes ollas de latón yacen al fuego bajo un letrero que dice “Portal Resistencia” reescrito con tinta roja. El grupo de cocina camina de un lado a otro, alguien donó varias libras de arroz y toca ponerlas a hervir. Unos metros más allá, en la plazoleta de lo que antes se llamaba Portal Américas, la terminal de la línea sur de TransMilenio, el sistema de transporte masivo de Bogotá (Colombia). 

Este será el almuerzo de muchos manifestantes y curiosos que se acercan a la improvisada cocina atraídos por el olor que desprende la sopa. “La olla comunitaria puede dar de comer a entre 200 y 300 personas diarias”, explica su cocinera principal, Rubí, con un acento costeño que no se le ha borrado pese a llevar ocho años en Bogotá. “Tengo la esperanza de que Colombia despertó”, dice la cocinera desempleada, de 43 años. “Los mayores viendo esa lucha de los jóvenes, donde se han puesto vidas y sangre, van a tener una mejor mentalidad de cara a las elecciones del próximo año”, sostiene..

“El Bogotazo [una ola de protestas y violentos disturbios que se iniciaron en la capital en 1948] fue hace muchos años. Ahora, ¿cómo lo llamaríamos?”. Duda, mira a su alrededor y sigue: “Es el paro humanitario. El paro por una Colombia mejor, más justa, por reformas que sí convienen al pueblo colombiano”, concluye Rubí, sujetando un cucharón de madera gigante, antes de volver al “calor de la olla”. 

Colombia celebró el 28 de mayo su primer mes de protestas, replicadas de forma masiva por todo el país. Si bien la reforma tributaria –retirada por el gobierno de Iván Duque durante la primera semana de movilizaciones– fue la mecha del estallido social, las movilizaciones sociales han sido un catalizador de frustraciones, demandas y necesidades más amplias, derivadas de años de carencias estructurales en el segundo país más desigual de América Latina.

El sistema de estratificación

No es casualidad que los puntos de resistencia de las marchas en las grandes ciudades colombianas confluyan en las periferias, en los barrios populares, empobrecidos. El 80% de las familias de menores ingresos perdieron su empleo por la pandemia. En un país donde la sociedad se divide por estratos (del 1 al 6, siendo el primero la población más vulnerable), la estratificación marca casi de por vida las oportunidades de las personas

Pese a que el sistema de estratos fue diseñado en los años noventa como una manera de clasificar a la población respecto a las cualidades de la vivienda y poder ofrecer así subsidios, este sistema único en Latinoamérica “empezó a cristalizar esa segregación socioeconómica de la ciudad”, explica a lamarea.com Adriana Hurtado, urbanista y antropóloga de la Universidad de los Andes, apelando a que el sistema hace más difícil la diversidad: “el estrato termina siendo un indicador, incluso un predictor, de las oportunidades educativas o laborales”. 

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Los cocineros de la olla comunitaria del punto de encuentro de manifestantes en el sur de Bogotá, en el renombrado Portal Resistencia. 21 de mayo. MARINA SARDIÑA

“Lo que pasa en las grandes ciudades de Colombia no es nada comparado con lo que vivimos en los territorios que habitamos los pueblos negros. No es un fenómeno nuevo, sino una lucha de años. Nuestra lucha es más fuerte por toda la carga histórica que acarreamos”, dice Angie, una joven procedente de Tumaco, Nariño, una de las regiones del sur del país más afectadas por el conflicto armado y las guerras del narcotráfico. 

La tasa de desempleo juvenil se sitúa en el 24% en Colombia. “Esa desigualdad social está también espacialmente delimitada. Es muy fácil que en las protestas también se puedan rastrear de manera diferenciada en el espacio”, prosigue Hurtado, “todas las periferias o los barrios populares, de origen informal, concentran la mayor cantidad de jóvenes con dificultades de acceder al empleo y a la educación”. Ese es motivo por el que las protestas terminan masificándose allí y “la represión policial se concentra más en estas zonas respecto a las movilizaciones convocadas en otros barrios de estratos más altos y acomodados”, concluye la urbanista.

Los jóvenes al frente de las protestas en Colombia

Es la inequidad, que golpea con más dureza a los jóvenes de los barrios populares, sumidos en la precariedad e informalidad, lo que sacó a miles de ellos a las calles. Como presagio a esta premisa, en el concierto de “Portal Resistencia”, una banda local interpreta el Baile de los que sobran, del grupo chileno Los Prisioneros. Custodiando el escenario están los muchachos de la Primera Línea que tararean bajo sus pasamontañas la letra de la icónica canción protesta: “Únete al baile / de los que sobran / nadie nos va a echar de más / nadie nos quiso ayudar de verdad”. Su vestimenta destaca entre los manifestantes: cascos de obrero baratos, guantes, máscaras de gas. Solo dejan ver sus ojos, así evitan ser identificados por la Policía. 

Soga, como se hace llamar un joven alto y delgado, cuenta que lleva peleando por la democracia del país desde 2017, cuando entró en la Universidad Nacional de Colombia, una de las únicas dos universidades públicas de la capital, Bogotá. “Primero que todo me mueve el abuso policial, no es justo que nos repriman de esta manera”, se queja. Más de 60 personas han muerto desde el inicio de las manifestaciones y 43 estarían presuntamente vinculadas a la fuerza pública, según la ONG local Temblores. 

Colombia
Jóvenes manifestantes celebran el primer mes de Paro Nacional en el Monumento de Héroes. 28 de mayo, Bogotá. MARINA SARDIÑA

Los chavales de la Primera Línea sienten el miedo de ser un número más en ese recuento aproximado: “Desde que sales de casa no sabes si vas a volver. Como miembro del grupo tienes que estar mentalizado de que puedes morir”, dice Soga, mientras recibe un jugo y un plátano de una compañera. “Nos organizamos de una manera que tanto el pueblo como la Policía nos identifiquen para que no crean que somos vándalos, porque así es como nos ven”. Y reitera: “no somos un grupo de ataque, sino de respuesta”. 

Durante este Paro Nacional han surgido con fuerza los grupos de Primera Línea, similares a los que se vieron en las protestas de Chile en 2019. Son “pelaos”, como llaman a los jóvenes en Colombia, la mayoría procedentes de barrios populares, que ponen el cuerpo frente a los ataques del ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) y la Policía cuando estos reprimen violentamente las manifestaciones. 

Su única protección son los improvisados escudos, hechos con madera, señales de tráfico y cubos de latón. “Resistencia con ovarios. Detrás de esta máscara hay una idea y las ideas son a prueba de balas”, escribió en su escudo rosa Yarlín, miembro Escudos Azules, un grupo que surgió en las marchas de 2019. 

Casi todos los muchachos tienen marcas de combate. Los que corren más suerte muestran sus quemaduras por los impactos de las aturdidoras o los gases lacrimógenos. Otros han perdido ojos e incluso han recibido disparos con armas de fuego. Al menos 3.400 personas han resultado heridas en poco más de treinta días de movilizaciones. Las mujeres que salen a las calles a protestar se enfrentan además a los abusos sexuales, más de 22 casos registrados de violencia sexual por parte presuntamente de la Policía Nacional, según la ONG Temblores. 

“Tuve el caso de una chica de Primera Línea que la retuvieron y la manosearon. Le hicieron desnudarse entera”, relata Sami, líder del grupo en “Portal Resistencia”. La joven de 25 años, pedagoga infantil y madre de dos niñas, expresa que siente miedo de ser un “falso positivo”, como se conocen a las desapariciones forzosas de civiles a manos de los militares en el marco del conflicto armado colombiano. Su temor no es irracional, más de 100 personas siguen desaparecidas en el marco de las protestas.

Mamás de Primera Línea

Ante la represión cometida por la fuerza pública cuando cae la noche, un grupo de madres de la localidad de Kennedy, en Bogotá, decidieron formar la Primera Línea de Mamás, lideradas por Vanessa. Son madres cabeza de familia guiadas por ese instinto primario de madre: el de proteger a sus hijos y a los jóvenes del barrio. “Nadie nos ha entrenado, simplemente nos paramos duro frente al ESMAD y resistimos lo que venga”, cuenta bajo el anonimato una de las seis integrantes. 

Su espontaneidad es patente. “Mi mamá es una bandolera”, fue la respuesta del hijo pequeño de una de ellas cuando la reconoció en los informativos de una televisión local. “Nosotras les decimos que no tengan miedo, que vamos a volver a casa y que estamos aquí por su futuro”, repiten estas mujeres que se han ganado el respeto de los más jóvenes y veteranos en los enfrentamientos con la Policía. 

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Sofía y Juan Carlos, politólogos, se manifiestan en apoyo a los jóvenes en el primer mes de Paro Nacional. 28 de mayo, Bogotá. MARINA SARDIÑA

Son madres colombianas que no aguantaban más el dolor de ver morir a sus hijos e hijasMamás de Primera Línea en las manifestaciones y en el frente del cuidado, en sus hogares. Las más golpeadas por las crisis derivadas de la pandemia han sido las mujeres jóvenes, una afectación mayor para las mujeres jóvenes del campo. 

Ellas cargan con ese contexto histórico y representan a todas las mujeres invisibilizadas bajo el patriarcado y machismo estructural de la sociedad colombiana. Sus relatos fueron escritos en los márgenes de las historias durante años y ahora, gracias a este estallido social, alzan la voz y se reivindican como protagonistas bajo un aplauso colectivo de sororidad

Liliana también es madre, acude cada día a los puntos de encuentro de los manifestantes del sur de la ciudad con sus cuatro hijos. “Les gusta que venga con ellos porque muchas veces los papás no les creen. ¿Qué es lo que pasa? Todo el mundo lo ve desde la televisión, con los medios que solo miran para un lado. Y los papás creen que son los niños los que están haciendo las cosas mal. ¡No es así!”, dice sobre el papel de los medios tradicionales que con frecuencia acusan de “vándalos” y promueven la polarización extrema que existe en el país, bajo el discurso oficialista.

Eventos culturales y manifestaciones artísticas en Colombia

En otro punto de concentración, en el Monumento de Héroes, dos niños bailan al son de una batucada, arropados por la bandera colombiana. Su madre, Olga Lucía Ponte, les sigue el ritmo y dice: “Colombia lleva pidiendo auxilio desde hace décadas y es el momento de que nosotros le entreguemos una herencia correcta a nuestros hijos”. Otra madre lleva a su hija a hombros, que muestra orgullosa a la cámara su pancarta: “Gracias a ustedes que aún sin querer tener hijas, luchan por los derechos de las niñas”. 

Desde lo alto del monumento, Luz Neli Vargas, de 75 años, da un discurso ante los miles de jóvenes y familias congregadas. Apoyada sobre su bastón expresa su entusiasmo por las protestas: “No importa la edad que tengamos, estamos aquí. Estamos fuertes para que no mueran los sueños de los jóvenes, jamás”.

En la celebración del primer mes de protestas el ambiente es festivo. Los artistas realizan performances en las avenidas, pasean sus mejores maquillajes entre los manifestantes, suenan arengas y cánticos que no cesan pese a la lluvia. Si bien los jóvenes están siendo los protagonistas de la resistencia, cientos de adultos expresan su apoyo, conscientes de que esta lucha es por las nuevas generaciones. “Ahora estamos viendo esa explosión social, estamos dándole la oportunidad a los jóvenes por primera vez en la historia para que se expresen”, dice Sofía, politóloga colombiana, sosteniendo la wiphala indígena. 

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Soga, joven de Primera Línea en «Portal Resistencia», Bogotá, durante un concierto para recaudar fondos. 21 de mayo. MARINA SARDIÑA

“Nuestra súplica es que el Gobierno no siga matando a estos jóvenes que protestan”, añade su marido Juan Carlos González, también politólogo de la Universidad Pontificia de la Javerian. “Eso es inconcebible en un país que se precie a tener una Constitución donde establece que es un Estado social de derecho” señala. 

Ambos académicos coinciden desde las marchas cómo las acciones del Gobierno han conseguido polarizar aún más a la sociedad colombiana, volviendo al país en un gran campo de batalla. “Tenemos que presionar para que esto se transforme y salga esa estructura de poder imperante; se generen nuevos liderazgos que tienen que estar necesariamente vinculados a los jóvenes”, concluyen antes de proseguir lanzando mensajes de aliento a los chavales.

Su mensaje, pese a la diferencia de edad, coincide con el de Efi, estudiante de 18 años: “Debemos tomar consciencia de que la lucha popular influye muchísimo y es más educativa y recreativa que muchas de las clases doctrinales que tenemos”.

Más abusos policiales contra manifestantes

Unos reclamos que no están siendo escuchados por la clase dirigente y el mandatario Duque, quien –con tono belicista–  está aplacando las protestas sociales a través de la fuerza. El pasado viernes, tras la escalada de violencia en la ciudad de Cali, en el suroccidente, al menos 13 personas perdieron la vida. La tercera ciudad del país es también el epicentro de las movilizaciones. Allí se han vivido los episodios más cruentos de la represión policial y de civiles armados que disparan armas de fuego bajo el amparo policial contra los manifestantes.

“Estamos ante un panorama en el cual vemos grupos parapoliciales y paramilitares apoyando a la fuerza pública en su tarea de reprimir a la ciudadanía. No solo es una violación de todos los estándares internacionales en materia de derechos humanos, sino que constituye un grave delito de lesa humanidad que eventualmente tendrá que ser juzgado por las autoridades competentes”, explica Sebastián Lanz, co-fundador de la ONG Temblores

En respuesta, el mandatario volvió a desplegar la fuerza militar en las ciudades, ignorando la principal demanda de las manifestaciones: el cese de la violencia policial y la desmilitarización de las urbes. El investigador de DeJusticia, Rodrigo Uprimny, se cuestiona el último movimiento del presidente, atrapado en una visión de “guerra fría” que le está impidiendo dar un manejo democrático al estallido social. “O quizás es una estrategia más perversa de tratar de empeorar aún más la situación y ganar apoyos entre la clase media, muy afectada por los bloqueos y aburrida delparo, que demandan mano dura”. 

La próxima semana, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos podrá finalmente ingresar al país para verificar los abusos cometidos durante las manifestaciones. La visita más aclamada por la calle y las organizaciones de derechos colombianas e internacionales trae un atisbo de esperanza para que la violencia de las últimas jornadas no quede en la impunidad. 

De camino a casa, el taxista, un exmilitar que luchó durante diez años en el Ejército colombiano durante la época más sangrienta del país, sentencia: “Aquí ya no necesitamos mártires de la guerra; no necesitamos mártires de los políticos; necesitamos gente profesional, gente nueva, que piense por el bien del pueblo, por todos”. 

Fuente: https://www.lamarea.com/2021/06/02/colombia-voces-diversas-del-estallido-social/

martes, 1 de junio de 2021

Un cuerpo dice la verdad


Reclining Nude.Edward Hopper

Un cuerpo dice la verdad. No siempre, ni a la primera, pero siempre es el cuerpo el que la dice

 J.M.Coetzee

lunes, 31 de mayo de 2021

Nestlé reconoce en un documento que el 60% de sus productos no son saludables

 En el documento interno elaborado por la empresa de alimentos más grande del mundo no se incluyen la leche de fórmula para bebés, los alimentos para mascotas, el café ni la división de ciencias de la salud

Fotografía Nestlé
Fotografía Nestlé
L.I

La empresa de alimentos más grande del mundo, Nestlé, ha reconocido en un documento interno que más del 60 por ciento de sus productos de alimentos y bebidas no cumplen con una "definición reconocida de salud" y que algunas de sus categorías y productos "nunca lo serán". Así lo reconocería una presentación que circuló a principios de año entre los altos ejecutivos de la compañía y a la que ha tenido acceso el 'Financial Times'.

En el documento en cuestión se reconoce que solo el 37 por ciento de los alimentos y bebidas de Nestlé en términos de ingresos logran una calificación superior a 3,5 según la calificación de estrellas de salud de Australia. Este sistema califica los alimentos con cinco estrellas y es utilizado en investigaciones por grupos internacionales como la Access to Nutrition Foundation. Nestlé describe el umbral de 3,5 estrellas como una "definición reconocida de salud".

En ese 60% de alimentos que no alcanzan el umbral mínimo de lo que se considerarían como alimentos saludables no se incluyen ni la leche de fórmula para bebés ni los alimentos para mascotas. Tampoco el café y la división de ciencias de la salud, que elabora alimentos para personas con afecciones médicas específicas. 

De acuerdo con la información publicada por 'FT', alrededor del 70 por ciento de los productos alimenticios de Nestlé no alcanzaron ese umbral, según la presentación, junto con el 96 por ciento de las bebidas, excluyendo el café puro, y el 99 por ciento de la cartera de productos de confitería y helados de Nestlé. El agua y los productos lácteos obtuvieron mejores resultados: el 82% de las aguas y el 60% de los lácteos alcanzaron el umbral.

84.416 millones de euros en ingresos afectados

“Hemos realizado mejoras significativas en nuestros productos. . . [pero] nuestro portafolio aún tiene un desempeño inferior en comparación con las definiciones externas de salud en un panorama donde la presión regulatoria y las demandas de los consumidores se están disparando ”, asegura la presentación a la que ha tenido acceso el diario financiero británico. Todos estos productos representan aproximadamente la mitad de los ingresos anuales de Nestlé, que ascienden en total a 92.600 millones de francos suizos (alrededor de 84.416,65 millones de euros).

La noticia se ha hecho pública cuando los fabricantes de alimentos se enfrentan a un impulso global para combatir la obesidad y promover una alimentación más saludable. Nestlé ocupó el puesto más alto entre los grandes fabricantes de alimentos y bebidas del mundo en un índice de 2018 que mide los esfuerzos para fomentar mejores dietas y que elabora la Access to Nutrition Foundation, aunque la fundación advirtió que "todas las empresas deben hacer mucho más". 

Nestlé dijo: “En los últimos años, hemos lanzado miles de productos para niños y familias que cumplen con criterios de nutrición externos. También hemos distribuido miles de millones de dosis de micronutrientes a través de nuestros asequibles y nutritivos productos ". Añadió: “Creemos que una dieta saludable significa encontrar un equilibrio entre el bienestar y el disfrute. Esto incluye tener algo de espacio para comidas indulgentes, consumidas con moderación. “Nuestra dirección no ha cambiado y es clara: continuaremos haciendo que nuestra cartera sea más sabrosa y saludable”. 

Fuente: https://www.meneame.net/story/nestle-reconoce-documento-60-productos-no-son-saludables

“Lo peor es cuando te das cuenta de que te infravaloran como científica por ser mujer”

La bióloga neoyorkina Nancy Hopkins se ha destacado tanto por su investigación del pez cebra para el estudio del cáncer, como por su activismo de género. Ya jubilada, dice que nunca dejará de investigar y ha creado con otras colegas un grupo para ayudar a las mujeres a emprender en biotecnología.

Nancy Hopkins en una imagen reciente. / Leonard_Greco_Big

Nancy Hopkins (Nueva York, 1943) comenta en el documental Picture a Scientist que acabó convirtiéndose en una “activista de género radical” en contra de sus deseos. Cuando entró en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) hace casi 50 años, no creía que el hecho de ser mujer fuera a tener un impacto negativo en su carrera.

Sin embargo, esta catedrática emérita de biología molecular y miembro de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU, enseguida comenzó a ver cómo sus colegas masculinos recibían mejor trato y tenían más oportunidades. Entonces tomó conciencia de que la infravaloración estaba condicionando su carrera y la de otras mujeres investigadoras.

Aun así, siempre se ha considerado una apasionada de su trabajo. Se casó en segundas nupcias a los 64 años. “Me divorcié de mi primer marido cuando tenía 30 años y no tenía intención de volver a casarme, me veía a mí misma como una ‘monja’ de la ciencia”, comentó con sorna a The New York times en una bonita pieza que este diario dedicó a su boda.

Usted es catedrática emérita de biología en el MIT. ¿Cuál es el foco de su trabajo? ¿Continúa investigando?

Nuestra investigación se enfoca en el uso del pez cebra en el laboratorio para estudiar los genes esenciales para el desarrollo temprano, la longevidad y la predisposición al cáncer. Hemos logrado desarrollar herramientas para la investigación del pez cebra e idear un método eficaz de mutagénesis de inserción a gran escala. Con esta tecnología, identificamos y clonamos el 25 % de los genes esenciales para que un huevo de pez cebra fecundado se convierta en una larva nadadora. Estos genes incluían genes conocidos y nuevos que predisponen a los peces al cáncer.

Ya no dirijo el laboratorio porque me he jubilado, aunque creo que los científicos en realidad nunca nos retiramos del todo. Además, sigo trabajando en cuestiones de igualdad de género que afectan a las mujeres en el ámbito científico.

Entró a trabajar en el MIT en 1973. Al principio le costó creer que su género pudiera tener una influencia negativa en su carrera. ¿Era esta institución un entorno hostil para las mujeres?

El MIT ha cambiado mucho, pero, mirando hacia atrás, veo claramente que no era la institución la que era hostil hacia la mujer, sino la sociedad en general que aún no estaba preparada para aceptarnos como científicas de alto nivel. Mi generación de mujeres fue la primera que pudo conseguir trabajo en las grandes universidades de investigación. En aquel momento, no sabíamos que el hecho de que nos abrieran las puertas no era todo lo que se necesitaba para crear un entorno inclusivo.

En el documental Picture a Scientist usted relata varios episodios de discriminación flagrante en su institución, pero cuenta que al principio aguantó y no hizo nada.

Sí, al principio, cuando empecé a sentir esa discriminación por ser mujer, estaba tan sorprendida que no sabía qué hacer. Los posdoctorales me veían más como una técnica que como un miembro de la facultad y por eso me hacían esperar, por ejemplo, para usar mi propio equipo. En aquella época, las mujeres teníamos que ser amables porque si no te tildaban de desagradable y difícil, y te evitaban. Cuando empecé a publicar artículos científicos en revistas, me di cuenta de que también tenía problemas para conseguir el crédito por mis descubrimientos. Pero seguí trabajando y me ascendieron a profesora asociada. Luego, tras conseguir la titularidad, empecé a tener ya problemas muy significativos y decidí actuar. Ya fui plenamente consciente de que me infravaloraban por el simple hecho de ser mujer y que esto estaba condicionando mi carrera y la de otras mujeres investigadoras. Lo peor es darse cuenta, es algo difícil de aceptar.

¿Cuál fue la gota que colmó el vaso?

Creo que fue alrededor de 1990. Iba establecer mi investigación con peces cebra y necesitaba conseguir 200 pies cuadrados [18 metros cuadrados] de espacio en mi laboratorio para instalar las peceras. Así que fui a administración y les dije que era profesora de investigación senior y que tenía menos espacio que algunos investigadores junior. El hombre me dijo: “Eso no es cierto”. Así que cogí una cinta métrica, recorrí el edificio cuando estaba vacío, medí los laboratorios y anoté y coloreé los espacios que tenía cada persona para saber cuánto espacio tenían. Hice también una tabla con todas las sumas, así que me llevó bastante tiempo.

Pensé que así podría demostrar con datos que tenía menos sitio que los investigadores varones. Pero cuando obtuve las mediciones y se las enseñé a la persona encargada de distribuir el espacio, se negó a mirarlas. Y fue entonces cuando me convertí en una ‘activista radical’, supongo que en contra de mis deseos, como cuento en el documental.

Y desde entonces ha estado involucrada en la defensa del avance de las mujeres en la ciencia.

Sí, durante los noventa un grupo de mujeres del MIT empezamos a organizar debates y establecer comités para analizar y combatir la desigualdad. Yo presidí el primer comité entre el 1995 y 1997. En 1999, escribimos un informe, que publicamos en el boletín del MIT. No imaginamos la repercusión que iba a tener. Aún pensábamos que nuestro problema era el de unas pocas mujeres de élite en instituciones punteras que querían hacer ciencia de muy alto nivel. Por supuesto, resultó ser un problema universal. Aquello causó una gran conmoción comenzaron a pedirnos declaraciones a los medios de comunicación y muchas mujeres nos escribieron desde todo el mundo con problemas similares, lo cual ha seguido sucediendo hasta el presente.

En 2018 usted y otras colegas del MIT crearon el Boston Biotech Working Group. ¿En qué consiste y cuál es el objetivo?

El grupo lo creamos tres mujeres del MIT, yo misma, Susan Hockfield, expresidenta del MIT e investigadora de neurociencia, y Sangeeta Bhatia, investigadora de ingeniería biomédica, que además ha cofundado y forma parte del consejo asesor de varias firmas de biotecnología. Entre los 39 miembros del grupo, están los principales grupos de capital riesgo, ejecutivos de la escena biotecnológica de Boston, investigadores del MIT, responsables políticos y administradores académicos.

Estamos trabajando para aumentar el número de mujeres que formen parte de los consejos de administración de las empresas de biotecnología y abrir más vías para que las investigadoras funden sus propias compañías.

Este grupo ha publicado un estudio que demuestra con datos la poca representación de las investigadoras del MIT en el sector de la biotecnología.

Nuestro estudio indica que entre 2000 y 2018, las investigadoras del MIT solo participaron en el 9 % de los eventos del MIT relacionados con biotecnología y otras industrias y que si las mujeres emprendedoras hubieran fundado empresas al mismo ritmo que los hombres, habrían lanzado 40 empresas más fuera del MIT en el mismo periodo de tiempo. Así que había que hacer algo para que las cosas comenzaran a cambiar.

Volviendo al documental Picture a Scientist. Algo que me dejo impactada es el comportamiento de Francis Crick con usted cuando era una joven investigadora en prácticas en el laboratorio de James Watson [Watson y Crick ganaron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por la estructura del ADN en 1962].

Si, bueno, lo que ocurrió fue que Francis Crick vino de visita al laboratorio para dar una charla. Yo tenía 19 años y estaba emocionada porque creía que tanto Watson como él eran genios. Estaba sentada en el pequeño laboratorio en el que trabajaba, entró Crick, me tocó los pechos y a continuación me preguntó como si nada: “¿En qué estás trabajando?”. Me quedé tan estupefacta y avergonzada que no supe qué decir o hacer.

En ese momento, solo me preocupaba que Jim Watson lo viera y que pudiera afectar a mi relación de estudiante-mentor con él —no lo vio, por cierto—. Yo admiraba mucho a Watson y me habría mortificado si lo hubiera visto. Tampoco quería avergonzar a Crick. Quería estar segura de poder interactuar con él científica y socialmente más adelante, sin que quedara ningún residuo de vergüenza. Así que hice como si no hubiera pasado nada.

Además, ¿a quién se lo iba a decir y qué iba a decir?, era una época diferente. El término ‘acoso sexual’ no existía. Ni siquiera yo sabía lo que era.

Un comportamiento así hoy sería inadmisible. Algo se ha mejorado, ¿no?

¡Sí! Ahora es muy diferente. Las mujeres pueden hacer cualquier cosa. Aunque sigue siendo más difícil para nosotras debido a las mayores responsabilidades familiares y a algunos prejuicios de género que aún existen, pero todo es mucho mejor ahora.

Mi generación —tal y como describíamos en nuestro informe de 1999— descubrió cómo el sesgo inconsciente da lugar a la exclusión, la marginación y la infravaloración de las científicas, y cómo esto conduce a desigualdades en la distribución de los recursos y la compensación para las mujeres. En aquel momento, pedimos al MIT que solucionara estos problemas mediante un seguimiento y una medición constantes, y que luego se ajustara para garantizar la equidad.

¿Cree que las nuevas generaciones de científicas son más exigentes?

¡Claro! Hoy las jóvenes investigadoras piden mucho más. Esperan que la institución ofrezca una cultura inclusiva. No quieren tener que pedir que se les trate de forma equitativa, ni hacer el duro trabajo de señalar constantemente las desigualdades. Quieren cambiar la propia cultura, recompensando a las personas que son grandes científicas y que además saben cómo crear entornos de trabajo inclusivos.

Sin embargo, una de las cosas importantes que hay todavía que cambiar es la equiparación de las responsabilidades familiares entre las mujeres y los hombres que trabajan. También en este caso se trata de una cuestión social amplia y profunda en la que todavía se necesitan muchos cambios.

¿Qué consejo le daría a una joven que quiera dedicarse a la investigación?

¡Hazlo! ¡No lo dudes! Ser científica ha sido el mayor privilegio de mi vida. Es la profesión más apasionante que conozco. Cualquiera que consiga ser científica es una persona afortunada.

Fuente:  https://www.agenciasinc.es/Entrevistas/Lo-peor-es-cuando-te-das-cuenta-de-que-te-infravaloran-como-cientifica-por-ser-mujer

viernes, 28 de mayo de 2021

Secuestro

Dolours Price, fotografiada por la revista italiana L`Europeo@ Phil Montgomery

Jean McConville tenía treinta y ocho años cuando desapareció, y se había  pasado casi media vida embarazada o recuperándose de un parto. Dio a luz catorce hijos y perdió a cuatro de ellos; así pues, le quedaron diez, de edades comprendidas entre los veinte años de Anne, la mayor, y los seis años de los mellizos Billy y Jim. Traer al mundo diez hijos, y no digamos ya criarlos, puede parecer una verdadera hazaña, pero hablamos de Belfast en el año 1972, donde eran habituales las familias ultranumerosas y desorganizadas, así que Jean McConville no aspiraba a conseguir ningún premio. Y ninguno le dieron.
   Todo lo contrario, pues la vida le planteó otra dura prueba cuando su marido, Arthur, falleció tras una larga y penosa enfermedad. De repente, se quedó sola, viuda, con una exigua pensión, sin un empleo remunerado y un montón de hijos a su cuidado. Desmoralizada por la magnitud de su desventura, Jean hizo cuanto estuvo de su mano para mantener una cierta estabilidad emocional. No salía apenas de casa, echaba mano de los hijos mayores para controlar a los más pequeños, y mientras tanto buscaba conservar el equilibrio -como quien ha sufrido un acceso de vértigo- a base de encender un pitillo con la colilla del anterior. Plantó cara a su desdicha y se esforzó por hacer planes para el futuro. Pero la verdadera tragedia del clan McConville no había hecho sino empezar.
   La familia acababa de dejar el piso donde Arthur pasara sus últimos día y se había mudado a otro ligeramente más amplio en Divis Flats, un complejo de viviendas de protección oficial, húmedas y feas, ubicado en West Belfast. Aquel diciembre fue muy frío, y a media tarde la ciudad quedaba sumida en tinieblas. El hornillo para cocinar, en el piso nuevo, no estaba conectado todavía, así que Jean mandó a su hija Helen, que tenía entonces quince años, a por una bolsa de fish and chips. Mientras el resto de la familia esperaba a Helen, Jean llenó la bañera de agua caliente. Cuando se tienen hijos pequeños, a veces el único lugar donde uno puede gozar de cierta intimidad es el cuarto de baño y con el pestillo echado.Jean era una mujer menuda y pálida de rasgos delicados y cabellos oscuros, que solía peinar hacia atrás. Se metió en la bañera y allí se quedó un buen rato. Después, cuando acababa de salir del agua, la piel toda colorada, alguien llamó a la puerta de la vivienda. Eran aproximadamente la siete, y los niños supusieron que sería Helen que regresaba con la cena.
  Pero al abrir la puerta, varias personas irrumpieron en el interior. Fue todo tan brusco que ninguno de los McConville pudo decir con exactitud cuántos eran; tal vez ocho, o quizá diez o incluso doce. Una banda de hombres y mujeres. Unos llevaban la cara tapada con pasamontañas, otros con medias de nailon que daban a sus facciones un toque siniestro. Y al menos uno de ellos empuñaba un arma de fuego.
   Jean salió del baño vistiéndose sobre la marcha, los niños asustados a su alrededor, y uno de los intrusos dijo de mala manera: "Ponte el abrigo". Jean temblaba sin poder controlarse cuando intentaron sacarla del piso. "Pero ¿qué pasa?", preguntó, aterrorizada. Fue entonces cuando los niños reaccionaron. Michael, que tenía once años, intentó agarrar a su madre. Billy y Jim, entre gemidos, quisieron abrazarla. Los de la banda les dijeron que se calmaran, que la traerían de vuelta; solo querían hablar un rato con ella; serían un par de horas nada más. 
   Archie, que con dieciséis años era el mayor de los que estaban en casa, preguntó si podía acompañar a su madre a dondequiera que fuesen, y los de la banda accedieron. Jean McConville se puso un abrigo de tweed y un pañuelo de cabeza mientras los más pequeños eran conducidos a una de las habitaciones. Los intrusos procuraron calmarlos con escuetas garantías; al dirigirse a ellos los llamaban por su nombre de pila. Dos no iban enmascarados y Michael McConville se dio cuenta, con horror, de que las personas que se llevaban a su madre no eran gente desconocida: eran vecinos suyos.
 
Army Patrol, de Clive Limpkin. Tomada en 1971 en Irlanda del Norte.
   Divis Flats era una pesadlla sacada de un dibujo de Escher, una madriguera de escaleras, pasadizos y pisos atestados de gente. Los ascensores estaban siempre averiados. La pequeña melé sacó a Jean de su piso, la condujo hacia un pasillo y escaleras abajo. Normalmente, siempre había alguien rondando de noche por allí, incluso en invierno: chavales jugando a la pelota o gente que volvía del trabajo. Sin embargo, Archie se fijó en que todo parecía misteriosamente desierto, casi como si hubieran hecho despejar toda la zona. No había nadie a quien avisar, y ningún vecino que pudiera dar la alarma. 
   Iban andando muy juntos, madre e hijo, ella aferrada a Archie, pero al llegar al pie de la escalera había otro grupo de gente, esperándolos. Varios de ellos armados. Con el motor al ralentí, una furgoneta Volkswagen esperaba en la calle. De repente, uno de los hombres giró en redondo. Por un momento, el brillo mate del arma que empuñaba se destacó en la oscuridad. El hombre apoyó la punta del cañón en la mejilla de Archie y dijo entre dientes: "Lárgate". Archie se quedó tieso, notando el tacto frío del metal en la piel. Quería proteger a su madre fuera como fuese, pero ¿qué podía hacer? Era solo un muchacho, no iba armado, y ellos eran muchos. De mala gana, giró en redondo y volvió escaleras arriba.
   En la segunda planta, una de las paredes no era toda de hormigón sino que tenía una serie de listones verticales que los niños McConville llamaban "casilleros". Atisbando entre los resquicios, Archie pudo ver cómo metían a su madre en la fugoneta y cómo el vehículo se alejaba de Divis Flats hasta perderse de vista. Más tarde comprendió que la banda no había tenido la mernor intención de permitir que acompañara a su madre, que solo le habían utilizado para sacar a Jean del piso. Archie se quedó allí de pie, en el espantoso silencio invernal, tratando de asimilar lo ocurrido. Un rato después, volvió a casa. Las últimas palabras que su madre lehabía dicho eran "Vigila a los niños hasta que yo vuelva"...

                                                                            Jean McConville, con Robert, Helen, Archie, y su marido Arthur

No digas nada
Patrick Radden Keefe

jueves, 27 de mayo de 2021

Los judíos también sangran

 Si todos podemos ser judíos, también todos podemos ser nazis. Porque el verdadero mal, como revela ‘El mercader de Venecia’, es ese de no reconocer en el otro, mientras nos creemos buenos, un hermano carnal

Una representación de 'El mercader de Venecia' en Nueva York, a finales del s.XIX o inicios del XX. Byron Company / Wikimedia Commons

Conocemos el argumento de El mercader de Venecia, drama escrito por Shakespeare entre 1596 y 1598. Antonio, un rico y honesto comerciante, para atender las necesidades de su amigo Bassanio, se resigna a pedir un préstamo a Shylock, un usurero judío cuya única hija, Jessica, mantiene amores clandestinos con un cristiano. Shylock, que odia a Antonio por razones que enseguida se dirán, accede a prestarle dinero con una condición extravagante, cuyo refinado sadismo, en realidad, tranquiliza al deudor: la de que, en caso de no poder saldar su deuda en el plazo establecido, Antonio le entregue una libra de su propia carne, extraída de la zona “más próxima al corazón”. Esta cláusula parece a todos una broma truculenta, imposible de aplicar en la práctica, pero llegado el momento, tras la ruina económica del prestatario, Shylock exige su cumplimiento y la república de Venecia, muy celosa de sus leyes, de las que depende su credibilidad comercial, no tiene más remedio que dar la razón al judío. Solo la intervención de una mujer enamorada, disfrazada de leguleyo, invierte la situación, en estricta legalidad, en el último momento.

En 1596 no había judíos en Inglaterra: habían sido expulsados en 1290 y sólo volverían cuarenta años después de la muerte de Shakespeare, en 1657, gracias a un edicto de Cromwell. El dramaturgo inglés, como tantas veces, toma la historia de una fuente anterior, en este caso Il pecorone, atribuida a un tal Giovanni Fiorentino, una popular colección de novelle, en la estela del Decamerón, difundida por primera vez en Italia en 1378 e impresa y traducida al inglés en 1558. En la “jornada cuarta” Il pecorone relata, con otros nombres y algunas variaciones narrativas, tanto la historia de amor entre Bassanio y Porcia como la de la “deuda de carne” entre Antonio y Shylock, al que la versión medieval italiana –detalle digno de reseñar– no da ese nombre. No le da, de hecho, ningún nombre. Comparece una y otra vez bajo el apelativo de “el Judío”, así en mayúsculas, arquetipo, pues, y no personaje, cifra abstracta de todos los tópicos negativos asociados a “los verdugos de Cristo”.

En Shakespeare el judío tiene nombre, porque solo los nombres catalizan energía dramática, pero Shylock reúne todos los vicios de la caricatura antisemita tradicional, a los que suma otro terrible: el odio sectario. Shylock es avaro, mezquino, interesado, insensible: incluso prefiere perder a su hija antes que sus ahorros de logrero. Antonio, por contra, presenta todas las virtudes: es rico por sus propios méritos, a fuerza de correr riesgos y sin parasitar a nadie; es dadivoso y leal con sus amigos; y también un buen cristiano, pues a veces presta dinero a los más pobres sin cobrar intereses. Shakespeare no nos dice –y su público no lo sabe–  que no hubiese podido cobrarlos sin violar la ley. Los judíos ricos, como sabemos, eran ricos porque no se les dejaba ser otra cosa. El Derecho Canónico prohibía a los cristianos el préstamo con interés (con el hermoso argumento de que “no se puede extraer beneficio del tiempo, que pertenece a Dios”), pero se lo permitía a los judíos, funcionalmente situados, en este caso, al margen de su jurisdicción. Entre Guillermo el Conquistador, con el que entran en Inglaterra las primeras comunidades hebreas, y Eduardo I, que los expulsa del reino, los judíos son utilizados por los reyes a fin de succionar riqueza cristiana sin menoscabar su prestigio: los usureros, que “chupan la sangre” de los nobles y burgueses y se ganan así el odio de las clases populares, son gravados con impuestos abusivos, de manera que la riqueza de sus víctimas acaba, por esta vía interpuesta, en la hacienda real. Esto fue así, con ligeras variantes, en toda Europa, como lo refleja la propia trama italiana de El mercader de Venecia.

En todo caso, ¿por qué se muestra tan implacable Shylock? ¿Por qué no se arredra ni ante los requerimientos del Dux? El mercader de Venecia es, como todas las obras de Shakespeare, una tragedia de matriz e intención popular. El autor inglés pone en juego “tipos” reconocibles por el público plebeyo y que, por su filiación misma, despiertan la simpatía o antipatía inmediata de los espectadores. La Inglaterra de finales del XVI, que no tenía más judíos que los pocos clandestinos llegados de España y Portugal, era normal y espontáneamente antisemita. El judío era “universal” en Europa; señalaba, mucho más que el pobre o el turco, al “otro” por excelencia. Shakespeare, en consecuencia, también compartía el imaginario de su época, aunque su maestría literaria convierte a Shylock en un personaje tan ambiguamente trágico que un lector de hoy puede encontrar en él recursos para protegerse del antisemitismo y denunciarlo. Pensemos, por ejemplo, en los motivos por los que el usurero shakespeariano se muestra tan implacable frente a las súplicas y exige con sombría tozudez la libra de carne del cuerpo de Antonio a la que le da derecho su contrato. El espectador de la época aceptaba sin duda que esa obstinación sañuda formaba parte de la “naturaleza” judía; el lector avisado de hoy interpreta que ese era el mensaje que Shakespeare, convencido o pragmático, transmitía. Pero si se lee con atención, y se profundiza en los matices del personaje, enseguida nos damos cuenta de que la terquedad de Shylock no se nutre –o no solamente– del odio que le inspira la bondad hipócrita de los cristianos –que enfatiza por contraste su maldad– sino del recuerdo de las repetidas vejaciones y humillaciones que le ha infligido el buen mercader veneciano. En la escena III del primer acto, cuando Antonio va a pedirle el dinero para su amigo Bassanio, Shylock le recuerda todas las veces que le ha maltratado, de palabra y de obra, en la cámara de comercio de Rialto: “Me habéis llamado descreído, perro malhechor, me habéis escupido sobre mi gabardina de judío y me habéis echado a puntapiés” y abunda enseguida con evidente rencor: “Arrogante señor, habéis escupido sobre mí el miércoles último, me habéis arrojado con el pie tal día; en otra ocasión me llamasteis dogo”.

Antonio no se inmuta; ni siquiera improvisa unas hipócritas disculpas en una situación de dependencia en la que está solicitando un favor. Al contrario. Reconoce con naturalidad sus violencias y hasta se vanagloria de su actitud: “Me dan ganas de llamarte otra vez lo mismo, de escupirte de nuevo y darte también de puntapiés”, responde. No hay vergüenza ni remordimiento. Se puede ser bueno, honesto, abnegado amigo, virtuoso esposo e insultar, escupir y dar patadas a un judío. Se le puede pedir dinero sin dejar de despreciarlo o despreciándolo aún más por ello. Ese desprecio es, de hecho, una virtud que se añade a todas las demás. Maltratar a la vaca que te da leche, a la oveja que te da lana, al burro que tira del arado, sería estupidez y hasta cobarde baldón; despreciar al judío que te saca del apuro con su dinero sucio neutraliza cualquier amenaza de equivalencia y asegura la superioridad moral del pedigüeño.

Porque la cuestión es ésta: el terror cristiano a la equivalencia. Para comprender lo que quiero decir hay que acudir al pasaje más célebre y más citado de El mercader de Venecia, ése que, cada vez que es interpretado por un buen actor, nos traslada de un salto del siglo XVI al XX. Cuando en la escena I del primer acto, Salarino, amigo de Antonio y Bassanio, pide cuentas a Shylock por esa cláusula indecente (“entre su carne y la tuya”, le dice al judío con rotundo y apacible racismo, “hay más diferencia que entre el ébano y el márfil o entre el vino tinto y el vino del Rhin”), el usurero enumera de nuevo los agravios recibidos, se pregunta a su vez qué le ha hecho merecedor de ese trato y añade tembloroso de ira y de dolor: “Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?”. A un mal poeta, ablandado ya el lector, se le habría impuesto enseguida el colofón ideológico: ¿acaso no somos humanos? Va de suyo en lo ya dicho. En cambio, Shakespeare dobla de nuevo el vuelo hacia el lado más sombrío del personaje. La reclamación de “humanidad” de Shylock –de equivalencia– incluye también las pasiones negativas. Así que, cuando parece estar solicitando reconocimiento y piedad, interrumpe el tono quejumbroso y añade una pregunta disruptiva: “Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?”.

Porque ahora Shylock voltea el humanismo en acusación. Si somos iguales, viene a decir, ¿no tendré que seguir vuestro ejemplo? Si vosotros nos maltratáis cuando os sentís ultrajados por un judío, ¿qué tendré que hacer yo? ¿No tendré que responder a los ultrajes, como hacéis vosotros, con la venganza? “La villanía que me enseñáis, la pondré en práctica”, le dice a Salarino con amargura. Toda esta complejidad autoconsciente late, como vemos, bajo la caricatura del antisemitismo más plano. Shylock se sabe malo, pero también sabe por qué lo es: no porque sea judío sino porque no le tratan como a un ser humano. El usurero denuncia, pues, la violencia y la indiferencia de los cristianos, frente a la cual reivindica su derecho a la respuesta: su derecho, digamos, a ser igual también en maldad.

Es importante recordar esta lección –dejemos caer– cuando los buenos desprecian, humillan y matan a los más vulnerables y les reprochan luego su insumisión. No nos gusta Shylock porque nos gustaría que las víctimas demostraran su superioridad moral respecto de los verdugos; nos gustaría que quebraran precisamente esa equivalencia que reproduce la hidra de la violencia y da siempre ventaja propagandística a los más fuertes. En todo caso, antes de ese paso ulterior –que Shakespeare da, si se quiere, por razones caracteriológicas, llevado de la profundidad dramática que distingue El mercader de Venecia de El judío de malta de Marlowe–, antes de ese paso ulterior, digo, Shylock ha enunciado el principio de la igualdad entre los seres humanos y se ha planteado la cuestión decisiva: la de por qué esa igualdad, en ciertas condiciones, no es inmediata y naturalmente perceptible: por qué nadie se da cuenta de que tenemos ojos, manos, proporciones, sentidos; de que si nos pinchas, sangramos; de que si nos cosquilleas, reímos.

La respuesta es esa: soy judío. Se dice, pues, “judío” de aquel al que despreciamos, maltratamos y eventualmente matamos, pero también de aquel al que no reconocemos capacidad para sangrar si le pinchan, para reírse si le acarician, para reaccionar con dignidad si le ultrajan. Las dos cosas, lo sabemos, son inseparables: para despreciar a un ser humano, maltratarlo y eventualmente matarlo es necesario distanciarlo de nosotros en las funciones más elementales: le pegamos, en realidad, porque no siente nada. No –cuidado– porque creamos que no le duelen los golpes (golpear así no nos proporcionaría el placer de confirmar nuestra superioridad civilizada), sino porque la seguridad asumida de que no le duelen lo ha excluido de entrada del recinto de la humanidad, de manera que podemos permitirnos golpearlo sin ningún malestar moral y hasta con orgullo religioso, ideológico o patriótico. Se dice “judío”, pues, de aquel que es negado por todos, de facto y ex animo, en su existencia más carnal, más común, más moralmente terrestre. Por eso Shylock pide la carne de Antonio, para recordarle su propia carne herida. Por desgracia ha cometido un error que, revelando la falsedad de su proclama (si me pinchas, ¿no sangro?), inhabilita la acción judicial. Shylock desmiente su condición sangrante al olvidar citar la sangre en su cláusula y pedir solo carne. Es un judío, aunque pretenda lo contrario. Los cristianos sí sangran y el usurero lo sabe, de manera que no podría cortar el pecho de Antonio sin cometer un abuso de contrato, razón por la que el juez, cuando aquél parece ya condenado, rechaza la demanda e impone al demandante los dos castigos que más pueden dañarlo en su integridad existencial: renunciar a su fortuna y a su fe.

¿A dónde quiero ir a parar? Cientos de años de antisemitismo, ese producto estrictamente europeo, conducen a mediados del siglo pasado al Holocausto, después del cual “judío” pasa a ser una categoría universal; es decir, los “judíos” pasan a representar a la humanidad superviviente en la medida en que ellos han sufrido la más radical deshumanización. No se trata de reconocer la particularidad de los judíos, ni como amenaza ni como víctimas, ni como objetos de racismo ni como luminarias de compasión, sino de recordar que, después de esa experiencia, la medida universal de todo sufrimiento particular es precisamente el “judaísmo”: los gitanos, por ejemplo, víctimas también del genocidio nazi, quedan de algún modo “judaizados” tras ese sufrimiento compartido (y tan olvidado). Lo que hay que reprochar a Israel, dicho sea de paso, es que haya particularizado ese universal; que se haya ido sionizando más y más y, por lo tanto, desjudeizando sin parar. Lo ha hecho a través de mitos ferozmente nacionalistas (el del “pueblo judío”, como demuestra el judío israelí Slomo Sand, o el de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, como ha demostrado el judío israelí Ilan Pappé) y mediante el secuestro sectario del sufrimiento judío y de la negación sectaria del sufrimiento “judío” (como demuestra, por su parte, el escritor judío neoyorquino Norman Finkelstein). Hay muy pocos “judíos” hoy en Israel y son casi todos de origen palestino. Hay muchos “judíos” en Palestina y son todos negados en su humanidad elemental por el banal nihilismo israelí que permite o alienta su destrucción.

Pero no es ésta la cuestión. No es difícil empezar conmovido en Shylock y acabar asqueado en Israel, y más en estos momentos, pero de la obra de Shakespeare yo quería extraer una lección más sencilla y general, que es también, creo, la lección de los lager: la de que el pueblo elegido es cualquiera cuyos miembros tengan ojos y manos y sentidos y pasiones y afectos. Todos somos los elegidos y, por lo tanto, los amenazados. Todos hemos sido o podemos ser “judíos”. Lo han sido los judíos durante siglos en Europa; también los negros esclavizados y trasladados a América; también los gitanos despreciados, perseguidos y asesinados; también ahora los musulmanes en las ciudades europeas o los inmigrantes que dejan sus países y mueren en el mar tratando –sé lo que digo– de volver a casa. Pero esta lección sencilla tiene otra concomitante igualmente simple y trágica: la de que, si todos podemos ser judíos, también todos podemos ser nazis. Porque el verdadero mal, el más banal de todos, como lo revela El mercader de Venecia, el mal rutinario y orgulloso sobre el que luego los fantasiosos excepcionales construyen sus grandes crímenes, es ese de no reconocer en el otro, mientras nos creemos buenos, un hermano carnal, un igual fisiológico y afectivo, un gemelo de pasiones alegres y de efusiones tristes. Shylock, sí, sangra; Salima llora; Seydou echa de menos a su madre. Salwa y Ali se sienten felices de haber salvado a sus pececitos.

Cuando mucha gente olvida esto –y hay incluso partidos o gobiernos que nos dicen que olvidarlo nos hace mejores– es que la Historia se está afilando los dientes para darse de nuevo un banquete.

 Fuente: https://ctxt.es/es/20210501/Firmas/36114/#.YK9ebBskfxA.twitter

martes, 25 de mayo de 2021

La crisis de vacunas COVID-19 denota “una desigualdad espantosa que perpetúa la pandemia”, alerta el jefe de la OMS

© UNICEF/Ismail Taxta
Una trabajadora de salud prepara la vacuna COVID-19 para administrársela a una colega en el hospital de Mogadishu, Somalia, en que trabajan.

 A 17 meses del inicio de la mayor crisis de salud en generaciones, la situación mundial sigue siendo peligrosa. Pese al avance de los conocimientos sobre el coronavirus, a la creación de varias vacunas, a los esfuerzos de los gobiernos y comunidades y a la ardua labor de los trabajadores sanitarios, en lo que va de este año se ha registrado más casos y muertes por COVID-19 que en todo 2020, subrayó este lunes el director general de la Organización Mundial de la Salud.

En su discurso de apertura de la Asamblea Mundial de la Salud, que se celebra de manera virtual, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió que la tendencia actual indica que en las próximas tres semanas se superará el total de decesos del año pasado.

Tedros definió la actual coyuntura global como “trágica” y señaló que si bien se ha observado una baja del número de infectados y fallecidos por tres semanas consecutivas, “la situación mundial sigue siendo frágil”.

Ningún país debe dar por hecho que ha superado la crisis independientemente de su tasa de vacunación”, alertó, argumentado que aunque por ahora no ha surgido variantes del virus resistentes a las vacunas, tratamientos o diagnósticos, no hay la certeza de que esto será así siempre.

“Este virus cambia constantemente y los cambios por venir podrían hacer ineficientes nuestras herramientas para combatirlo y colocarnos de nuevo en el punto inicial”, recalcó.

En este contexto, enfatizó la importancia de acelerar la vacunación de toda la población para restar las oportunidades de evolución del coronavirus y lamentó la inequidad del acceso a las vacunas que condena a la gente que vive en los países pobres o de renta media baja.

© UNICEF/Sujay Reddy
Una enfermera en Nueva Delhi muestra una ampolleta de la vacuna COVID-19
Inequidad rampante

Señaló que un pequeño grupo de países que fabrican y compran la mayoría de las vacunas del mundo controlan el destino del resto de la humanidad, agregando que las naciones que están inmunizando en este momento a los grupos de bajo riesgo, lo hacen a expensas de los trabajadores de salud y los colectivos de alto riesgo en otros países.

“La crisis de vacunas COVID-19 denota una desigualdad escandalosa que está perpetuando la pandemia”, aseveró, instando a los Estados miembros a apoyar un “esfuerzo adicional de aquí a septiembre” para vacunar al menos al 10% de la población de todos los países en ese plazo, y a acelerar el paso para lograr el objetivo de vacunar al menos al 30% de la gente antes de fin de año.

“La pandemia no terminará a menos que la transmisión esté controlada en todos los países”, insistió el titular de la Organización Mundial de la Salud.

Tedros se refirió a la propuesta del Fondo Monetario Internacional, aún más ambiciosa, de inmunizar al 40% de la población mundial para fines de 2021 y al 60% para mediados de 2022

Financiamiento y suministros insuficientes para COVAX

Al hablar del mecanismo COVAX, que busca el acceso equitativo a las vacunas, aseguró que la cantidad de dosis disponibles continúa siendo “muy inadecuada”.

Detalló que, hasta la fecha, la iniciativa COVAX ha enviado 70 millones de dosis a 124 países y economías, una cifra que alcanza a menos del 0,5% de la población combinada de esas naciones.

En este sentido, listó tres necesidades urgentes: financiar al COVAX, compartir las dosis de vacunas y ampliar la fabricación de las inmunizaciones.

Asimismo, el jefe de la OMS dijo que todos los países pueden hacer más en materia de vigilancia, pruebas, secuenciación e intercambio de información; empoderamiento de personas y comunidades; apoyo a empresas y lugares de trabajo; e implementación de estrategias nacionales de vacunación.

Añadió que no se puede construir un mundo más seguro de arriba hacia abajo, sino que se debe empezar de cero: “prepararse, prevenir, detectar y responder rápidamente a las epidemias no comienza en los corredores de poder, comienza en las calles de privaciones y hacinamiento donde la gente vive sin alimentos suficientes, sin acceso a personal sanitario, agua potable y electricidad”, explicó.

© UNICEF/Bhushan Koyande
Estos trabajadores sanitarios de la India participan en una campaña de información sobre las vacunas COVID-19 en Mumbai.
“Hacen cosas heroicas, pero no son superhéroes”

El director general dedicó parte de su discurso a los trabajadores sanitarios de todo el mundo, rindiéndoles un tributo especial por sus esfuerzos sostenidos para proteger a las personas del COVID-19.

Tedros laureó el compromiso y sacrificio de estos profesionales y condenó las agresiones inaceptables que han sufrido muchos de ellos.

“Los trabajadores de salud hacen cosas heroicas, pero no son superhéroes. Son humanos como todos nosotros. Sudan y maldicen, ríen y lloran, tienen miedo y esperanzas. Muchos se sienten frustrados e indefensos ya que carecen de equipo de protección personal y vacunas, así como de herramientas para salvar vidas”, puntualizó.

“Muchos se han infectado y, aunque la información es escasa, estimamos que al menos 115.000 trabajadores sanitarios y del cuidado han pagado el precio máximo al servicio de los demás”, deploró e hizo un llamado protegerlos con los insumos necesarios y el trato just

Tsunami de sufrimiento

El Secretario General de las Naciones Unidas, se sumó al homenaje a los trabajadores sanitarios de primera línea, calificándolos como “los héroes de esta pandemia”.

“Millones de profesionales de la salud continúan poniéndose en peligro todos los días. Les debemos nuestro más profundo agradecimiento. Esto incluye a nuestros colegas de la Organización Mundial de la Salud, que trabajan en todo el mundo para ayudar a los Estados Miembros a salvar vidas y proteger a los vulnerables”, acotó António Guterres en un mensaje de video.

El líder de la ONU citó los 3,4 millones de vidas que han sucumbido al COVID-19 como un “tsunami de sufrimiento” que, además ha provocado la pérdida de unos 500 millones de puestos de trabajo y ha costado billones de dólares a las arcas nacionales de los países.

Guterres habló una vez más con gran preocupación sobre el peligro de la respuesta global a la pandemia en “dos velocidades”, lo que significa la vacunación masiva y la apertura de las economías de los países ricos, y la persistencia, circulación y mutación del virus en las naciones más pobres.

Los más vulnerables son los que más sufren, y me temo que esto está lejos de terminar”, dijo y advirtió de más picos y oleadas que podrían cobrar cientos de miles de vidas y ralentizar la recuperación económica mundial.

© UNICEF/Biju Boro
Esta mujer recibe su vacuna COVID-19 en Guwahati, India.
No se puede derrotar en un país a la vez

“El COVID-19 no se puede vencer a un país a la vez”, agregó reforzando el mensaje del director general de la OMS.

Pugnó una vez más por una acción global coordinada que coloque al mundo en la senda de la recuperación y el desarrollo.

Guterres especificó que esa acción debe ser resuelta y solidaria para lograr detener el virus con un plan de acceso equitativo a las vacunas, pruebas y tratamientos de COVID-19, recalcando la importancia de financiar al COVAX.

Precisamos la urgencia de una economía de guerra

“Necesitamos la lógica y la urgencia de una economía de guerra para impulsar la capacidad de nuestras armas”, señaló, haciendo referencia a su solicitud al G20 para crear un grupo de trabajo que negocie con las farmacéuticas y otras partes clave con la intención de duplicar la capacidad de fabricación “explorando todas las opciones, desde las licencias voluntarias y las transferencias de tecnología hasta la puesta en común de patentes y la flexibilidad en los derechos de propiedad intelectual”.

Otro elemento de la acción global requerida es reforzar los sistemas de atención primaria y la cobertura universal de salud. Actualmente, al menos la mitad de la población mundial carece de acceso a los servicios sanitarios esenciales.

En este renglón, consideró que el COVID-19 no puede verse aislado de los problemas fundamentales de los sistemas de salud en los que imperan la desigualdad, la falta de financiamiento, la complacencia y la negligencia.

“Con los sistemas de atención primaria de salud adecuados, nos recuperaremos más rápidamente de esta pandemia y evitaremos la siguiente antes de que se afiance”, afirmó.

Compromiso político

El tercer punto de la acción es la preparación para la próxima emergencia sanitaria mundial.

“Los sistemas de salud primaria sólidos son un comienzo, pero no son suficientes. El mundo necesita un compromiso político al más alto nivel para transformar el sistema existente a través de un enfoque de todo el gobierno y la sociedad coordinado internacionalmente. La OMS debe estar en el centro de la preparación para una pandemia mundial. Necesita recursos sostenibles y predecibles, y debe estar plenamente capacitado para hacer el trabajo que se le exige”, señaló.

Guterres concluyó su mensaje conminando a los líderes mundiales “a tomar las decisiones audaces necesarias para poner fin a la pandemia y construir comunidades y sociedades seguras y saludables para el futuro”.

Fuente: https://news.un.org/es/story/2021/05/1492392

lunes, 24 de mayo de 2021

Las abejas también duermen

Una pareja de abejas durmiendo la siesta en una flor. Las abejas duermen entre 5 y 6 horas al día y muchas lo hacen sosteniéndose las patas entre ellas

 

“Ya no luchamos por el estado palestino, luchamos por la liberación”

 Samera Esmeir / activista y profesora palestina en la Universidad de Berkeley 

Samera Esmeir.Twitter

Samera nació en la ciudad de Haifa, la ciudad palestina que en la guerra de 1948 fue ocupada por las fuerzas sionistas, tras el fin del mandato británico en Palestina. Su familia fue parte de quienes fueron encerrados en un barrio pobre mientras la ciudad era tomada por completo. Estudió abogacía en la la Facultad de Leyes de Haifa y en 1995 se mudó a Jerusalén Oriental para trabajar en el Centro de Apoyo Legal Cuáquero. “Era un centro ilegal que ofrecía apoyo legal gratuito a los habitantes de Jerusalén Oriental y a los palestinos de Cisjordania. Así empecé mi práctica como abogada”, nos cuenta. Detalla que los casos que le tocaban eran de dos tipos: derecho de residencia y desalojos. “En los años 90, el estado de Israel aceleró la revocación del estatus de residente de los habitantes palestinos de Jerusalén Oriental como técnica para su proyecto de limpieza étnica y de volver minoritaria a la población palestina: entonces, trabajé en esos casos para impedir la revocación del estatus”. Agrega que, por entonces Israel tenía planes de urbanización en Cisjordania, proyectando grandes calles. “Podíamos armar casos en contra de las órdenes israelíes de demolición que destruían casas en la zona. Fue así que nos enteramos de proyectos de desarrollo de autopistas, avenidas y calles, como parte de un proyecto de urbanización que obstruye la circulación de lxs palestinxs y que facilita la movilidad de los colonos”. Luego empezó a trabajar en un despacho de abogados en Jerusalén Oriental, representando a palestinxs en la Corte Suprema israelí. En el ínterin hizo una maestría en leyes en la universidad de Tel Aviv. Luego se fue a Nueva York a hacer un doctorado. Dice que entonces tomó la decisión de dejar de ejercer como abogada: “Me di cuenta de que la ruta de la ley no era la ruta para poder liberar a Palestina”. Sin embargo, entonces cofundó la revista Adalah Review, vinculada a un centro de apoyo legal en Haifa en defensa de los derechos de lxs palestinxs, o sea de alguna manera el trabajo legal continuaba, aunque por otros medios. Desde el 2005, se convirtió en profesora e investigadora en la Universidad de California en Berkeley, sin dejar su activismo.

¿Qué elementos, tanto históricos como coyunturales, permiten comprender mejor el ataque actual contra Palestina y, en particular, que el foco esté otra vez en Gaza?

Gaza y Cisjordania fueron ocupados en 1967 por Israel y así completó entonces la ocupación de Palestina. El proceso de paz empezó en los años 90 pero fue interrumpido y en 2005 Israel se retiró por completo de la Franja de Gaza, donde había pocos asentamientos, de manera unilateral porque no quería negociar con Palestina. Estamos hablando de un área total de la Franja de Gaza de 41 kilómetros de largo y entre 6 y 12 kilómetros de ancho, con casi dos millones de palestinxs, de los cuales un millón cuatrocientos mil son refugiadxs de la guerra israelí. Es una población muy densa en un espacio pequeño de tierra. Señalar la unilateralidad de la retirada es importante porque establece la superioridad de Israel y su no voluntad de negociar con lxs palestinxs.

En 2007, sin embargo, Israel impone un bloqueo en Gaza impidiendo cualquier movimiento por mar, tierra y aire. Dice que el bloqueo es porque lxs palestinxs votaron en sus elecciones por el partido islámico de Hamas: es decir, el bloqueo es un castigo al voto. La elección de Hamas fue considerada como un desafío al gobierno israelí y a su supremacía porque Hamas es abiertamente un movimiento de resistencia. Podemos decir muchas cosas sobre Hamas, y hay varias posiciones al respecto, pero la reacción de Israel y la comunidad internacional que la respaldó, fue que imponer el bloqueo en Gaza tenía que ver con que Hamas es un movimiento de resistencia armado. Entonces, por casi quince años dos millones de personas en Gaza han estado viviendo en esa pequeña porción de tierra bajo bloqueo. Gaza reúne así historias de desposesión y sintetiza un estado de pobreza de la mayoría.

¿Cómo se ubica el bombardeo actual entonces?

En mi análisis, el actual bombardeo contra Gaza es una performance de supremacía. Una performance de que Israel puede y quiere destruir vidas cuando sea que se decidan a resistir. El bombardeo aéreo es la principal tecnología y la práctica clave en la performance de supremacía. Entonces, lxs palestinxs en Gaza respondieron enviando cohetes para atacar Israel. Estos cohetes son caseros porque Palestina no tiene el poderío militar de Israel. Y es esa la resistencia que cada vez Israel intenta aplastar. Esta ocasión, cuando estaban intentando desalojar hogares palestinos de Jerusalén, hubo un llamado de activistas palestinos pidiendo apoyo a Gaza, para ayudarles con la resistencia. Gaza respondió enviando cohetes en apoyo a la gente que luchaba contra los desalojos en Jerusalén este. Y así es cómo este nuevo episodio de destrucción empezó. Pero recordemos que Israel no necesita que haya cohetes para atacar en Gaza. Solo para hablar de la última década, entre 2012 hasta 2021 Israel continuó con rutinas, estructurales o esporádicas pero rutinas al fin, de bombardeo contra la Franja de Gaza. Recordemos que desde el 30 de marzo 2018, el día de la Tierra, hasta diciembre de 2019, Gaza participó en la que se llamó la Gran Marcha del Retorno demandando el fin del bloqueo y el retorno a los hogares mientras que recibían cientos de balas del ejército israelí. La marcha pacífica continuó aún cuando decenas fueron asesinados y cientos heridos. Lxs palestinxs en Gaza son asesinadxs cada vez que muestran algún signo de resistencia. Israel no tolera esto porque aspira al control total y a la pacificación total. No hace falta decir que esto es imaginario porque es imposible de lograr.

¿Cómo sintetizarías las demandas históricas de la lucha palestina por la autodeterminación? ¿Sigue siendo ese el vocabulario principal de los reclamos?

La ironía es que lxs palestinxs están siendo obligadxs a reconocer a Israel como un Estado para el pueblo judío, pero eso implica reconocer la autodeterminacion de los judíos en su tierra mientras que, al mismo tiempo, es su propia autodeterminación la que está negada. Ningún documento reconoce la autodeterminacion del pueblo palestino. Dicho esto, en el momento actual de la lucha palestina, el lenguaje no es el de la autodeterminación, incluso cuando fue muy importante por muchas décadas, porque fue el lenguaje de los movimientos anti coloniales de la segunda mitad del siglo veinte y porque se convirtió en una herramienta legal contra la colonización. Y Argelia fue un ejemplo para la organización de la liberación palestina, por ejemplo. Pero volviendo a este momento coyuntural, no escuchamos el lenguaje de la autodeterminación, sino otro lenguaje incluso preexistente: el lenguaje de la liberación, de la libertad. Liberación solía ser el concepto principal de la lucha palestina y ahora está de nuevo surgiendo.

¿Qué diferencias implica?

Este lenguaje está menos interesado en la cuestión de la estatalidad y más interesado en deshacer y destruir la tecnología colonial de gobierno y sus operaciones. Liberar es descolonizar. Liberar es lograr libertad. Liberar es deshacer la estructura de ocupación y conseguir dignidad y equidad en nuestra tierra. Liberar es deshacer el estatus de refugiadxs y permitirles volver a su hogar. Esta es la diferencia hoy entre el lenguaje de la liberación y el lenguaje de la autodeterminación. Quiero repetir: la lógica de la estatalidad puede volver a emerger y es parte de lo que introduce el liderazgo convencional, pero la gente en las calles no canta por la autodeterminación ni por la estatalidad después de todo lo que se intentó en relación a la promesa de estatalidad por casi tres décadas, desde el acuerdo de Madrid en principio de los 90. El lenguaje hoy es un revival de un concepto anterior de liberación. Nadie está analizando esto, pero esta diferencia y este revival es importante. Todavía no sabemos las consecuencias que tendrá.

Ha habido muchas manifestaciones en Palestina, donde sobresale la presencia joven. ¿Podrías explicarnos cómo el derecho al retorno, ese que impulsó las marchas los últimos años, y la oposición a la solución de los “dos estados” se expresó estos días concretamente en las calles?

El derecho a regresar ha estado en el centro de la lucha palestina hace ya varias décadas, mientras se discutía la opción de los dos estados. Lxs refugiadxs palestinxs se sentían excluídxs del proyecto de solución vía los dos estados y continuaron demandando el derecho a regresar. Lxs refugiadxs se han convertido en una fuerza central de la lucha palestinx. O sea, habían sido centrales ya en los años 60 y 70, pero los Acuerdos de Paz de Oslo los habían marginado porque Israel no permitía que regresen porque eso desarticularía la mayoría israelí en el territorio. Ha habido algunas propuestas que permitirían el regreso de algunos pocos a Cisjordania. En los Acuerdos de Paz, la OLP (Organización de Liberación Palestina) dejó de lado el tema de lxs refugiadxs para negociaciones futuras. También el tema de los asentamientos, de Jerusalén y la cuestión del agua. Es decir: cuatro temas centrales para la vida palestina fueron dejados de lado para que avanzaran los acuerdos de Oslo. Pero son los temas más centrales en cierto modo. Lxs refugiadxs palestinxs han estado imponiendo sus propias demandas en sus movilizaciones y en sus organizaciones. Hay también un movimiento dentro de Israel, de palestinxs que fueron desplazadxs dentro de su propia tierra, como mis padres, como yo, y hay un movimiento de regreso dentro del territorio mismo. En mi aldea, por ejemplo, los jóvenes y los mayores regresaron hace unos años, retomando la vida en la aldea destruída. Lo hicieron durante un año hasta que Israel los expulsó, otra vez. En las calles ves personas de todas las generaciones y el reclamo es por nuestra existencia, por nuestras vidas, generando espacio para que regresen lxs refugiadxs más allá de la forma política que tome Palestina. Esto es un cambio radical muy reciente aunque recordemos que esta era la demanda de la OLP cuando se formó en los años 60.

Se habla de un cambio generacional, tanto en el liderazgo como en las movilizaciones. ¿Cómo caracterizarías ese cambio?

La OLP, que en los 80 decíamos que era la única representación política de lxs palestinxs porque queríamos que el resto del mundo la reconociera como nuestro movimiento de liberación nacional, se transformó en la Autoridad Palestina que gobierna en particular Cisjordania. Hoy está haciendo el trabajo de ocupación en Cisjordania. No es ningún secreto, ya que está en todos los acuerdos publicados. Ellos tienen lo que llaman la coordinación de seguridad: esto significa que la Autoridad Palestina en Cisjordania colabora y coopera con Israel, le entrega información sobre las personas a quienes debe detener, liderada por una facción, Fatah, y algunos de sus aliados. La nueva generación está harta de esa organización. Y lo que están haciendo hoy es reactivar otra historia de lucha, una que ya no está interesada en lograr un estado, sino en la liberación de Palestina. Pueden articular una lucha que no está limitada por los lenguajes de la ley y la diplomacia internacional.

En ese sentido, ¿qué significó el llamado a huelga general esta semana?

La huelga general desafía el desmembramiento de la sociedad palestina. Cuando las fuerzas sionistas ocuparon Israel en 1948 inmediatamente desmembraron la sociedad palestina en tres grupos. La mayoría de lxs palestinos se convirtieron en refugiadxs, en Líbano, Siria y Jordania. Una minoría permaneció dentro de Israel y se les dio ciudadanía israelí. En 1967 Israel ocupa Cisjordania, incluyendo Jerusalén Oriental y Gaza y les impone un gobierno militar. La historia que se dibuja es una de fragmentación de la comunidad política en por lo menos cuatro partes: lxs palestinxs del 48, lxs palestinxs viviendo bajo ocupación en Gaza y Cisjordania, lxs refugiadxs palestinxs en la diáspora y en campos de refugiados, y lxs palestinxs residentes de Jerusalén Oriental. Después de la ocupación de la Jerusalén palestina en 1967, Israel anexó ese territorio, no se les dió ciudadanía israelí a lxs residentes palestinxs de la zona ocupada para no desestabilizar la mayoría y supremacía isrealí en el territorio, pero se les otorgó residencia a lxs palestinxs de Jerusalén. Una residencia como la que se le daría a un inmigrante que llega a un nuevo país que logra obtener una visa. O sea, es gente que queda marcada como no perteneciendo a ese territorio.

¿La huelga general funcionó como un acto de conexión de todo eso?

Sí, porque estamos desmembrados, quebrados y rotos como sociedad, en grupos con diferentes identidades y aspiraciones. Lo que hace la huelga general es que consolida, agrupa, y colectiviza a lxs palestinxs. Ese es su mayor éxito. Reúne a lxs palestinxs en su tierra. Por primera vez en muchas décadas somos un pueblo palestino, con nuestras pluralidades, nuestras diferencias, y emergemos como uno. Esta huelga nos da una aspiración colectiva. La belleza de la huelga es que, cada unx desde su lugar, nos permite participar a todxs. No miramos acciones a la distancia. La huelga, además, habla sobre el acto de protestar, sobre las confrontaciones que ocurren de modo cotidiano en los checkpoints. Hemos estado viendo potentes y bellas actividades ligadas a la educación, tours dentro de los territorios palestinos que buscan re-educarnos sobre la conexión a la tierra. El día de la huelga general hablamos de esa belleza, de la unidad, de prefigurar un futuro, de una libertad que llegará, pero en este día nuestro corazón también está roto porque Gaza se ha convertido en el laboratorio para la destrucción, para el bombardeo y los rituales de supremacía israelí. Es por y para Gaza que está sucediendo esta huelga general.

¿Cómo ha sido la respuesta de la comunidad internacional? ¿Y desde Estados Unidos en particular?

La respuesta de la comunidad internacional ha sido muda. Y nadie debería de esperar otra cosa más que EEUU defendiendo el derecho de Israel a defenderse porque financian esta guerra. Hace sólo unas semanas EEUU le dio a Israel cientos de millones de dólares en financiamiento militar. Lo que sí están haciendo, que es bastante común cada vez que bombardean Gaza, es darle tiempo a Israel para defenderse y después, gradualmente empiezan a hablar sobre la necesidad del cese de hostilidades. Y después de dos semanas, generalmente, hay un alto de fuego. Pero de hecho le dan a Israel dos o tres semanas para que complete su destrucción de la resistencia en Gaza y también la destrucción de las posibilidades de vida y de insurgencia en contra de la ocupación israelí. Ya es un ritual conocido. También sabemos que cuando Israel llega hacia el final de su campaña intensifica sus ataques. Estos días estamos siendo testigos de una destrucción horrorosa, porque Israel sabe que tiene licencia internacional de continuar destruyendo por unos par de días más hasta que la comunidad internacional participe en otro ritual más de negociación de un alto del fuego.

Claro, pero las protestas en el mundo fueron rápidas y en muchísimos lugares. Incluso varias conexiones entre la represión en Palestina y en Colombia, con carteles que se viralizaron...

Sí. Hay protestas en todo el mundo, y en el mundo árabe también, porque los estados árabes han abandonado a lxs palestinxs, pero no lo han hecho los pueblos árabes. Esta solidaridad es importante para que sepamos que no estamos reducidxs a los estados a los que pertenecemos, y a su orden internacional. Tenemos otras existencias políticas que importan en la lucha contra la desposesión, contra la colonización, y contra el racismo. Hay muchas conexiones y puntos de convergencia y obviamente diferencias con lo que está sucediendo en Colombia. La huelga de Colombia es contra las medidas neoliberales y la de Palestina es contra el proyecto de ocupación colonial, del llamado colonialismo de colonos (“settler colonialism”). Pero hay convergencias en relación a la desposesión y la violencia racista. Nos corresponde poner en diálogo estas prácticas y procesos de desposesión y racismo para poder cartografiar otro mapa del mundo, más allá del que está satisfecho con representar al mundo a través de los estados nación.

¿Cuál es el rol de los colectivos feministas palestinas y el impulso de acciones transnacionales de apoyo y solidaridad?

Palestina siempre ha tenido colectivos y luchas feministas desde el comienzo de las luchas palestinas anti-coloniales. Yo participé en esas luchas en los 90 cuando terminaba la secundaria y empezaba la facultad. La agenda feminista ha cambiado durante estos últimos años. En particular, ha habido un vuelco hacia la oenegización en Cisjordania, donde el apoyo internacional llega de la mano de talleres de capacitación. Es una agenda vía las ONG que separa las luchas feministas de la lucha palestina, que convierte al feminismo en una cuestión de igualdad de género principalmente, aunque también aborda cuestiones de violencia doméstica contra las mujeres. Pero no tiene ningún interés en explorar la intersección de raza, clase y género. Las feministas palestinas, en cambio, continúan pensando que el feminismo es una lucha en contra del proyecto de ocupación colonial, de opresión y violencia de género. Hace dos días la coalición de mujeres de Jerusalén hizo una declaración en apoyo a la lucha Palestina en contra de la ocupación colonial, enfocándose en cómo ha afectado de modo desproporcionado a mujeres, niñes, embarazadxs. Pero también hemos visto cómo en el mundo occidental no se asocia a Palestina con las luchas feministas. De hecho se da por sentado, de modo generalizado, que no hay posible intersección o alianza entre el feminismo y la lucha palestina. Por eso, las feministas palestinas en EEUU han insistido en categorizar la cuestión palestina como una cuestión feminista. Hace poco un colectivo feminista palestino en EEUU emitió una carta de amor a la gente en palestina aclamándolos por la incansable insistencia de permanecer en sus tierras, y describiendo esa lucha de perseverancia y potencia como una inspiración para la lucha feminista. Esta renovada lucha feminista, que se está dando principalmente por colectivos feministas palestinos en la diáspora, insiste en lo que siempre ha sido fundamental para la lucha feminista palestina previa a la ONGeización: la lucha contra todas las formas de opresión incluyendo la opresión del proyecto racista de ocupación y opresión colonial. En Palestina hay varios grupos feministas cuyas intervenciones se posicionan en la intersección de problemas de violencia género, en particular femicidios por familiares, y el modo en que la Autoridad Palestina ha encubierto a los culpables y asesinos. O sea que la lucha feminista se posiciona en contra de la Autoridad Palestina y de Israel. Las feministas se niegan a separar el feminismo de las problemáticas anti-coloniales, del mismo modo en que eso viene ocurriendo en América Latina, y en tantos otros movimientos feministas en el mundo hoy. O sea que la lucha feminista se ha convertido en un gran paraguas para fomentar y apoyar todo tipo de luchas en contra de la opresión colonial, la subyugación, el racismo y la violencia de género.

Fuente: https://ctxt.es/es/20210501/Politica/36099/Palestina-liberacion-colonialismo-Israel-huelga-general-feminismo-Samera-Esmeir.htm