El periodista de Mediapart analiza en su ensayo ‘Criminels climatiques’
las actividades de Saudi Aramco, Gazprom y China Energy, las tres
empresas más contaminantes del planeta.
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Mickaël Correia, periodista de Mediapart y autor del ensayo 'Criminels climatiques'.
Foto: CHARLOTTE KREBS
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Aramco, la compañía petrolífera de la familia real
saudí, está en el primer puesto del podio de las empresas más
contaminantes del mundo, muy por delante de otras más conocidas como
Chevron, Exxon Mobile o BP. La red de gasoductos rusos construida por Gazprom
podría dar cuatro veces la vuelta al mundo. Las empresas chinas del
carbón han emitido el 14,5% de todos los gases de efecto invernadero
desde 1988, y la campeona de todas ellas es China Energy.
Tres empresas manejadas con mano de hierro por tres regímenes
autoritarios que, en el colmo de la desfachatez, son firmantes del
Acuerdo de París.
Mickaël Correia (Tourcoing, Francia, 1983),
periodista de Mediapart especialista en movimientos sociales y
cuestiones climáticas, dedica su ensayo Criminels climatiques
(editado por La Découverte) a analizar estas tres multinacionales
energéticas. Si Aramco, Gazprom y China Energy fueran un país, serían el
tercer país más contaminante del planeta, sólo por detrás de Estados
Unidos y China. Sus tentáculos en forma de lobbying, corrupción, greenwashing y neocolonialismo
se extienden por todo el mundo. No hay centro de poder, por exclusivo
que sea, al que no tengan acceso. No hay yacimiento, de petróleo, gas o
carbón, que no quieran explotar. Y no tienen ninguna intención de parar,
digan lo que digan y firmen lo que firmen.
En España tenemos a Repsol. En Francia su equivalente sería
Total. Del extranjero conocemos Exxon, Shell, BP… ¿Pero por qué no
conocemos a los tres mayores contaminadores del planeta?
No sé lo que ocurrirá en España, pero en Francia el gran público no
conoce estas empresas porque ha triunfado la idea de que son los
consumidores quienes están detrás de este crimen, de que el
calentamiento climático es una cuestión de responsabilidad individual
y que puede frenarse simplemente con disciplina personal: comer como un
mendigo, no tomar aviones, etc. Llevamos casi 30 años escuchando esto. Y
el mensaje no ha calado sólo entre los políticos, también lo ha hecho
entre muchos militantes ecologistas. La empresa que popularizó el
concepto de «huella de carbono» fue la British Petroleum, a principios de los años 2000. Fue una gran operación de desviación a través del marketing.
Y campaña tras campaña, estas empresas no sólo señalan a los
consumidores como culpables. Van más allá y dicen: «Hey, no os
equivoquéis. Nosotros no somos el problema. Somos la solución».
La noción de «responsabilidad individual» se puede relacionar con la de «resiliencia», promovida por muchos expertos en colapsología y con la que usted también está en desacuerdo. ¿Por qué?
La resiliencia es un concepto que nace en los años ochenta en el
campo de la psicología. Dice que después de un gran trauma puedes
encontrar una solución dentro de ti para superarlo. Eso aísla e
individualiza el problema. Y en el caso del cambio climático, lo
despolitiza, impide la búsqueda de responsables al actual caos
climático. De hecho, socializa este caos y nos convierte en cogestores
de sus efectos. Desactiva la dinámica política contra las grandes
empresas emisoras de gases de efecto invernadero. Lo que nos dice la
resiliencia es: «Tienes que cambiar tú mismo para cambiar el mundo en el
que vives». En el fondo es un concepto muy neoliberal. Desde esa
perspectiva, el sexismo o el racismo serían problemas entre personas
individuales, no grandes construcciones sociales e históricas que
impregnan nuestras sociedades. Y la violencia policial
sería el defecto de unos pocos agentes y no algo sistémico, estructural
en nuestras fuerzas del orden. Con el cambio climático ocurre lo mismo:
no es la suma de malos gestos individuales.
Usted habla en su libro de «criminales», de «sepultureros del
clima», de «contaminadores climaticidas»… El vocabulario siempre está
relacionado con el mundo delictivo. ¿Por qué ha usado ese lenguaje tan
frontal?
Precisamente porque a menudo tenemos un vocabulario demasiado pasivo. La palabra resiliencia sería un buen ejemplo. Y otra sería extinción.
Lo que la biodiversidad sufre ahora no es una extinción como las
ocurridas hace millones de años, es un exterminio activo por parte del
capitalismo. Otra palabra con esas características es transición,
para hablar de transición energética o climática. Lo cierto es que no
tenemos tiempo para una transición. La fecha límite para conseguir los
1,5 ºC de subida máxima de las temperaturas es 2030. No hay tiempo para
una gran ruptura, para un cambio radical. Para mí, efectivamente son
criminales, en el sentido en el que desde 2015 sabemos que debemos
mantener, aproximadamente, el 80% de las energías fósiles en el subsuelo.
Y reducir la producción de petróleo y gas un 40% y de carbón un 11% de
aquí a 2030. Pero estas empresas no tienen entre sus planes disminuir la
producción, ni siquiera estabilizarla. De hecho, es al contrario: en
ese plazo planean aumentarla un 20%. Total, por poner un ejemplo
francés, tiene previsto aumentar su producción de gas fósil un 30%. Es
criminal hacer eso cuando la ciencia está lanzando alertas todos los
días en sentido contrario.
Y no son nuevas. Vienen de antiguo.
Ahora empezamos a saber que estas empresas conocían desde hace mucho,
mucho tiempo que sus actividades eran perjudiciales para el clima. Total lo sabe desde 1971. Y las empresas estadounidenses lo saben desde antes de 1965 [fecha del informe que redactaron para el presidente Lyndon Johnson].
En 2020, la Agencia Internacional de la Energía, que está muy lejos de
ser una organización ecologista, dijo que había que detener todos los
nuevos proyectos de producción de energías fósiles. Y a pesar de todo,
estas multinacionales han sido extremadamente activas a la hora de
desplegar sus estrategias para convertirnos, por usar el vocabulario de
la droga, en adictos a las energías fósiles.
Con consecuencias catastróficas, como sabemos.
En Europa Occidental, desde el pasado verano, hemos tenido multitud
de incendios e inundaciones. En Alemania y en Bélgica hubo varias
decenas de muertos. En Norteamérica ha habido incendios gigantescos. Y
estas catástrofes climáticas no son nuevas: en los países del sur vienen
ocurriendo desde hace al menos 15 años. En Bangladesh, 700.000 personas se ven obligadas a abandonar sus hogares cada año por la subida de las aguas. No debemos olvidar lo que los países del sur dijeron en la COP26 de Glasgow:
«Ustedes hablan de una subida de 1,5 ºC, pero es que una subida de 1,2
ºC provoca huracanes monstruosos en nuestros territorios». Significa la
desaparición de varias islas del Pacífico. Hay un impacto real sobre
estas poblaciones, que son las más vulnerables.
Hoy ya nadie puede negar el cambio climático. ¿Cree, por tanto, que ha dejado de ser un tema científico para convertirse en un problema puramente político?
Pues sí, y creo que el gran problema es de imaginación. Tenemos
dificultades para imaginar otro mundo más ecológico y sostenible. Y es
lógico, porque el reto es extremadamente complicado. El petróleo, el gas
y el carbón son la base de nuestra civilización industrial desde el
siglo XIX. Destruir o deconstruir ese imaginario es muy difícil. El
coche, por ejemplo, tanto en América como en Europa, es un símbolo de
libertad, incluso de virilidad para algunos hombres. ¿Cómo se desmonta
eso de un día para otro? La historia del ecologismo, además, es muy
reciente. Llega al debate público en la década de 1970. El movimiento
obrero, por ejemplo, lleva 150 años forjando un ideal de igualdad, de
emancipación, de utopía. El ecologismo tiene aún que forjar ese gran
imaginario con el que las masas puedan identificarse. Y debe hacerlo,
para colmo, enfrentándose al inmenso poder del capitalismo fósil, que a
través del lobbying despliega sus estrategias de corrupción, de greenwashing,
de colonialismo para perpetuar sus actividades. Lo difícil,
políticamente hablando, ya no es sólo crear el imaginario sino que éste
sea capaz de darle la vuelta a esta relación de fuerzas.
Los dirigentes de Aramco, China Energy y Gazprom pronuncian a
menudo discursos grotescos sobre su compromiso climático. ¿Por qué hay
presidentes en todo el mundo que les siguen la corriente y no dicen
nada? ¿Por qué nadie dice que el emperador está desnudo?
Efectivamente, hay un cinismo increíble por parte de estas empresas.
El presidente de Aramco [Amin Nasser], por ejemplo, se ha burlado
públicamente del coche eléctrico. ¡Ha llegado a decir que el petróleo es
la solución para el calentamiento global! ¿Por qué los dirigentes
políticos no dicen nada? Pues porque están íntimamente relacionados con
ellos. Aramco tiene un laboratorio a 10 kilómetros de París que trabaja
con una gran institución científica francesa para perpetuar el motor de
explosión. ¡Y París es la capital europea en la que muere más gente por
culpa de la contaminación de los automóviles! China Energy y EDF, la
gran compañía francesa de electricidad, que pertenece mayoritariamente
al Estado, tienen un acuerdo para crear un gran parque eólico en el mar de China.
Lo firmaron en presencia del mismísimo presidente Macron. Pero es que
EDF posee centrales de carbón hipercontaminantes en China desde los años
noventa. Gazprom abastece de gas a más de 15.000 empresas francesas y a
varias instituciones, como la Universidad de Estrasburgo o el
Ministerio de Defensa. Hay lazos muy estrechos entre los Estados
europeos y estas grandes compañías energéticas. [Otro ejemplo: el ex
primer ministro francés François Fillon y su homólogo italiano Matteo
Renzi trabajaron como consejeros de Gazprom hasta que Putin ordenó la invasión de Ucrania; el ex canciller alemán Gerhard Schröder sigue en nómina a día de hoy].
Si prestamos atención al discurso oficial de China, sus
dirigentes dicen que quieren frenar el desarrollo de proyectos fósiles…
pero que China Energy no les deja. ¿Esto es posible?
Es sorprendente, sin duda, porque podemos abrazar estereotipos en
torno al gobierno autoritario chino, verlo como algo extremadamente
vertical, y pensar que cualquier cosa que diga se traduce
automáticamente sobre el terreno. China ha firmado el Acuerdo de París
de 2015. Xi Jinping habla reiteradamente en sus discursos de
«civilización ecológica». En los últimos años China ha anunciado su
objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono en 2060 y ha prohibido la
construcción de nuevas centrales de carbón en su territorio. Lo
terrible es constatar que incluso en un país como China, el poder de lobbying
de una empresa como China Energy es gigantesco. Su presión es tan
grande que hasta ha impedido la creación de un Ministerio de la Energía
en el país. A pesar de todos sus anuncios, vemos cómo China, de forma
muy discreta, está construyendo toda una red de centrales de carbón en
el extranjero. En términos de capacidad eléctrica, esta red equivaldría a
todas las centrales de carbón de Estados Unidos. Y si todas ellas, las
que están construyéndose y las que están en proyecto, entran en
funcionamiento, será nefasto para el clima porque pueden hacer fracasar
por sí solas el Acuerdo de París.
Recientemente, la Comisión Europea ha aprobado una nueva
taxonomía con la que quiere etiquetar el gas y la energía nuclear como
«energías verdes». Y Macron ha relanzado la construcción de reactores
nucleares en Francia. ¿Deberíamos estar preocupados?
Por supuesto que sí. Y por muchos motivos. La nueva taxononía
es una cosa loquísima. Macron quería relanzar la energía nuclear y para
conseguirlo ha negociado con los países de Europa Central,
especialmente con gobiernos ultranacionalistas y de extrema derecha,
como el de Viktor Orbán en Hungría o el de Polonia, y ha cambiado cromos
con ellos: «Vosotros me apoyáis para que la energía nuclear sea
etiquetada como ‘verde’ y yo os apoyo con el gas fósil». Polonia,
además, quiere seguir desarrollando proyectos basados en el carbón. La
alianza es mortífera. Y Macron ha decidido todo esto él solo, sin abrir
ningún debate, lo que afecta a nuestra calidad democrática. Además, al
apoyar el gas se olvida de que las emisiones de efecto invernadero no se
reducen al CO2. Y al apostar por la nuclear, una solución tecnoptimista
para el clima por otra parte, oculta un detalle capital: que no hay
tiempo para construir todas esas centrales [seis], ponerlas a funcionar y
cumplir con sus objetivos climáticos antes de 2030, que es la fecha
límite. Sin olvidar que la instalación de centrales obliga a militarizar
grandes extensiones de territorio y produce una cantidad monstruosa de
residuos que son radiactivos durante cientos de miles de años. Para mí,
es una política peligrosa desde el punto de vista de la seguridad. Eso
sí, aquí hay mucho dinero en circulación: la inversión para la
construcción de estas centrales se ha multiplicado por seis y llega
hasta los 20.000 millones de euros.
Usted dice en su libro que todos los países europeos son dependientes del gas ruso.
El 40% del gas que se consume en la UE procede de Gazprom, una
empresa que, no lo olvidemos, pertenece al clan de Putin y es manejada
directamente desde el Kremlin. En un contexto de subida de los precios
de la energía es un instrumento geopolítico de enorme importancia, y
está en manos de Moscú. Eso provoca que la relación de fuerzas sea una
locura. Tradicionalmente, el gas ruso llegaba a Alemania a través de
Ucrania, que cobraba por el derecho de paso. Pero a principios de los
años 2000 se empezaron a proyectar y construir gasoductos que llevaban
el gas ruso de forma directa primero a Alemania y luego al resto de
Europa. Y el dinero que debía percibir Ucrania descendió
considerablemente. En las actuales circunstancias Putin puede decir: «De
acuerdo, cierro el grifo y se acabó». Eso no sólo afectaría a millones
de hogares sino a toda la industria. Este gas, que es muy contaminante,
encima convierte a Europa en rehén de un régimen autoritario. La
compañía francesa Total ha invertido miles de millones en la explotación de campos de gas en Siberia
y las sanciones económicas que pesan sobre Rusia afectarán enormemente a
sus finanzas. Macron, por el momento, no las apoya, pero esto nos sirve
para ver hasta qué punto estamos maniatados por Rusia en cuestión
energética.
Efectivamente, tiene toda la pinta de un secuestro.
Y el día de la liberación, por decirlo así, no está cerca.
Los nuevos yacimientos de Gazprom y Total en Siberia son explotaciones
que pueden durar hasta el año 2100, incluso más. En cuanto a China
Energy, las centrales de carbón que está construyendo en Asia y África
tienen una vida media de 40 años. Y el nuevo proyecto de Aramco para
revalorizar el petróleo, en caso de que descienda la demanda de
gasolina, pasa por la fabricación de plásticos.
Con los efectos letales que tienen sobre el medioambiente y la biodiversidad…
Exactamente. Cada dos segundos se vierte una tonelada de plástico al mar.
Bueno, pues eso va a aumentar gracias a Aramco, que ha desarrollado una
tecnología petroquímica para doblar la rentabilidad del barril de
crudo. Estas empresas nos tendrán secuestrados los próximos 50 o 100
años. Así que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que hay algo
criminal en todo esto.
Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/correia-resiliencia-concepto-neoliberal/