Ayer se cumplieron 82 años del asesinato de a manos de los fascistas.
La vida del poeta español más aclamado de todos los tiempos también fue
un teatro de marionetas “en duelo a muerte” con su propia sombra
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Federico García Lorca y Miguel Pizarro, en 1934.
FRANCISCO GARCÍA LORCA
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Miraba con los ojos atónitos de quien ve con la sangre.
Veía;
no con los ojos de la cara, sino con el ojo sonámbulo del río que
corre, en la madrugada del mundo, dando de beber y de llorar a todo lo
que existe. Era
sonámbulo, de una forma inexplicable,
alucinada: con un ojo en este mundo y el otro en el Otro Lado, pues
quizás un verdadero artista no sea más que la manifestación del
conflicto de ciertas fuerzas telúricas, en baile y lucha sangrienta
entre lo oscuro y lo oscuro. Apenas el tronco y las ramas a merced de
las raíces y el viento y la madrugada, pues nada es suyo: ni las fuerzas
que le sostienen ni las fuerzas que le zarandean en la noche sin nadie.
Nocturno; oscuro; sonámbulo: cómo es posible que para hablar
de la obra y el sueño de este niño colosal tengamos que recurrir al
lenguaje más sombrío, a los colores más negros. Ah: “todo lo que tiene
sonidos negros tiene duende”, dijo él mismo, en un texto en el que llegó
a tantear mejor que nadie la definición de eso que él y otros faquires
del Sur llamaron
duende; esa fuerza inaprehensible que anima a
un artista –al poeta, al pintor, al cantaor– a arrodillarse ante las
mismas puertas del misterio. “Con idea, con sonido o con gesto, el
duende gusta de los bordes del pozo”. Especie de nieto revoltoso de la
muerte, el duende no acudirá si ésta “no ronda su casa”, llamándolo.
El duende: su hermanito mellizo jugando con él al escondite por los
laberintos de la luna. Y la muerte, siempre la muerte, desde el
principio la muerte en los ojos de aquel niño desbordante de gracia con
miedo al
peligro:
el escalón así llamado entre la
calle y el zaguán a la entrada de las casas de los pueblos; para un
niño, el precipicio entre la luz y la sombra. (“No, no voy a pasar,
porque le temo mucho al peligro”, dicen que decía, sabiendo hablar
apenas. Y las vecinas se partían de risa. [Lo cuenta Gibson en su
biografía ya clásica sobre el poeta]).
Miraba con los ojos de luto de quien parecía
saber del
peligro de ese umbral antes incluso de tener memoria, pero la fiesta
incombustible de su alegría y una fe implacable en la propia estrella,
rasgándole el negro de los ojos, le empujaban hacia su destino a mayor
velocidad que la luz. El niño, nacido a las puertas del siglo XX en
Fuente Vaqueros (pueblo de rara tradición liberal en la Vega de
Granada), fascinado con los oficios de la iglesia, se empeñaba en montar
misas para los amigos, las criadas y quien pasara por allí, junto a una
tapia trasera de su casa de rico, hasta que un día, viniendo de misa
precisamente con su madre, atisbó el teatrillo que levantaban en una
plaza unos titiriteros, y cambió para siempre el altar por el escenario
(la liturgia, allá al fondo, no dejaría nunca de ser la misma).
Era un niño rico pero ya de adolescente describiría el “peso frío en
el corazón” que sintió al comparar su ropero, tan bien nutrido, con el
de una familia de jornaleros –él jugaba con la hija– que tenían que
quedarse encerrados en su casa el día en que lavaban la ropa, esperando a
que se secara, porque no tenían otra. “Las emociones de la infancia
están en mí, y no he salido de ellas”, declararía, ya en la cumbre de su
éxito. No lo abandonarían jamás.
Tenía los pies “absolutamente planos”, y “la pierna izquierda
bastante más corta que la derecha”, el andar bamboleante. No se le vio
correr nunca. Es probable que tampoco se le viera llorar nunca en
público, en su vida adulta, en una de las prestidigitaciones más
conmovedoras que jamás se hayan visto en la historia del teatro éste de
títeres que llamamos vida. Muy pocas veces se habrá dado tal espectáculo
de energía solar, derrochada a manos llenas
hacia afuera para nutrir de risa, emoción y encantamiento al público (
el público: todos los demás, del teatro a la familia), y de soledad abisal, perfecta de puro irreparable,
hacia adentro, allá
donde el verdadero teatro de marionetas ciegas, de juguetes rotos, le
saludaban insomnes, jugando para siempre sobre la tumba de su infancia
dando gritos.
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos.
Ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.
, escribiría, a cucharaditas de dolor, en Nueva York, en 1929.
Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco
Niño “del último banco”, “vencido en el colegio”, trasladada ya su
familia del campo a la capital granadina. Lo más incomprensiblemente
doloroso iba a ser la crueldad de quienes verían en él, a partir de
entonces, demasiadas
diferencias respecto a lo que un
hombre debe
ser, aún más en esa época. Si el crío ya escuchaba atento los cascos de
la muerte cabalgando a deshoras, el adolescente iba a conocer igual de
pronto la frustración del jinete que rara vez
llegaría a Córdoba, ni a posada alguna donde poder descansar, aun sellando el balcón, sin escuchar a lo lejos
el llanto. Miraría
siempre a su alrededor, desde entonces, desde las simas de la compasión
que siente el humillado por cualquier otro humillado, perseguido,
apestado: fueran homosexuales heridos o mujeres enterradas en vida,
moriscos o judíos, hombres que aman a la mujer de otro o gitanos
apaleados o cualesquiera gentes de mal vivir que, como él, debían
cobijar siempre su amor proscrito,
oscuro, en la cara en sombra de la luna. (Todavía hay a quien molesta,
hoy, en España, que se diga que era homosexual.)
En noviembre de 1919, a los 21 años, contempló la
procesión en
la que llevaron por las calles de Granada a unos gitanos que habían
asesinado en Sierra Nevada a dos guardias civiles. Iban “atados,
descalzos”, “brutalmente apaleados” a ojos vista, cuenta Gibson. Nueve
años después publicaría un poemario, llamado entonces
Primer romancero gitano, en
el que sólo los lectores frívolos ven una estampa folclórica: “Un libro
donde apenas si está expresada la Andalucía que se ve, pero donde está
temblando la que no se ve”. (El éxito popular, instantáneo, de ese
libro, al publicarse en Madrid en 1928, no ha conocido parangón
después).
En marzo de 1929, miércoles santo, alguien se presentó de improviso
para ofrecerse como cofrade en otra procesión, nocturna, que bajaría a
la Virgen de las Angustias desde la iglesia de Santa María de la
Alhambra hasta el centro de la ciudad, atravesando el bosque. Se le
permitió ir vestido de penitente, al fin, oculto bajo el capirote y
portando “una de las tres pesadas cruces”. Una vez terminada, el
penitente desapareció, “dejando el cíngulo anudado en forma de cruz y
sujetando una nota:
Que Dios os lo pague”
. Dicen que era él, atravesando en aquel momento una crisis especialmente desolada. Puede que sea leyenda. También puede que no.
Un solo camino
Era exagerado como un crío contando una aventura; porque cómo contar, si no es
exagerando, lo
que apenas puede decirse. Disfrutaba como un niño, sufría como un niño,
pero trabajaba con la visión de un halcón y la tenacidad de una
hormiga: exclusivamente en lo que le interesaba, que era la poesía;
escrita, cantada, hablada o vivida. Apenas tocó un libro de las eternas
carreras de Letras y Derecho que sus padres se empeñaban que terminase.
(Su padre, un terrateniente hecho a sí mismo, procedente de una familia
dotadísima para el arte, pero pendiente de
sus cosas; su madre, una mujer que le inició en la resonancia poética, que le quería siempre cerca, pero que parecía estar siempre
lejos).
No fue hasta bien entrada la treintena, y a pesar de su fama, cuando
pudo realmente demostrar y demostrarse que podría volar solo, gracias a
su primer triunfo teatral sin paliativos con
Bodas de sangre (1933) en Buenos Aires –glorificado en Argentina con un escándalo jamás visto antes con un escritor, según testificase Neruda.
Cuando un hombre se coloca en su camino, había escrito años antes a sus padres,
ni lobos ni perros deben hacer que vuelva atrás. Yo he nacido poeta y
artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace
guapo. Dejadme las alas en su sitio, que os respondo que volaré bien.
Hay que ser audaces y valientes.
Actuaba,
hacia afuera siempre, con el despilfarro vital del
nacido con una alcancía de dones inverosímil. No es otra leyenda: los
testimonios respecto a sus fuegos artificiales con la poesía, con el
piano (se consideraba tan músico como escritor), dibujando, dirigiendo
teatro, actuando él mismo, liderando cualquier reunión entre la risa y
el deslumbramiento verbal, son apabullantes. Para Salvador Dalí, una de
las personas más decisivas en su vida –y cuya fatuidad prohibía casi los
halagos–, era “el fenómeno poético en su totalidad y en carne viva”.
“Lee [teatro] como asumiendo todos los papeles de una compañía y de una
orquesta. Es el primero de todos nosotros: hay que inclinarse”, apuntó
Jorge Guillen. Una periodista del
New York Times, Mildred
Adams, que le conoció en Granada en 1928, quedó estupefacta ante su
interpretación al piano: “En gesto, tono de voz, expresión de la cara y
del cuerpo, él
era el propio romance”. Según su amigo Adolfo
Salazar, su magnetismo en sociedad era el de “una mantis religiosa”. …Y
sin embargo, para Vicente Aleixandre, que sabía muy bien de lo que
hablaba, quienes sólo le vieron “pasar por la vida como un ave llena de
colorido, no le conocieron”.
Era un juglar, un espectáculo. Pero era, fundamentalmente, un
secreto. Temía a la muerte y la miraba a los ojos sin tregua. Tenía
miedo de morir ahogado (cuántas fuentes y ríos “puestos de pie” en sus
poemas, pero también cuántos aljibes sombríos, cuántas albercas donde
acecha “el agua muerta”; cuántos pozos con niño ahogado). Tenía miedo
real a que después de la muerte no hubiera muerte sino una vida callada y
terrorífica bajo tierra.
Un día –recordaba Pablo Neruda en
Confieso que he vivido–
, el teatro ambulante universitario de
La Barraca acampó
a las afueras de un pueblo de Castilla. Nuestro hombre, sin poder
dormir, se levantó al amanecer y “salió a vagar solo por los
alrededores”, a pesar del frío. Había niebla. Se detuvo “en la puerta de
un viejo dominio” derruido del campo. Inquieto, se sentó en un capitel
caído. De pronto, apareció un pequeño cordero entre la hierba que le
alivió de la soledad. Pero al cabo también apareció una piara de cerdos.
“Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos negros semisalvajes con
hambre cerril y pezuñas de piedra. Federico presenció entonces una
escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al
horror del poeta lo despedazaron y devoraron”.
Federico García Lorca contó a Neruda esa historia (¿vivida, soñada,
atisbada en una profecía sonámbula?) tres meses antes del inicio de la
Guerra Civil española. Ya era, para entonces, el poeta más famoso de
España, el dramaturgo de mayor éxito en el ámbito del habla española, y
uno de los mayores creadores de idioma de todos los tiempos. Era el
revolucionario que soñó “la llegada del reino de la espiga” para
derrocar al imperio corrupto de “los blancos del oro”. Era un
adolescente
en duelo a muerte con su corazón, solo y rebelde y
aterrado en la plaza desierta del aljibe. Era, sobre todo, por encima de
todo, un hombre decente. Tenía 38 años cuando lo asesinaron, arrojado
por las bestias en algún pozo insomne de la vega en que nació, pero era
un niño.
Fuente:
http://ctxt.es/es/20160817/Culturas/7895/aniversario-Federico-Garcia-Lorca-biografia-perfil-poesia-infancia.htm#.W3k_iMRcdIX.twitter