martes, 25 de abril de 2017

La vida diaria en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial

Bomba sin explotar en Londres, 1941. Foto: Defense Imagery (PD).
 Me dirijo a ustedes desde la sala del Consejo de Ministros, en el 10 de Downing Street. Esta mañana, el embajador británico en Berlín le entregó al Gobierno alemán una nota final, manifestando que, a menos que para las once horas recibamos respuesta diciéndonos que están preparando el inmediato retiro de sus tropas de Polonia, existirá el estado de guerra entre nosotros. Debo decirles ahora que tal compromiso no ha sido recibido y en consecuencia este país está en guerra con Alemania. Ustedes pueden imaginar lo duro que este golpe es para mí, ahora que mi largo empeño por lograr la paz ha fracasado…

Así comenzaba la declaración de guerra que el primer ministro Neville Chamberlain transmitió por radio la mañana del tres de septiembre de 1939. Un anuncio que trajo preocupación aunque difícilmente sorpresa para ningún británico, tal como contaba Norman Longmate, un historiador que tuvo el privilegio no muy frecuente en su profesión de vivir aquellos acontecimientos a los que más adelante dedicaría su obra How We Lived Then: a History of Everyday Life during the Second World War, que nunca ha llegado a ser traducida al castellano aunque merece nuestra atención. Habituados a un enfoque de los acontecimientos históricos en el que priman las batallas y los grandes líderes, a veces se echa en falta también conocer de cerca la vida cotidiana de los ciudadanos anónimos en la retaguardia, al fin y al cabo en torno al noventa por ciento de la población británica fue civil durante toda o gran parte de la guerra. Su manera de percibir el conflicto en que estaba inmerso el mundo fue la más frecuente, así que en ella nos centraremos. 

Decíamos que la declaración del primer ministro no sorprendió, dado que desde marzo del aquel año, con la ocupación alemana de Checoslovaquia, la pregunta que flotaba en el ambiente ya no era si llegaría a estallar la guerra, sino cuándo. Las noticias de la prensa y radio, las instrucciones a la población civil difundidas por las autoridades, los ensayos militares y de evacuación durante los meses siguientes, crearon una conciencia sobre la inevitabilidad de la guerra que llevó a muchos a aprovechar las vacaciones del verano ante la sospecha de que serían las últimas en mucho tiempo. Por si no fuera bastante, el 1 de agosto el Gobierno anunció su intención de racionar el combustible en cualquier momento, así que había que viajar a donde fuera mientras aún fuera posible… hasta que el anuncio del pacto Ribbentrop-Mólotov aguó toda intención ociosa. Formalmente firmado el 23 de agosto, se dio a conocer en realidad un par de días antes y era la señal de que, ahora sí, la guerra estaba a punto de comenzar. Aquellos que estaban fuera regresaron apresuradamente a sus localidades, desde donde poder enviar telegramas a amigos y familiares y seguir atentamente los boletines de la radio. 

El día 24 el parlamento aprobó la  Emergency Powers (Defence) Act 1939, una batería de medidas que dotaba al Gobierno de poderes excepcionales, establecía normas en torno al racionamiento, respuesta a ataques aéreos y mantenimiento de orden público que incluía las detenciones sin juicio y la pena de muerte ante ciertas infracciones. Fue aprobada inicialmente por un año de duración, aunque finalmente se prolongaría durante toda la guerra e influiría de forma excepcional en la vida de cada súbdito inglés. Ese mismo día todos los profesores de escuelas del país fueron movilizados para participar en la evacuación de los niños de las grandes ciudades y desde el día siguiente la programación radiofónica sufrió una drástica reestructuración para mantener a la población informada. El 31 se llamó a filas a todos los reservistas y solamente un día después, el 1 de septiembre, el mundo entero se estremeció ante la noticia tanto tiempo esperada: Alemania había iniciado la invasión de Polonia. Una mujer que menciona Longmate dijo que ese día fue al cine y vio llorar al público cuando se informó de ello en el noticiero previo a la película. Fue el tema que centró las conversaciones a lo largo y ancho del país, que sintió ese momento como el verdadero inicio de la guerra pese a que aún no hubiera una declaración oficial. Ese mismo día las calles se llenaron de carteles anunciando el estado de emergencia y dio comienzo la evacuación de los niños en las principales ciudades, con trenes y autobuses desbordados. Una movilización general entorpecida por la primera noche que se aplicó un apagón generalizado con el fin de evitar posibles ataques aéreos, costumbre que llegaría a arraigarse en el modo de vida inglés durante mucho tiempo después. Fue también el día en que los apenas veinte mil televisores con los que contaba por entonces Gran Bretaña dieron su última emisión, concretamente con dibujos de Mickey Mouse. No volvieron a recibir una señal hasta 1946.

Un niño recoge la madera de las casas bombardeadas, 1941. Foto: Cordon.
 Por ello, cuando el domingo día 3 a las once y cuarto de la mañana Chamberlain inició su discurso radiado, todos los oyentes fueron conscientes del momento trascendental que estaban viviendo. La memoria de la Primera Guerra Mundial aún estaba fresca pero esta prometía ser aún más terrible. Apenas habían pasado ocho minutos desde el discurso cuando comenzaron a sonar las sirenas antiaéreas en Londres, seguidas poco después por otras en el resto de las grandes ciudades británicas. Era una señal para la que la población ya estaba adiestrada a responder corriendo a los refugios y poniéndose las máscaras antigás. Aunque según ciertos testimonios algunos se quedaron paralizados por el miedo ante un bombardeo que finalmente no se produjo. Desde ese momento la radio suministró de forma constante toda clase de instrucciones que, al margen de la utilidad real que pudieran tener, proporcionaron seguridad psicológica a los oyentes. Se estaban enfrentando a algo desconocido, pero recibir órdenes paso a paso les hacía percibir que la situación estaba bajo control, que todo el mundo estaba siendo movilizado de acuerdo a un plan racional dictado por el Gobierno y solo había que seguirlo para estar a salvo. Longmate recoge numerosos testimonios de cómo ese día, apenas unas horas después del anuncio, surgió un espíritu de hermanamiento entre todos los habitantes del país. Como contaba una mujer de Kent «íbamos a las casas de los vecinos, hablábamos a los extraños en el autobús o en las tiendas», y otro residente en Chelsea «vi a vecinos que jamás habían intercambiado una palabra charlar animadamente, todo el mundo, reuniéndose en pequeños grupos para hablar de lo ocurrido esa mañana». Dice el escritor Houellebecq que el nacionalismo alcanza su punto de incandescencia en la guerra, así que la percepción de un enemigo común, de depender unos de otros en un esfuerzo patriótico por la supervivencia colectiva, disolvió de inmediato cualquier rencilla o distanciamiento en una nación unida sin fisuras. Ese sentimiento de camaradería y hermandad fue precisamente lo que muchos ciudadanos, tiempo después, recordaban sin dudarlo como lo más positivo de aquellos años de guerra. 

A las cuatro y media de ese mismo día se anunció la instauración del gabinete de guerra y el cierre de todos los lugares de entretenimiento hasta nueva orden. Se pedía a los ciudadanos mantenerse fuera de la calle todo el tiempo posible y portar siempre la máscara antigás, así como no emplear la iluminación en las carreteras tras el atardecer. Poco después, a las seis de la tarde, tuvo lugar otro discurso para la historia, uno de esos momentos que todo abuelo cuenta a sus nietos, diciéndoles «yo estuve allí». Jorge VI no tenía el don de la elocuencia, pero la solemnidad de la ocasión prevaleció por encima de alguna puntual dificultad en la pronunciación, como puede escucharse aquí. Cómo no quedarse con la piel de gallina y mirando al infinito cuando se escuchaba que «es por este alto objetivo que ahora llamo a mi pueblo en sus hogares y a los que están en ultramar, para que hagan propia nuestra causa. Les pido que se mantengan firmes, en calma y unidos en este tiempo de prueba. La tarea será difícil. Pueden haber días oscuros por delante, y la guerra ya no se limitará al campo de batalla. Pero solo podemos hacer lo correcto, como vemos lo justo, y con reverencia comprometer nuestra causa a Dios». Tras un día tan intenso fueron muchos los ingleses que quisieron concluirlo yendo esa noche a rezar a la iglesia, pues intuían la magnitud de lo que se avecinaba: había comenzado una guerra que costaría la vida de uno de cada cien habitantes del país y que cambiaría para siempre la de todos los demás.

Niños evacuados en Montgomeryshire, 1939. Foto:  The National Library of Wales(DP).
 El gas no había sido un arma particularmente mortífera durante la Gran Guerra y sin embargo lograba causar pavor tanto en combatientes como en civiles, tal vez por los estragos físicos que provocaba o por la indefensión frente a algo ante lo que no sirve ponerse a cubierto. Las autoridades británicas se tomaron muy en serio la posibilidad de un ataque a gran escala de este tipo sobre las grandes ciudades, así que se repartieron máscaras antigás a todos los ciudadanos del país, a quienes se les recordaba constantemente la necesidad de llevarla consigo a todas partes mediante cuñas radiofónicas, anuncios en el cine o carteles como este: Hitler will send no warning – so always carry your gas mask. De manera que el día 4 de septiembre todo el mundo llevaba una máscara antigás encima, y si algún trabajador la había olvidado en su casa se le hacía regresar a por ella. Legalmente no era obligatorio llevarla, aunque en muchos locales podían denegarte el acceso si no portabas una en su correspondiente funda. Pronto la moda se adaptó a ellas, vendiéndose por ejemplo bolsos con un compartimento para llevarla. Incluso se llegó a fabricar una máscara infantil de Mickey Mouse. Si bien aquellos muy pequeños mostraban resistencia a que se les pusiera una máscara, en general los niños la aceptaron de buen grado y consideraban un juego los ensayos diarios en la escuela, compitiendo por ver cuánto tiempo aguantaban leyendo con ella puesta hasta que el cristal se empañaba. Incluso pasó a ser mencionada en una canción popular que cantaban durante sus juegos en el recreo: «Under the spreading chestnut tree / Neville Chamberlain said to me: / If you want to get your gas mask free, / Join the blinking A.R.P.». 

Con el paso del tiempo el hábito de llevar una máscara encima fue decayendo a medida que se constataba que los ataques aéreos no recurrían a esta clase de armas. Bombardeos que, por otra parte, fueron muy intensos y devastadores: Londres fue asolada por la Luftwaffe nada menos que durante cincuenta y siete noches consecutivas, hasta que la RAF pudo imponer finalmente su dominio sobre el cielo. Esa lucha que se desarrolló sobre las cabezas de los británicos fue conocida como la Batalla de Inglaterra, dio lugar a una memorable cita de Churchill y curiosamente no ha sido retratada en el cine con la frecuencia de otros escenarios bélicos (hace unos días Ridley Scott ha anunciado que está trabajando en una película al respecto, ya veremos el resultado). 

En cualquier caso influyó notablemente en la vida civil. Dada la tecnología de la época una buena manera de evitar los bombardeos era dejar completamente a oscuras las ciudades para que los pilotos alemanes no pudieran localizarlas. Para ello se colocaron planchas de contrachapado en cada vivienda del país (en España hubiera bastado con bajar las persianas, lamentablemente en el resto del mundo no disfrutan de nuestros avances) que trajeron consigo la posibilidad de ser empleados como pizarras para escribir toda clase de mensajes y burlas sobre ellos. También se bromeaba sobre la minuciosidad con la que eran colocados, pues nadie quería servir de faro al enemigo, como por ejemplo en el chiste: «—Puedo ver una grieta en tu ventana. —¿Es que no reconoces al embajador japonés cuando lo ves?». Imagino que la gracia está en que la grieta es como los ojos rasgados de un japonés, aunque con el humor inglés a veces me pierdo. Más juego daban las bromas sobre la vida entre tinieblas fuera del hogar, con abundantes guiños picantes sobre amantes que aprovechan la oscuridad y los descubre un policía, o este otro chascarrillo: «Una chica va en tren y dice ¡quita la mano de mi rodilla! ¡Tú no, tú!». También, inesperadamente, esas largas noches sin contaminación lumínica sirvieron para incentivar el interés por la astronomía de unos cuantos jóvenes. 

A pesar de tales precauciones, los bombarderos alemanes a menudo lograron soltar su carga sobre las zonas habitadas y por ello resultaba fundamental seguir una serie de instrucciones sobre cómo ponerse a cubierto y, en especial, disponer de un refugio. Los locutores de la BBC que explicaban cómo construir un refugio se hicieron tan ubicuos en la programación que no fueron pocos quienes bautizaron a sus mascotas con sus nombres, Frank y Alvar. Cualquiera podía levantar el suyo, de acuerdo a una estructura denominada Anderson, el apellido del secretario de interior. Durante el primer año de guerra llegaron a construirse 2,3 millones de refugios Anderson, capaces de proteger a más de doce millones de británicos. Se trataba de refugios semisubterráneos —dada la acentuada afición nacional por la jardinería, hubo quienes los cubrieron de flores y plantas— descritos alguna vez como «iglús marrones», aquí pueden ver uno. En Londres el metro sirvió de refugio a casi doscientas mil personas cada noche, hasta el mismo Churchill utilizó con ese fin la estación de Down Street junto al resto de su gabinete de guerra. No obstante, un espacio tan desangelado, entre el ruido de las bombas y la compañía de extraños, no era obstáculo para socializar mientras se hacía ganchillo o para entretener con alardes gimnásticos.

El metro de Londres durante un ataque aéreo, 1940. Foto: Imperial War Museums (DP).
 A pesar de todas las precauciones que se tomasen, las grandes ciudades inglesas eran un entorno peligroso y, como decíamos anteriormente, desde antes incluso del estallido de la guerra hubo una evacuación que afectó en torno a tres millones y medio personas, especialmente niños (junto a sus madres si eran muy pequeños), hacia zonas rurales más seguras. Carteles como este se encargaban de recordarlo. Allí eran acogidos niños de parientes de la ciudad más o menos lejanos y a menudo también sin ningún vínculo familiar. Había quien comparaba de forma un tanto ácida el reparto de niños con un mercado de esclavos de otra época, pues las familias receptoras tenían ciertas preferencias y a algunos pequeños costaba más encontrarles destino. Particularmente a los niños católicos, generalmente provenientes de familias numerosas y considerados más sucios y asilvestrados, o los de origen cockney, a quienes a veces ni siquiera entendían al hablar. Hubo varias oleadas de evacuados a lo largo de los seis años de guerra, pues muchas familias hacían volver a sus hijos en cuanto percibían que el peligro había disminuido. De hecho para enero de 1940 más de la mitad de los niños ya habían regresado, por lo que las autoridades distribuyeron carteles como este, con un espectral Hitler tentando a una madre como la serpiente a Eva en el mito bíblico. De todas formas vivir fueras de las ciudades no aislaba a los niños de lo que estaba ocurriendo, aunque sí le daba un enfoque menos dramático. Como recordaba uno de ellos «fue una experiencia emocionante para alguien de catorce años, un grupo de nosotros iba en bicicleta donde había caído un avión o aterrizado en paracaídas un soldado enemigo, siempre intentábamos coger algún souvenir de los aviones derribados». 

Si como vemos la guerra aérea tuvo una influencia crucial en la vida civil, también se hizo notar —con menor intensidad— la Batalla del Atlántico (a la que en su momento ya dedicamos este artículo). Es decir, el empeño del Tercer Reich por bloquear los suministros a las islas mediante la guerra submarina, lo que trajo consigo la necesidad del racionamiento. Desde 1939 el petróleo y a partir del año siguiente también los alimentos, a los que se accedía mediante una cartilla familiar. El beicon, la mantequilla y el azúcar fueron los primeros en limitarse, posteriormente les siguieron la mermelada, la carne, las galletas, el té… Alguien podría responder con malicia que lo bueno de la gastronomía británica es que si se reduce tampoco nadie la echa en falta, pero tal y como era de esperar a la sombra de esta restricción terminó floreciendo un mercado negro. Más adelante incluso la ropa pasó a racionarse.  

Ante tal austeridad material, añadida a un clima psicológico de constante amenaza en el que la simple vida diaria se convertía en un acto de heroísmo, las autoridades inglesas pronto comprendieron que la población necesitaba ciertas vías de escape. Poco después de iniciada la guerra la mayoría de los cines y locales de ocio volvieron a abrir, lo que contribuyó a mantener alta la moral de la población. Alternaban las películas de evasión como el musical Me and my girl o la película de aventuras La posada de Jamaica de Alfred Hitchcock con otras propagandísticas como The Lion has wings. La BBC, inicialmente reacia a introducir música popular en su programación, acabó cediendo a los estilos modernos representados por el jazz y el swing, traídos por los soldados americanos destinados a las islas británicas. La música era por lo general alegre y hablaba sobre el amor con temas como «Moonlight Becomes You» en la versión de Bing Crosby y «We’ll meet again» de Vera Lynn. Como dice Longmate en el libro que hemos citado en varias ocasiones, «para las chicas que amaban el baile la guerra fue un tiempo feliz» y menciona el ejemplo de aquellas que, aún teniéndose que levantar cada día a las cinco de la mañana para acudir a las fábricas, nunca desaprovechaban la ocasión de ir a una fiesta, maquilladas y vestidas de la mejor manera que la situación permitía, donde flirtear con soldados de permiso. Las salas de baile abrían hasta las once de la noche y siempre estuvieron repletas, incluso en las temporadas en que los bombardeos fueron más frecuentes. Como dice el Eclesiastés todo tiene su tiempo bajo el cielo y hay un tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de morir y tiempo de nacer; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de bailar. Así fue, también, la vida diaria en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial.  

Una calle de Londres tras un bombardeo. Foto: National Archives and Records Administration (DP).

No hay comentarios:

Publicar un comentario