domingo, 12 de marzo de 2017

Todo Portugal se encuentra en Aveiro

Foto: Vincent (CC).
Una de las mejores formas de visitar Venecia es pasear por las otras Venecias, las Venecias modestas y diminutas, con canales sencillos y casitas de colores, ubicadas en las pequeñas islas de Burano y Murano, en la laguna véneta. Son las Venecias que se alejan de lo turístico y se mantienen en lo genuino.

Pero existen más Venecias lejos de Italia, y una de las más fascinantes es la villa de Aveiro, en la Región Centro de Portugal. Conocida históricamente por sus extensas salinas, de donde se extraían grandes cantidades de sal marina que se exportaban a toda Europa, hoy en día es una tranquila localidad costera famosa por su tradicional barrio marinero, sus canales y las curiosas embarcaciones que los recorren, similares a las góndolas, conocidas como moliçeiros.

Las salinas son, de hecho, el origen de la Aveiro actual. Las algas de la ría, denominadas moliço, eran muy apreciadas por su alto contenido en sales y nutrientes. Los vecinos las recolectaban y las transportaban a través de la ría hasta el centro del pueblo. Para ello utilizaban las mismas barcas en las que hoy, décadas después, se pueden recorrer sus canales.

Merece la pena descubrir la villa a bordo de un moliçeiro. Por las mañanas, cuando hace buen tiempo, los barqueros se sientan en uno de los bancos de piedra que flanquean el canal en ambas orillas, esperando a sus pasajeros. Durante todo el día, justo hasta que comienza a atardecer, los moliçeiros surcan los canales que separan los barrios, lo que ofrece al visitante una hermosa perspectiva de la villa, contemplada desde un asiento de madera en la barca.

Los antiguos y solemnes edificios que se disponen a lo largo del canal principal evocan una época de esplendor económico, coincidiendo con el auge de la industria de la sal y el bacalao. Al llegar a Beira Mar, el barrio de pescadores, las construcciones pierden altura y se tornan en alegres casitas de colores que parecen querer confundirse con los propios moliçeiros, cuyas popas y proas, que se alzan orgullosas sobre el agua, están decoradas con flores, cintas y demás adornos. En realidad, cada casa está pintada con un color diferente para que los marineros pudiesen reconocer su hogar desde el agua cuando llegaban a tierra en los días de niebla. Hay algo bello pero triste en esa historia.

El barrio de Beira Mar se encuentra delimitado por dos de los canales. Casi todas sus calles, de carácter peatonal, están pavimentadas con el conocido empedrado portugués, compuesto por adoquines colocados a mano por mestres calceteiros y que conforman singulares mosaicos. En uno de los accesos al barrio, sobre la intersección de dos canales, hay un puente desde el que se pueden contemplar varias pasarelas peatonales que cruzan el canal principal prolongándose a lo lejos. A su lado se encuentran edificios tan magníficos como los del hotel Palace y el museo. Por alguna razón, todo en la zona parece inconexo, colocado al azar, y, sin embargo, hay en ello una cierta coherencia. Como si el entorno, ecléctico e ilógico, encajase perfectamente por casualidad.

Al entrar en el barrio se advierte al instante una atmósfera especial. Se aprecia en sus pequeñas plazas, como la de la Rúa Domingos Carrancho o la Praça 14 de Julho, escondidas en diferentes rincones del casco viejo y llenas de un ambiente familiar que se dispersa entre sus tiendecitas y terrazas; se aprecia a su vez en las callejuelas que las unen, siempre observadas desde lo alto por balcones y fachadas de lo más variopinto; y se advierte en sus gentes, que participan de un carácter abierto y peculiar, propio de los pueblos marineros.

En Aveiro está contenido todo Portugal. Como ocurre en gran parte de sus pueblos y ciudades, una zona moderna y actual envuelve un centro histórico en el que se conserva, casi intacto, un pasado pegado al folclore y las costumbres típicas portuguesas. Se combinan así, en apenas un par de calles de diferencia, el espíritu decadente pero cautivador de un Portugal encapsulado en otra época —el de los azulejos y la cerámica y la decoración barroca— y el aire nuevo de un Portugal contemporáneo y europeo, que se da en Aveiro con especial intensidad debido a su sólida economía, que se traduce en una de las rentas per cápita más altas del país.

Foto: Manuel Alende Maceira (CC).
Pero la esencia de Portugal se encuentra también en las tradiciones de Aveiro, en su gastronomía, en sus costumbres o en la ya habitual cortesía de sus habitantes. Siempre me ha llamado la atención la exquisita educación con la que todo el mundo es tratado en Portugal y la corrección con la que se comportan sus gentes. Es impensable escuchar gritos en una terraza, encontrarse con personas hablando a voces en el transporte público o recibir una contestación desabrida por parte de un dependiente o un camarero. Todo lo contrario. En general, la atención de los profesionales de la hostelería es siempre excelente y la conducta de los clientes, impecable. Aveiro no es una excepción.

Como tampoco lo es en materia de horarios, ya que siguen los hábitos europeos. Lo más frecuente es almorzar a la una del mediodía y cenar a las ocho de la tarde. También es usual encontrarse con numerosos establecimientos donde se vende el producto característico de la zona, que en el caso de Aveiro son unos dulces elaborados con yema de huevo, denominados ovos moles, por los que sienten verdadera devoción. Otra característica es el consumo de sopa como primer plato —de hecho, encontrarse con gente tomando sopa incluso a media mañana o a media tarde es algo normal— así como servir aceitunas negras como aperitivo o presentar el pan introducido en tarros de cristal y siempre de diferentes tipos. La abundancia de heladerías, la inexistencia de cafeterías, los platos típicos… Todo Portugal se encuentra en Aveiro.

Pero quizá lo más llamativo del lugar sea su cultura marinera, en el sentido más costumbrista, inmóvil, arraigado e idiosincrásico del término. Es una cultura de cantina, de horarios decididos por el sol y por el mar, de mañanas tempranas y noches de taberna. Al atardecer, en la preciosa Praça do Peixe, una plaza del barrio de pescadores donde antiguamente se ubicaba el mercado del pescado, se produce un sorprendente ambiente festivo pero tranquilo, fruto de la unión —casi de la colisión— entre esa cultura marinera y la universitaria, derivada del pequeño campus de doce mil estudiantes que hay en la villa. A veces uno tiene la sensación de ser parte del decorado en una fotografía ajena. Por fortuna, todavía no es un destino turístico sobreexplotado.

De la Praça do Peixe sale uno de los canales secundarios, que se une al principal para, unos kilómetros más allá, encontrarse con el mar. Aveiro es una villa atlántica y sus playas, especialmente la de Costa Nova, parecen extraídas de una postal. Es imperdonable visitar Aveiro y no acercarse hasta allí, justo al final de la ría, más allá de los yacimientos de sal. Una extensión de arena que discurre a lo largo de una orilla recta y kilométrica, cuyo principio y final se pierden en ambos horizontes, sirve de última parada. A ella se accede desde un pueblecito adyacente a Aveiro que parece haber sido diseñado a propósito para la localización de una película. Sus casas están decoradas a rayas de colores, como las propias casetas de la playa, y desde ellas se escucha el incesante rugido del océano Atlántico, que se desvanece sobre la arena una y otra vez.

Visitar Aveiro es visitar una versión en miniatura de Portugal. Con sus tascas, en las que aún hoy se puede comprar tabaco suelto en la barra y pedir una francesinha, uno de sus platos más conocidos. Y sus emblemáticos edificios, muchos de los cuales todavía conservan la rica policromía de antaño. Y su barrio marinero, repleto de encantadoras plazas y rincones escondidos. Y sus locales culturales y salas de conciertos, donde se puede escuchar el mejor jazz pero también el mejor fado. Y sus espléndidos vinos, que nada tienen que envidiar a los de otras regiones vinícolas.

Pero visitar Aveiro es a su vez visitar una villa única, dividida por canales navegables que merece la pena recorrer en moliçeiro una mañana cualquiera, antes del aperitivo. Con frecuencia se la denomina «la Venecia de Portugal», y lo cierto es que las semejanzas, aunque a mucha menor escala, son evidentes. Pero Aveiro es mucho más que eso. Es un pequeño paraíso situado al oeste de la península ibérica. La pausa perfecta entre Oporto y Lisboa. Es una pequeña y bonita Venecia, pero es, además, todo Portugal.

Foto: Miguel Pires da Rosa (CC).


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