sábado, 11 de febrero de 2017

Radowitzky, el anarquista que sobrevivió a la prisión del fin del mundo

Fotografía policial de Simón Radowitzky, 1909. Foto: DP.

Las esculturas urbanas suelen contar la historia de las ciudades desde la visión de los vencedores. Las pintadas, por su parte, tratan de canalizar de forma urgente y efímera la voz de los de abajo. En ocasiones, esculturas y pintadas son la cara y la cruz de una historia que ocurrió hace mucho tiempo. Hay en una céntrica plaza de Buenos Aires, en el corazón del acomodado barrio de Recoleta, unas esculturas que de tanto en tanto alguien garabatea en su base con una expresión —«¡Simón vive!»— que desconcierta a todo aquel que no conoce el abrupto final del coronel Ramón Falcón, el hombre a quien está dedicado el monumento. El clásico símbolo anarquista —la A dentro del círculo— nos ofrece alguna pista sobre quién puede ser ese Simón al que una mano anónima ha colocado junto al grabado de quien fuera el sanguinario jefe de la policía de Buenos Aires en la turbulenta primera década del siglo pasado. 
 
A veces, de forma más explícita, alguien se ha animado a escribir el apellido del personaje en cuestión: Radowitzky, el anarquista ruso que acabó con la vida de Falcón un día de noviembre de 1909 y pagó su intrépida acción con una de esas penas dignas de un récord Guinness: dos décadas a la sombra en la cárcel más austral del mundo, la prisión de Ushuaia, de la que salió a los cuarenta años sin haber claudicado nunca de sus principios libertarios. Mil veces borrado y otras mil veces pintarrajeado, el nombre de Simón Radowitzky resiste porfiado a una historia que lo ha querido negar durante décadas. Un cómic del ilustrador argentino Agustín Comotto155 (Nórdica, 2016)— le ha dado ahora la razón a los autores de los grafitis. Simón, el inquebrantable preso 155 de la prisión del fin del mundo, es ya un héroe vivo de la historieta. 

A pocos metros de esa plaza de la Recoleta sombreada por gomeros gigantes, Ramón Falcón, preboste de la policía porteña, se traslada en su carruaje la mañana del 14 de noviembre de 1909. Lo acompaña su ayudante, Alberto Lartigau. Regresan del cementerio de la Recoleta, donde le han dado el último adiós a un comisario amigo de Falcón. Un desconocido se acerca al carruaje en la esquina de Quintana y Callao y arroja una bomba de fabricación casera. Ha consumado la venganza del movimiento obrero contra el hombre que ordenó reprimir la marcha del último Primero de Mayo dejando varios obreros muertos y heridos en las calles de la capital argentina. El joven que lanza la bomba y corre como si le persiguiera el diablo es un inmigrante ruso de dieciocho años que solo lleva un año y medio en Buenos Aires. Cercado por algunos viandantes y policías, decide pegarse un tiro en el pecho. Pero no muere. Le espera algo peor. 

De ascendencia judía, Simón Radowitzky nació en 1891 en Stepanitz, un pueblito de la actual Ucrania (aunque algunas versiones fijan su nacimiento en 1889). Su activismo revolucionario comenzó en Ekaterinoslav, la ciudad adonde se mudaron sus padres y donde Simón empezaría a trabajar a la temprana edad de diez años como aprendiz en casa de un herrero. En ese ambiente fue testigo de reuniones de obreros en las que se hablaba de explotación, compromiso, solidaridad. Con apenas catorce años fue herido de bala por la policía zarista durante una manifestación de obreros. Esos primeros años de lucha social marcarían su destino, como le confesaría muchos años más tarde en México a su compañero ácrata Augustin Souchy, periodista y escritor alemán que esbozaría una semblanza de Simón en el libro Una vida por un ideal. Su progresiva implicación en las protestas sociales le valió la cárcel y una amenaza de deportación a Siberia en cuanto cumpliera los dieciséis años. Alentado por algunos compañeros, a Simón no le quedó más remedio que embarcarse en un vapor rumbo a Argentina, la tierra prodigiosa en la que estaban recalando los parias de media Europa. Pero el paraíso argentino de la prosperidad estaba vetado para los obreros. Como otros miles de inmigrantes europeos, Radowitzky encuentra en los sindicatos la tabla de salvación para integrarse en una sociedad ajena. Aprende el español leyendo La Protesta, el órgano de expresión de los anarquistas agrupados en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina). 

Para la conmemoración del Primero de Mayo de 1909 la FORA reúne a treinta mil personas en la plaza Lorea de Buenos Aires. El coronel Falcón despliega a sus gendarmes en los alrededores y sin muchos preámbulos suenan los primeros disparos de la policía. A Simón, que asiste a la marcha, se le quedarán grabadas en la retina las escenas de la represión policial. Un grupo de anarquistas prepara la venganza durante varios meses. Radowitzky es el elegido para perpetrar el ataque. Y cumple con creces la misión. El precio de su osadía es la pena de muerte pero el joven ruso eludirá el pelotón de fusilamiento gracias a un certificado de nacimiento presentado in extremis por un familiar que demuestra su minoría de edad. Nunca se sabrá a ciencia cierta quiénes ayudaron a Radowitzky a matar a Falcón. Simón nunca les delataría. Él siempre declaró que lo hizo a título personal para vengar a sus compañeros caídos el Primero de Mayo. Su resistencia a las torturas agranda su figura entre los obreros. Es el mártir de un movimiento libertario que no olvidará jamás a su héroe moral y organizará interminables y masivas campañas exigiendo su libertad.

Maté porque en la manifestación del 1.º de Mayo, el coronel Falcón, al frente de los cosacos argentinos, dirigió la masacre contra los trabajadores. Soy hijo del pueblo trabajador, hermano de los que cayeron en la lucha contra la burguesía y, como la de todos los demás, mi alma sufría por el suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la humanidad.

Prisión de Ushuaia. Fotografía: Liam Quinn (CC).
 Cerrada definitivamente en 1947, la prisión del fin del mundo es hoy una de las atracciones turísticas de Ushuaia. Un museo en el que el visitante puede acceder a las celdas de los prisioneros recreadas al mínimo detalle y participar en un recorrido teatralizado disfrazándose con un traje a rayas. Una extravagante propuesta. Pero si hubo alguna performance irrepetible por su audacia fue la que protagonizó el preso 155, Simón Radowitzky, en 1918. El anarquista ruso llevaba ya varios años soportando las torturas de sus carceleros y las condiciones climáticas extremas de Tierra de Fuego. Un día recibió un regalo especial de sus compañeros de La Protesta: un ejemplar de la Biblia. ¿Querían reconducir al libertario ruso por el camino de la fe? ¿Se había dado cuenta Simón tras casi una década encerrado de que solo la palabra de Dios podía alejarle del sendero de odio y violencia por el que había transitado en su vida? Nada de eso. El libro sagrado traía codificado el plan de fuga para liberar al «Ángel de Ushuaia», como era conocido entre los internos. Descifradas las instrucciones, Radowitzky se decide a echar por tierra la leyenda de que nadie podía escaparse de la cárcel del fin del mundo. 
El 7 de noviembre de 1918 saldrá caminando del recinto embutido en un uniforme de guardiacárcel. Aunque nunca se confirmó, se sospecha que Simón contó con ayuda en el interior del presidio para consumar su huida. Cabizbajo, el fugitivo llega hasta el lugar donde le espera Apolinario Barrera, el militante de La Protesta que ha alquilado una goleta en Chile para ir en busca de su compañero. A Simón se le iluminan los ojos cuando va dejando atrás el Canal de Beagle. No lo puede creer. La libertad, a un suspiro. El Sokolo, la barquita alquilada por Barrera, surca durante cuatro días los canales de Tierra de Fuego y se adentra en el estrecho de Magallanes. Al quinto día, los dos marineros de la goleta divisan una embarcación sospechosa. Alertado por las autoridades argentinas, un barco de la Armada chilena, el Yáñez, va directo a su encuentro. Simón no se lo piensa dos veces. El preso 155 se lanza a las frías aguas del estrecho, alcanza la orilla en la península chilena de Brunswick y corre desesperadamente entre el bosque de lengas en dirección a Punta Arenas, donde le espera una casa de seguridad a la que nunca llegará. Será apresado enseguida y reenviado por la policía chilena al infierno de Ushuaia. Allí purgará otros doce años con castigos corporales y psicológicos. Los dos primeros años después de la fuga los pasará en una celda de castigo, a media ración. Aislado, humillado, enfermo. De sus cartas desde prisión, sin embargo, sus amigos y compañeros perciben la entereza de un hombre que sigue en pie. 

Tengo bastante valor, aunque estoy flaco de cuerpo, para soportar esta reclusión y la que venga tras ella. Muchas veces he pensado acabar de una vez, en vista del fracaso de mi fuga y de los malos tratos; es decir, hacerme matar o seguir el ejemplo del 122. ¿Sabes por qué no lo hago? Para que no gocen mis verdugos… (…) Pronto hará once años que estoy en el presidio y te puedo asegurar que no tengo el menor remordimiento; jamás hice ningún mal conscientemente a nadie. Siempre he velado, mejor dicho, cuidado, de la dignidad que debe ser norma de los anarquistas, y respecto a mi proceder con los compañeros del presidio jamás un anarquista podrá avergonzarse.

La frustrada fuga por el estrecho de Magallanes no fue el único intento de liberar a Radowitzky que idearon los anarquistas argentinos. Según la biografía de Radowitzky escrita por el periodista argentino Alejandro Martí, en 1924 un reconocido militante ácrata, Miguel Arcángel Roscigna, logró un puesto como guardiacárceles en el penal de Ushuaia con el propósito de poner fin al cautiverio del activista ruso. La estrategia estaba pensada para que salieran tres presos. Pero Radowitzky se negó. El plan, a su juicio, debería incluir a todos los prisioneros políticos del penal. El compañero «carcelero» trató de convencerle de la imposibilidad de liberar a todos pero Simón no dio su brazo a torcer y el plan no se ejecutó. La suerte de Radowitzky estaba echada. 

Fue esa resistencia del anarquista ruso a la adversidad la que, entre otras razones, llevó a Agustín Comotto, ilustrador argentino afincado en Barcelona, a aproximarse a la figura de Radowitzky: «Simón logra sobrevivir a pesar de las torturas, el frío, el hambre, una fuga que fracasa, los castigos…». Un personaje singular. Simón es el hombre que al matar a Falcón —reflexiona Comotto— no está atentando simplemente contra un jefe policial sin escrúpulos. Está lanzando una bomba al corazón de un Estado represivo que nace manchado con la sangre de la Campaña del Desierto, de la que Falcón fue uno de sus más notorios carniceros. Radowitzky nunca fue amigo de las armas. Alguien definió su acción como un «vómito social» contra el sistema. 

«El personaje de Simón tenía muchas capas más allá de su acción anarquista», explica Comotto, que dedicó seis años a documentarse sobre la vida de Radowitzky rastreando archivos en Argentina, México y Holanda y entrevistando a todo aquel que podía ofrecerle alguna información para el libro gráfico que acaba de publicar en España. Una vida salpicada de agujeros negros, pasajes nebulosos sobre los que las fuentes no se ponen de acuerdo. Comotto rescata también la imagen del hombre que huye del culto a la personalidad pese a que se había convertido en todo un mito: «Había obreros que tenían su estampita y lo llamaban el mártir o el Ángel de Ushuaia». Toda una paradoja dentro de un movimiento libertario que suele recelar de todo lo que huela a idolatría.

Simón Radowitzky sale en libertad en 1930 tras haber estado preso veintiún años. Foto: Diario Clarín (DP).
 
El 22 de abril de 1930 Simón Radowitzky se viste con las mejores galas. Ha llegado, por fin, el día de su liberación. Enfermo de tuberculosis, flaco como un alfiler, abandona la prisión del fin del mundo. Los anarquistas le han hecho llegar un traje cruzado y un sombrero Orion. Parece un dandy. Para los ácratas de medio mundo es un ejemplo a seguir. Gracias en parte a las gestiones de la poetisa Salvadora Medina Onrubia, esposa del director del diario Crítica, Natalio Botana, el Gobierno de Hipólito Yrigoyen le ha otorgado una amnistía. Salvadora, a quien Simón llama «hermanita» en sus cartas, ha sido su ángel de la guarda durante las dos décadas que ha pasado en prisión. No solo ha participado activamente en las campañas para su liberación. También financió la fallida fuga por el Canal de Beagle. La gratitud del anarquista ruso será eterna. Según el historiador ácrata Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde, Los anarquistas expropiadores), la liberación de Radowitzky fue fruto más que nada de una negociación política entre la dirigencia anarquista y el Gobierno de Yrigoyen, necesitado de paz social. Pero el hábil político radical se guardó un as bajo la manga para no incomodar a los sectores más conservadores. Radowitzky quedaría en libertad, sí. Pero no en Argentina. Sería deportado a Uruguay.

Veintiún años han pasado desde que Simón lanzó esa bombita casera que mató a Falcón y a su ayudante. El mundo es un hervidero social. Y Simón sigue fiel a la causa. Ha entregado toda su juventud a esa lucha revolucionaria de la que nunca ha renegado. ¿Y ahora? Tras una estancia de varios años en Montevideo, Radowitzky viaja en mayo de 1937, en plena Guerra Civil, a la capital del anarquismo mundial: Barcelona. Los milicianos de la CNT/FAI se baten en todos los frentes: contra el fascismo y contra el auge del comunismo en el seno del bando republicano. Radowitzky solicita ir al frente de Aragón, donde se baten el cobre las antiguas columnas ácratas. Pero los jefes de la CNT son precavidos. Bajo ninguna circunstancia pueden poner en riesgo la vida de un mito viviente del movimiento como Simón. Ya habían perdido en el frente de Madrid a su faro, Buenaventura Durruti, en aquel corto verano de la anarquía. Lo encuadrarán en la 28.ª División de Gregorio Jover, uno de Los Solidarios que anduvo en Argentina junto a Durruti y Ascaso en los años veinte. Radowitzky realizará funciones de enlace durante un tiempo hasta que la cúpula anarquista decide replegarlo a la oficina de Propaganda Exterior. En el libro de Augustin Souchy, la dirigente anarcosindicalista Federica Montseny habla así del paso de Radowitzky por la Revolución española:

No era orador ni escritor. Era un hombre inteligente, dotado de criterio propio, que atesoraba un profundo buen sentido. Era un hombre tan rico espiritualmente que, en lugar de restar a los demás, les enriquecía constantemente con la proyección propia. (…) Asistía a nuestros «plenos», siempre callado, siempre observando. Y nunca decía nada. Pero algunas veces, encontrándole en la Secretaría de Cultura y Propaganda (…) hablábamos. Yo le preguntaba. Y Simón me contestaba. Su juicio claro, lúcido, unía a la discreción una profunda conciencia de los problemas, de las posibilidades y de las imposibilidades. Recuerdo que pasé horas escuchándole, sin interrumpirle, dejándole manifestarse con su voz lenta, arrastrando las sílabas, buscando a veces las palabras que expresasen mejor su pensamiento sin herir a nadie.

La derrota de los republicanos en la Guerra Civil obliga a Radowitzky a buscar un nuevo refugio. Antes de abandonar España, el líder de la CNT, Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, le encarga una misión delicada. Será uno de los encargados de trasladar el ingente y valioso archivo de la CNT a Ámsterdam, la ciudad elegida por los anarcosindicalistas para poner sus documentos a salvo del franquismo. Simón correrá después una suerte similar a la de otros miles de exiliados. Sobrevivirá un tiempo en el campo de refugiados de Saint Cyprien y después viajará a México, donde vivirá hasta su muerte en 1956 bajo el nombre de Raúl Gómez Saavedra, un alias que le permitirá pasar desapercibido. 

En Ciudad de México mantiene su relación con los grupos anarcosindicalistas y no es ajeno a las continuas rencillas entre las distintas facciones republicanas. Vivía casi del aire y rodeado de pájaros en un cuartito alquilado en la azotea de un edificio. Algunos compañeros y amigos, como Ricardo Mestre (fundador de una impresionante biblioteca ácrata en el D. F. y fallecido en 1997), le ayudaban en el día a día. «Para algunos era casi un místico; un personaje taciturno, silencioso», recuerda Comotto de sus conversaciones con aquellos que trataron a Simón o supieron de sus andanzas en México. 

En México su vida transcurre a medio gas. Los veintiún años que pasó en prisión le habían pasado factura. Del periodo carcelario le quedó una tuberculosis de la que nunca se recuperó. Su muerte por un paro cardiaco conmocionó a sus compañeros anarquistas en las dos orillas. En su humilde cuarto —cuenta Comotto— apenas tenía pertenencias: una muda y una estampita de Kropotkin firmada de puño y letra por el príncipe de la acracia rusa. El santo laico de Ushuaia se había quebrado definitivamente. Comenzaba la leyenda del preso 155. Una leyenda subterránea que sale a flote de tanto en tanto. Cuando un brillante historietista le rinde un homenaje. O cuando alguien, bajo la luz de la luna, garabatea su nombre en una escultura de la Recoleta. No hay duda: ¡Simón vive!


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