martes, 17 de enero de 2017

Bailar después de Fidel

Estudiantes del Ballet Nacional de Cuba, 2016. Fotografía: Cordon.
 «La vida es más lenta aquí que en Gilmore Girls». En los pasillos del viejo palacete del paseo del Prado de La Habana, los aspirantes a bailarines esperan entre ensayo y ensayo apoyados en la balaustrada y pegados a sus pantallas del móvil. Tienen suerte las nuevas generaciones, desde 2008 está permitido tener un teléfono propio en la isla, aunque no esperen verles viendo un vídeo tras otro en YouTube: la red de wifi pública, legal desde hace menos de dos años, aquí no está disponible.

Aun así ellos perciben mejor que nadie que el mundo gira más rápido de lo que lo hacen ellos sobre sus puntas de ballet, y eso que no saben que el mero hecho de que puedan repetir cada día sus coreografías es casi un milagro. Mientras las grandes compañías de ballet de Rusia, Europa o China ven reducirse sus subsidios públicos en favor de patrocinios privados con dudosos intereses, bailar en Cuba ha sido siempre una cuestión de Estado. Al menos, hasta ahora.

El ballet constituye, sin duda alguna, una de las más elevadas y hermosas manifestaciones artísticas, que cuenta ya con tradición en nuestro país debido al esfuerzo realizado por instituciones privadas, principalmente el Ballet de Cuba que, a través de largos años de paciente y tesonera labor ha logrado mantener el culto y la afición por la danza, alcanzando su primerísima figura, la eximia ballerina Alicia Alonso, notables triunfos que honran a nuestra patria.

Era 20 de mayo de 1960, y con esta afirmación que suena un poco a NO-DO y a Radio Rebelde a la vez, el entonces primer ministro de Cuba, Fidel Castro, firmaba con su puño y letra la Ley 812, que garantizaba el futuro del ballet cubano y reconocía su honrosa labor en favor de la cultura nacional. El «futuro», claro, se medía en centenas de dólares de financiación, el usufructo de espacios históricos, un extensísimo programa educativo y un festival anual que atraería cada año a lo mejor de la escena mundial. 

Al otro lado del escenario, deslizándose sobre él como si otra ley, la ley de la gravedad, hubiera sido recientemente derogada, Alicia Alonso, o Giselle, veían firmarse el acuerdo que uniría sus vidas por el resto de los años. Alicia llevaba entonces ya dos décadas sobre las puntas del personaje basado en la obra de Heinrich Heine. La misma Giselle que le llevó a ocupar las portadas de la prensa neoyorquina como nueva figura estrella del ballet americano, el American Theatre Ballet de Nueva York (ABT), la llevaba ahora de vuelta a su Cuba natal para construir desde los cimientos su sueño: una compañía de ballet nacional, una escuela y un movimiento cubano con los que haría historia en el mundo de la danza.

Como quien agudiza la vista ante el pelotón militar para descubrir al jefe del Estado a la cabeza, en Cuba todo el mundo conoce a Alicia Alonso. Y todo el mundo se levanta, aplaude y reverencia a la diva de sangre española que aún hoy, a sus noventa y siete años, dirige la institución. Fallecido Fidel Castro, Alicia es una de las pocas personas que ha sobrevivido a la guerra fría; a un mundo dividido en dos; al reconocimiento de las altas esferas y al éxito; a su propia ceguera; al aislamiento y al éxodo de sus bailarines; a su temperamento; y a la propia Revolución.

«Esa inesperada alteración de la realidad, una revelación privilegiada, una iluminación inhabitual, una fe creadora de cuanto necesitamos para vivir en libertad, una búsqueda, una tarea de otras dimensiones…». Las mismas palabras que entonces buscaba el escritor Alejo Carpentier para definir el movimiento literario de lo real-maravilloso en Latinoamérica, reflejan, una a una, las ambiciones del Ballet Nacional de Cuba en sus inicios. Había algo mágico al fusionar todo aquello en algo nuevo, que se hacía por primera vez. Lo que para el surrealismo tenía que ser por fuerza producto de una creación literaria, pura ficción, para el latinoamericano era «el pan de cada día», que podía ser tocado por esa magia diariamente en cualquier lugar. En el ballet, en Cuba, nacía de la expresión y de la energía desbordante de sus calles, del flotar de un movimiento, de la chispa y la pasión de un pueblo instruido en la austeridad.

Alicia les enseñaba a sus bailarines a volar más allá de los límites de su cuerpo. A ser como la brisa que se enreda entre los rayos de sol que atraviesan las persianas medio descolgadas de las aulas. Recordaba que una vez le habían dicho que bailaba como una latina, y desde entonces se había empeñado en hacer de la herencia de su piel y sus huesos un estilo que se reconociese en el mundo entero. Alicia les daba las alas, pero les imponía el techo a la vez.

Con un carácter de hierro enseñó a sus alumnos a distinguir entre el romanticismo de un gesto de perfil en Giselle, el arabesco —tan frágil— de los brazos en El lago de los cisnes o la mesura y corrección en La bella durmiente. Con las obras clásicas, la isla entera se hizo devota de la danza, y los premios comenzaron a llegar. Alicia acumulaba cientos de menciones de reconocimiento internacional mientras aún se ataba las zapatillas: a sus sesenta años todavía seguía siendo Giselle sobre los escenarios.
Alicia Alonso, 2014. Foto: Enrique de la Osa / Cordon.
 Pero Giselle era mucho más que Giselle. Detrás del telón, la prima ballerina assoluta cerraba puertas pero abría ventanas. A paso unísono con la Revolución, el ballet fue para el comandante su mejor bandera. Bailar en otros continentes se convirtió casi en moneda de cambio: el embajador diplomático perfecto con el que llamar a la puerta de otras compañías, establecer intercambio de bailarines, en definitiva, pasar a formar parte del gran baile de la escena mundial, y escribir una página en la historia de la propaganda política.

Con lo que no contaba el comunismo de Castro era con una ventana entreabierta a la brisa americana. No era de extrañar que, habiendo sido una de las semillas del ABT de Nueva York, Alicia les tendiera la mano a los bailarines del país vecino, y muchos de ellos —Cynthia Gregory, Ted Kivitt— visitaron la escuela cubana durante los años setenta, época del embargo. También el BNC sorteó obstáculos para visitar el Metropolitan de Nueva York. La prensa de entonces lo recogía como un acercamiento histórico entre ambos países:

For the first time since the two nations severed diplomatic relations sixteen years ago, a major Cuban performing group, the Ballet Nacional de Cuba, will visit the United States, presaging «the opening of a cultural exchange». (The New York Times, 18 de agosto de 1977).

Aunque las cosas se torcerían en los ochenta, la década de los noventa volvió a subir al escenario a una Giselle casi septuagenaria, esta vez vestida de Cisne negro. El milagro cubano brillaba de nuevo en la ciudad de los rascacielos.

Así, poco les sorprendía a quienes formaban parte del mundo de la danza la reapertura del Gran Teatro, renombrado ahora Teatro Alicia Alonso, en los albores de 2016, como tampoco el que lo inaugurara el mismísimo Obama ofreciendo el primer discurso de un presidente americano en la isla desde 1959. Quienes habían frecuentado el suelo y las barras de aquel edificio monumental sabían que esos lazos no se habían estrechado solo en el palacio del comandante.

Y así es como el ballet de Cuba pasó a ser Patrimonio de la Humanidad sin sobreponerse al deterioro. Mientras el tiempo no se detenía, Giselle seguía siendo Giselle y cada vez se alejaba más del coro. Como subida a un viejo Chevrolet descapotable, de esos que aún ruedan hoy por La Habana, todo en el ballet reluce como siempre pero huele a polvo. Con un sistema docente que insiste en repetir las mismas coreografías, piezas de mucho valor pero ancladas en el tiempo, y un cuerpo de baile atado de pies y manos con ansias de triunfar, la institución ha visto cruzar el charco a muchos de sus mejores bailarines para no volver jamás. Algunos, los menos, pudieron negociar con la institución. Otros, los más, simplemente saltan por la ventana del aula de ensayo para buscar asilo en otro lugar. 

Bailar después de Fidel probablemente deje de ser una cuestión de Estado, aunque a juzgar por los rumores en los pasillos del Gran Teatro, el rumbo no parece que vaya a cambiar. Por hablar, las paredes cuentan de todo: desde la lejana probabilidad de un giro hacia la renovación con un joven Carlos Acosta, hoy al frente del ballet contemporáneo de la isla, hasta quien parece tener un hueco asegurado en el corazón de la institución, la bailarina y profesora de gran reputación internacional Loipa Araújo, los ojos de Alicia durante los últimos cuarenta años.

Pero la cuestión es si será capaz este «milagro cubano» de sobrevivir a sus propias cenizas: de no ceder a los cantos de la fama y saberse reconstruir, con el lenguaje de hoy y la herencia de toda una vida, en una nueva Giselle que traspase fronteras.

Mientras tanto, y cada vez más débil, Alicia sigue saliendo a escena, ahora ya solo para cerrar las obras, sostenida, a cada lado, por dos de sus bailarines, orgullosa y vital ante el estruendo del público. «Viviré doscientos años, y dirigiré el Ballet al menos cien más».

La bailarina Laura Quesada del Ballet Nacional de Cuba, 2015. Foto: Cordon.





 
 



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