viernes, 5 de agosto de 2016

Donald Trump: retrato de un (presunto) sociópata

Republican U.S. Presidential nominee Donald Trump attends a campaign event at Cumberland Valley High School in Mechanicsburg, Pennsylvania August 1, 2016. REUTERS/Eric ThayerCODE: X02070
Fotografía: Cordon Press.
 En 1979, Stephen King publicó la novela La zona muerta. En ella, un tipo llamado Johnny Smith despertaba de un grave accidente de coche después de cinco años en coma y descubría que era capaz de predecir el futuro a través del contacto, ya fuera tocando un objeto o a una persona. Ese don (o maldición, según se mire) llegaba a su cenit cuando estrechando la mano de un político en un mitin descubría que este no iba solo a llegar a presidente de los Estados Unidos, sino que iba a iniciar la tercera guerra mundial.

Es imposible no pensar en el relato (convertido más tarde en —magnífica— película por David Cronenberg) al leer el terrorífico artículo de la periodista del New Yorker, Jane Mayer, sobre el escritor Tony Schwartz. Schwartz es conocido, principalmente, por ser el auténtico autor de The art of deal, el superventas de Donald Trump donde este decía (entre otras cosas) que estrechar la mano de alguien era sumamente peligroso por los virus y bacterias que podían transmitirse, y que por eso se abstenía de hacerlo. Schwartz afirma en el artículo que no tiene ninguna duda de que si Trump gana las elecciones y se hace con la presidencia de los Estados Unidos «lanzará los misiles nucleares a la primera oportunidad que se le conceda».

El gran mérito de la pieza de Mayer, más allá de su indudable relevancia, es la capacidad de la periodista para transmitirnos el pánico que siente Schwartz por el millonario y su convencimiento de que este podría acabar con la civilización por simple capricho. Se han dicho muchas cosas del candidato a la presidencia, pero ninguna tan inquietante.

Donald J. Trump nació el 14 de junio de 1946 en Queens, uno de esos barrios de Nueva York donde sobrevivir era, al mismo tiempo, una cuestión de actitud y un juego de azar. Hay muchas versiones de su juventud, pero los rasgos comunes en todas ellas son su mal carácter, su poca afición por la disciplina y su incipiente machismo. Lo más interesante empieza a finales de los años sesenta, cuando se incorpora a la empresa de bienes inmobiliarios de su padre y se empeña en aprender el negocio. En las siguientes dos décadas se arruina y enriquece en varias ocasiones y usa toda clase de triquiñuelas legales (algunos de sus biógrafos afirman que también usó algunas otras poco compatibles con la ley) para seguir amasando dinero. Se hace con medio Manhattan y apuesta por una arquitectura llamativa y pomposa, la misma que utilizará para sus hoteles, auténticos monumentos al ego.

La alta sociedad le abre las puertas después de su matrimonio con Ivana Trump, la primera de sus tres esposas. Más tarde se haría con los derechos del certamen de Miss Universo y su popularidad aumentaría con su participación en el popular concurso televisivo The apprentice, en el que daba rienda suelta a un narcisismo que no amortiguaba ni su estridente tendencia al histrionismo.

Por aquel entonces se declaraba indiferente a la religión, favorable al aborto y a la creación de un Estado palestino y contrario a la guerra de Irak.

Existe una curiosa coincidencia entre demócratas, republicanos e independientes, de que la auténtica motivación inicial para la candidatura de Trump a la presidencia de Estados Unidos fue simplemente una boutade, un movimiento vinculado al noble arte del autobombo, un ataque de notoriedad, y que lo que siguió fue una inquietante combinación de factores que demostró que el millonario domina de forma escalofriante la retórica del populismo. Cuando algunos se rieron de su delirante propuesta de erigir un muro entre Estados Unidos y México, otros empezaron a pensar que no era tan mala idea. Tampoco dudó en priorizar a los blancos, los ricos o los extremistas religiosos, quitándole electorado al propio Ted Cruz, un fanático con el carisma de un perchero al que barrió del mapa con un golpe de tupé.

Cuando el Partido Republicano quiso darse cuenta habían creado un monstruo mucho peor que la propia Sarah Palin, que —obviamente— fue una de las primeras figuras republicanas en mostrarle su apoyo. Ya era demasiado tarde.

Trump se merendó también al mismísimo (Jeb) Bush, abusó de periodistas y colegas y mintió hasta sobre su pelo, tan auténtico como él mismo: los trasplantes se los hace una empresa instalada en los cuarteles generales de Trump en Manhattan.

Después empezó su auténtica campaña. Nada de musulmanes entrando en Estados Unidos (hace unos días dijo que también habría restricciones para ciudadanos franceses y alemanes), nada de ayudar a países que pudieran ser atacados por Rusia (Trump no reconoce la autoridad de la OTAN y exige un aumento del 55% en defensa a sus socios europeos a pesar de que ello sigue sin garantizar su compromiso), nada de parar las emisiones de carbón («el carbón no es nocivo para el medio ambiente», dijo el candidato). Además, ahora se manifiesta totalmente contrario al aborto, no recuerda nada de Palestina, es profundamente religioso y dice haberse equivocado en su posición contraria a la guerra de Irak. De hecho, cuando en 60 minutes y en una entrevista compartida con su compañero de ticket (tal y como se conoce en el argot político a la pareja que forman los aspirantes a presidente y vicepresidente) y candidato a la vicepresidencia de Estados Unidos, Mike Pence, le preguntaron por ello, respondió: «Yo puedo equivocarme». «¿Y Hillary?», le dijo la periodista. «No, ella no», contestó Trump.

Pence es —precisamente— un ejemplo de las dificultades de Trump para encontrar un compañero a su altura. Este senador por Indiana, conocido por afirmar que el tabaco no mata, que la tierra tiene cinco mil años de antigüedad o que hombre y dinosaurio convivieron (en eso coincide con un 41% de sus compatriotas, según un estudio de 2015), es un pelele de tal tamaño que la campaña de Trump ha empezado a evitar que aparezcan juntos, ya que como se pudo ver en el citado 60 minutes Pence es incapaz de manejar opiniones propias.

La paradoja del efecto Trump es que en unas elecciones donde se contaba con un electorado totalmente desmovilizado, la maquinaria demócrata ha conseguido aunar a todos tras la peor candidata del partido en décadas: una funcionaria de clase alta que ha mentido sistemáticamente al FBI y a pesar de ello ha sido exonerada al considerar que su actitud no puso en peligro la seguridad nacional.

En una campaña desmadejada y controlada por Trump de un modo caricaturesco (se ha repetido al menos en media docena de ocasiones el proceso de negar una información, a continuación confirmarla, para veinticuatro horas después volver a negarla y poco después matizar la negación; el ejemplo más claro fue el discurso plagiado de su tercera esposa, Melania Trump, cuyos platos rotos pagó una de las escritoras del equipo del candidato), el electorado parece haberse polarizado de un modo cristalino: votar al menor de los males.

En lo que coinciden todos los expertos es en la habilidad del millonario para desplazar las líneas rojas sin que eso parezca afectar a su candidatura. Al principio de su campaña, en un acto electoral en Ames (Iowa), calificó al excandidato a la presidencia, John McCain, de «perdedor» y lamentó haber invertido más de un millón de dólares en la campana de este. Cuando el presentador, Frank Luntz, le recordó que McCain es «un héroe de guerra» (el senador fue apresado en Vietnam y torturado por el Vietcong), Trump respondió: «No es ningún héroe de guerra. Le cogieron y solo por eso le llaman así. Yo prefiero a los que no cogen». Cualquier otro candidato hubiera sido descalificado de inmediato, pero pocos alzaron la voz contra Trump, y ni siquiera le pasó factura en las encuestas.

Hace tan solo unos días el magnate pidió a Rusia que siguiera rastreando los correos electrónicos de su contrincante, Hillary Clinton, víctima hace unos días de un hackeo masivo (se habla de más de treinta mil documentos) detrás del cual podrían encontrarse los servicios secretos rusos. Si bien es cierto que se ha obviado la primera parte del discurso del candidato, en la que enfatizaba lo malo que era para el país que una potencia extranjera pudiera inmiscuirse en la política estadounidense, no lo es menos que no existe forma humana de descontextualizar esa segunda parte, donde el millonario animaba a los rusos a seguir desvelando secretos de estado.

Para acabar de arreglarlo, Trump decía en una entrevista que no conocía a Putin, que no lo había visto en su vida, a pesar de que tal y como recordaba James Taranto en el Wall Street Journal (no precisamente un bastión del Partido Demócrata), el amo y señor de Rusia y el propio Trump se han encontrado en varias ocasiones y al menos en una de ellas con cámaras de por medio.

La amnesia del candidato parece no importar a sus fans, entre los que se encuentran prominentes figuras republicanas como Chris Christie o Newt Gringich. Sin embargo los grandes popes del partido permanecen silentes, y algunos ni siquiera disimulan su desprecio por Trump, un tipo que ha canibalizado, dividido y estigmatizado al Grand Old Party de un modo grotesco.

Hace tan solo unas semanas, la web de propaganda del Gobierno norcoreano DPRK Today aconsejaba a los estadounidenses votar a Donald Trump, «un hombre sabio», según informaba la agencia Reuters. Lo mismo puede decirse de medios rusos vinculados a la disciplina del Kremlin, para los que Trump sería el candidato perfecto. Seguramente sea la promesa política de aislacionismo que promete el de Queens, muy semejante a aquella que propugnaba Charles Lindbergh en los años cuarenta y que consiste en imitar a los monos de Confucio, evitando a Estados Unidos la responsabilidad de tomar cualquier decisión fuera de sus fronteras, la que ha hecho que países tradicionalmente enemistados con la primera potencia mundial ahora vean con simpatía a uno de sus candidatos a la presidencia.

Cuando se escriben estas líneas y como demostración de la invulnerabilidad del candidato en términos políticos, Trump cargaba contra los padres de un soldado estadounidense muerto en combate en Irak. ¿El problema? Doble. Por una parte el soldado era musulmán; por otra, los padres del mismo aparecieron en la convención demócrata atacando con fiereza las políticas de Trump.

Este, incapaz de guardar silencio, contestaba indicando que si el discurso en la convención lo pronunció el padre del soldado, Khizr Khan, era porque la madre, al ser musulmana, no estaba autorizada a hablar.

En realidad ella, Ghazala Khan, había dado un buen número de entrevistas (al menos una de ellas en televisión, a la cadena MSNBC) y advirtió que no hablaría en el summit demócrata porque se encontraba demasiado emocionada para hacerlo. Cuando en un programa en directo de la televisión ABC cuestionaron al millonario por su derecho a hablar de alguien que había realizado el sacrificio máximo por la patria, este respondió airado que él también había realizado «numerosos sacrificios y levantado muchos edificios». Para acabar de enrarecer el ambiente, la mano derecha de Trump, Roger Stone, declaró que «Khizr Khan es un terrorista» y escribía un tuit enlazando un artículo de un página web de extrema derecha en el que se acusaba al capitán Humayun Khan (al que se confirió el corazón púrpura, la más alta condecoración concedida en combate) de preparar atentados terroristas contra Estados Unidos.

Una vez más, solo algunos republicanos saltaron a la arena para contradecir a Trump, entre ellos Paul Ryan o el muy notorio John Kasich, gobernador de Ohio: «Solo deberíamos hablar de estos padres con honor y respeto», decía. El resto del aparato del partido (en el que militaron personas tan ilustres como Abraham Lincoln o Thomas Jefferson) permanecía callado, incapaz de meter en vereda a un tipo que hace unos meses declaró: «Podría irme a la Quinta Avenida, matar a un montón de gente, y seguirían votándome».

Cuando se escriben estas líneas, Donald Trump acaba de declarar que «Hillary Clinton es el diablo» y ha insultado al cuerpo de bomberos en dos ciudades distintas. En la primera de ellas, en Colorado Springs y después de que dos bomberos consiguieran rescatarle del ascensor en el que había quedado atrapado, declaró que los funcionarios del citado departamento eran «probablemente amigos de Hillary» y les culpó de que miles de personas no hubieran podido entrar a su mitin por problemas de aforo: «¿Quiénes son estos tipos para decidir cuántas personas pueden entrar en un local a verme?», se preguntaba. Dos días después, en Columbus, repetía el mismo discurso: «Es absurdo que solo puedan verme mil personas cuando en este edificio caben cuatro, cinco o seis mil. Los han dejado fuera por razones políticas». Unos minutos después el departamento de bomberos de la ciudad emitía una escueta nota en la que decía «la campaña de Donald Trump se reunió hace cuatro días con este departamento y ambos acordaron en limitar el aforo a mil personas».

Donald J. Trump puede ser un sociópata, un ególatra y un narcisista. Del mismo modo, es muy posible que su único ideología sea su propio beneficio (en una ocasión una periodista le preguntó al poderosísimo John Rockefeller «¿cuánto dinero es suficiente?». «Solo un poquito más», contestó él) y que una vez llegado a la presidencia, lo cual tiene visos de convertirse en una realidad en pocos meses, se dedique a perseguir sus intereses, dejando al país en manos más sabias. La otra, la de que un tipo que pierde los nervios por un tuit, reciba los mandos del país con el ejercito más poderoso del mundo, es una de esas hipótesis que le recuerdan a uno la fragilidad del equilibrio mundial y cómo este puede venirse abajo en cuestión de segundos. Todo dependerá del electorado americano, que parece agotado y al que pueden aplicarse las palabras del malogrado David Foster Wallace: «Cansado de esa forma en que solo se cansan las democracias».

Republican U.S. Presidential nominee Donald Trump attends a campaign event at Cumberland Valley High School in Mechanicsburg, Pennsylvania August 1, 2016. REUTERS/Eric ThayerCODE: X02070
Pelazo. Fotografía: Cordon Press.


No hay comentarios:

Publicar un comentario