miércoles, 6 de julio de 2016

Rachel y el agua

Gusano gordiano saliendo del abdomen de un grillo. Foto: Gilles San Martin (CC)
Gusano gordiano saliendo del abdomen de un grillo. Foto: Gilles San Martin (CC)
 Los pies de Rachel tocaron la arena húmeda. Hundió sus dedos en la tierra marrón y fría. El lago era grande, cercado por un frondoso bosque de tonos pardos y rojizos. El agua estaba tranquila, de color azul oscuro. El olor a barro, a otoño, a hojarasca y a musgo la envolvía. Dio un paso y sintió el agua fría. Deseaba meterse en ella, comenzó a quitarse la ropa y la dejó descuidada en la orilla. No había traído el bañador, de todas formas deseaba nadar.

Había sido un mes atroz. Mucho estrés, muchas visitas a oficinas, ruidos de teléfono y comidas de reunión. Entre tanto ajetreo se aficionó a las ensaladas para llevar, las que vendían en un local cercano al trabajo. Aquellas verduras eran frescas y sabrosas, realmente parecía verdad que provenían del campo. De algún lugar muy alejado de la gris, contaminada y ajetreada ciudad. Bien lejos, como ella se encontraba ahora.

Se adentró, el frío acarició sus piernas. Se le puso piel de gallina cuando una brisa helada bajó de las montañas, como si no quisiera que entrase. La retó dando un paso y otro más, avanzó decidida. Inspiró fuerte, el agua le llegaba a la barriga y se le encogió. Había comenzado a tiritar, pero al tocar el lago con las manos volvió a sentir el deseo. Se zambulló y al salir dejó escapar el aliento con un grito. Nadó hacia el interior del lago. Con cada brazada que daba temblaba más. Se detuvo un instante, aún hacía pie. Miró a su alrededor, aquello era realmente hermoso, con esos árboles meciéndose y el cielo tan azul. Siguió nadando, más al interior, con cada brazada tomaba una gran bocanada de aire. Finalmente se detuvo exhausta y con los labios morados.

Comprobó que no hacía pie, tiritaba mucho. Tal vez debía volver, pero aún tenía ganas de permanecer en el agua. Entonces sintió un malestar en la boca del estómago, náuseas y se le escapó un eructo. Cuando quiso reanudar le sobrevino una arcada y vomitó el desayuno que había tomado en la mañana. Sorprendida, intentó recuperar el aliento antes de volver a nadar. Una nueva arcada la detuvo, intentó contenerla pero fue imposible. Esta vez no echó comida, pero algo alargado, de tacto liso e insípido había llegado a su boca. Confusa se llevó las manos a la boca. ¿Aquella cosa se movía?

Pudo cogerlo y tirar de él. Sintió que se deslizaba por su garganta. Sí, se movía, estaba vivo. Alcanzó a verlo, alargado, del grosor de un rotulador, blanquecino y con tonos pardos. Consiguió sacarlo por completo y se le deslizó entre las manos, nadando hacía la profundidad del lago. Asustada, se precipitó hacia la orilla, ¡qué lejos estaba!

Sintió una punzada en el estómago, una opresión en el pecho y volvió a vomitar. El ácido del estómago le quemaba la garganta y la boca. Dios santo, ¿cuántas de aquellas cosas habían brotado? Una de ellas se le deslizaba por la barbilla. Intentaba sacárselas cuando le sobrevino otra arcada. ¿Cuántas se había sacado? ¿Cinco, siete o diez? Era imposible que cerrase la boca, las piernas le cedían por el cansancio y las manos estaban cubiertas de esos gusanos que se escurrían. Comenzó a sentir el ardor en los pulmones, le faltaba el aire, lo único que conseguía tragar era agua. Los miembros se le entumecieron, la vista se volvió borrosa y el oxígeno no llegaba. Ya no vomitaba, ellas salían solas. Ya no nadaba, se hundía, el lago la engullía. Mientras sus pulmones se llenaban de agua, lo último que sintió fue el roce de una de aquellas cosas en sus labios.


Este relato está inspirado en un parásito real. Aunque, por fortuna, los humanos no debemos temer por ellos. Si fueses un insecto, entonces deberías preocuparte. Nos estamos refiriendo a los nematomorfos, uno de esos grupos taxonómicos (en concreto un filo) con forma de gusano. Estos parásitos llamaron poco la atención de los naturalistas y científicos, por lo que son un grupo poco conocido. Su nombre común, crin de caballo, nos los describe bastante bien: alargados, delgados y de colores blanquecinos o pardos.

El otro nombre común que reciben es el de gusanos gordianos. Los nematomorfos adultos gustan de vivir en el agua, y su único objetivo es reproducirse. ¿Comer? Eso no es para ellos. En charcas, ríos o lagos de casi cualquier parte del mundo (exceptuando la Antártida) podríamos encontrar ejemplares machos nadando e inspeccionando cada rincón en busca de una hembra. Cuando la encuentran corren a enroscarse en el extremo posterior de ella, donde está su aparato reproductor. De manera que crean una bola que asemeja un nudo. Este aspecto inspiró a Linneo, que nombró a uno de estos gusanos como Gordius aquaticus en la décima edición de su famoso Systema Naturae. Y es que aquella bola de gusanos le recordó al nudo gordiano del que hablaban los griegos.

Aunque lo realmente interesante de los nematomorfos es su infancia y juventud. Sigamos con el nudo gordiano. Tras la cópula, los machos morirán y las hembras irán en busca de una planta bajo el agua. En ella dejarán madurando unos diez mil huevos, que quedarán a la espera de una ingenua larva de insecto que se los coma por error. Si la víctima tarda en llegar, los huevos tienen la capacidad de resistir condiciones de sequedad. La desafortunada Rachel bien se podría haber infectado al comer aquellas ricas ensaladas, regadas con el agua equivocada. Recordemos el caso de los pepinos españoles y las infecciones por E. coli. O tal vez bebió agua contaminada. Esta es la vía de la que se sirve el gusano de Guinea (Dracunculus medinensis). Y este nematodo, un filo primo hermano de los nematomorfos, sí infecta a humanos.

Dracunculus medinensis siendo extraído a través de la piel. Foto: Public Health Image Library (CC)
Dracunculus medinensis siendo extraído a través de la piel. Foto: Public Health Image Library (CC)
 Una vez dentro de sus víctimas, los huevos eclosionan y empieza la carrera por crecer. Un momento, ¿y si el huésped no es el adecuado? Los gusanos gordianos están especializados en parasitar insectos, sobre todo ortópteros (grillos y saltamontes). En el caso de las especies marinas, que también las hay, los crustáceos son sus objetivos. Así que, ¿qué pasa si el que se come la lechuga es un caracol? La solución es un quiste. Otra vez a esperar. En algún momento el caracol morirá o alguien se lo comerá, y nuestro gusano acabará en la tripa de un insecto.

El nematomorfo crecerá dentro del desprevenido huésped hasta que toque la hora de cerrar el ciclo, de reproducirse. Entonces es cuando viene la parte de terror.

El gusano no saldrá del pecho del insecto cual alien. Ya hemos comentado que a los adultos les gusta cortejarse en el medio acuático. Así que tiene que convencer a su víctima para que vaya a buscar agua. Un lago bonito donde nadar, por ejemplo.

No se conocen con exactitud los detalles bioquímicos de este proceso, aunque la ciencia ha empezado a vislumbrar el misterio. Parece ser que una de las claves se encuentra en el control de las hormonas del insecto. El parásito hackea el sistema hormonal haciendo que su víctima pierda agua. Con la boca seca, siente la irremediable necesidad de echar un trago. Pero claro, los insectos gustan de hacer otras cosas que podrían dar al traste con el plan. Por ejemplo, los grillos tocan serenatas para cortejarse y eso también atrae a sus depredadores. Sería un fastidio que la víctima acabase siendo la cena de otro. Así que otra de las vías bioquímicas que usa el nematomorfo es el hackeo o más bien destrozo del sistema nervioso. Segregará una serie de proteínas que activarán en las neuronas del insecto la muerte celular programada (la llamada apoptosis), de forma que anulan ciertas funciones del sistema nervioso. Si os parece sorprendente este cóctel bioquímico, pensad que el virus de la rabia (con solo cinco genes en su arsenal) hace que los humanos nos dediquemos a morder y repudiar el agua.

Así que ya ha conseguido que el pobre grillo busque el agua. Pero un sorbo en la orilla de la charca no le vale. El gusano necesita entrar en el agua, así que hará que salte dentro de ella. Cuando ya está chapoteando, el parásito comienza a salir (por el ano) y abandona al insecto, que en la mayoría de los casos morirá ahogado. La salida no es inmediata, sino que llevará un tiempo, ya que del desgraciado grillo (de apenas unos tres o cuatro centímetros) debe salir un parásito que puede llegar a medir entre treinta y cincuenta centímetros de largo y apenas tres milímetros de diámetro. O hasta dos metros de largo, como se han documentado en algunos casos en la especie Gordius fulgur. La evolución, que tiene un máster en empaquetamiento.

Una vez fuera, el parásito nadará hasta buscar a su pareja, dejando atrás al artrópodo ahogado. No lo juzguéis, es su forma de vida. Como diría la bióloga Amelia Brand, encarnada por Anne Hathaway en Interestelar, cuando le preguntan si cree que la naturaleza puede ser malvada: «No. Imponente, aterradora, pero malvada, no. ¿Es un león malvado porque haga trizas a una gacela?».


Fuente: http://www.jotdown.es/2016/07/rachel-y-el-agua/

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