sábado, 7 de noviembre de 2015

Oporto


Los aeropuertos dicen mucho de las ciudades en las que están ubicados. El de Oporto lleva el nombre de un señor muerto en accidente aéreo. Aeropuerto Francisco de Sá Carneiro. Ponerle al aeropuerto el nombre de un caballero que se mató tras precipitarse su avión al suelo, apunta maneras sobre las cualidades que tiene Oporto para compatibilizar la perenne sensación de ocaso con un evidente espíritu trasgresor.

Sá Carneiro se convirtió en primer ministro de Portugal al tercer día de 1980. Era de Oporto, cuestión que guarda una significación importante en un contexto de competencia eterna entre tripeiros y lisboetas. Oporto se sentía y todavía se siente discriminada por la capital, e instalar allí a uno de sus hombres, en la sala de operaciones del país, tenía un retumbo especial. Suponía darle un ligero bastonazo al centralismo.

Pero Sá Carneiro apenas duró once meses. Una brevedad habitual en los gobiernos portugueses de la época, con ocho primeros ministros en el periodo 1976-1985. A Sá Carneiro le dio tiempo a invitar a Adolfo Suárez a unas vacaciones de agosto de las que Suárez acabó exhausto. En aquellos días confraternizaron, se dieron apoyo político y Adolfo Suárez confesó a los corresponsales que aunque le apetecía descansar y tener más tiempo libre, haría como Adenauer y tardaría muchísimo en retirarse. Solo cinco meses después Suárez dimitía para siempre. Mes y medio antes, Sá Carneiro se estrellaba y moría.

Simbólicamente, el avión al que se subió Sá Carneiro la noche del 4 de diciembre de 1980 debía trasladar al primer ministro desde Lisboa hasta Oporto. Nunca llegó. El trayecto se limitó a veintiséis segundos. El avión bimotor Cessna 421 se incendió y chocó contra un edificio de Camarate, al norte de Lisboa. Murió Sá Carneiro, su novia danesa, su ministro de defensa y cinco personas más. Las especulaciones sobre las causas del suceso no dejan de salpicar al país de tanto en tanto. La más reciente, emitida por el comité de peritos con una celeridad de dos décadas y media, sentenció que aquello en realidad fue un sabotaje.

La ciudad en la que se aterriza por el aeropuerto Sá Caneiro ha ido creciendo como crecen los ancianos a los que se les agigantan muchísimo las orejas y la nariz, pero el cuerpo se les encoge. La masa central de Oporto se ha empequeñecido a costa de ver como a su alrededor aparecían protuberancias cada vez más crecidas (Gondomar, Vila Nova de Gaia, Matosinhos, Maia, Póvoa de Varzim), trepando por las colinas, en un fluir urbano difuso como en pocas regiones europeas. Censo tras censo tiene doscientos mil habitantes, pero en la realidad, atendiendo al continuo urbano, tiene ya cerca de dos millones.

Sus visitadores han construido la imagen de Oporto a base de injertos. Parte de su tejido es en apariencia sórdidamente napolitano, con elementos como ‘La Banda de Ribeira’, formada por matones y liderada por Bruno Pidá, ex guardaespaldas del presidente del Oporto. Pidá fue dueño de la noche, pero desde 2010 está condenado a treinta años de cárcel.

Los genes de la ciudad han estado por tradición zambullidos en el obrerismo más combativo, garantía de conflicto en los Primeros de Mayo. En el de 1982, la policía fulminó a balazos a un par de trabajadores de 18 y 24 años.

Otros fragmentos de su aspecto están tratados con un ligero barniz inglés. Con la forma certera del extranjero que viene de afuera para quedarse dentro, el escritor Antonio Tabucchi (traductor de Pessoa y portugués de adopción) explicó que Oporto era “misteriosa, británica y algo gótica, más adecuada para una historia policíaca”, a diferencia de Lisboa, “blanca, luminosa y un poco perezosa, tal vez”. Por eso una de sus novelas más negras de Tabucchi, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, se aloja en Oporto, y comienza con un gitano encontrándose un cuerpo decapitado a orillas del Duero. Quizá también por este halo de misterio gótico, el ex director general de la Guardia Civil Luis Roldán se refugió aquí en su primera etapa como prófugo.

Pero el Distrito de Oporto ha iniciado otra fase de su vida. El estigma de llanto y la consternación casi ‘emo’ que definía a la ciudad va desprendiéndose (o más bien maquillándose) poco a poco. A pesar de la depresión ibérica, las noticias en esta urbe acumulativa del Duero no son tan pésimas como podría esperarse. Ha comenzado a recibir turistas a un nivel insospechado, en contraste con lo que sucedía hace tan solo unos años, cuando los únicos que se acercaban iban huyendo de alguien.
Sus parámetros estéticos han volteado tenuemente. El área inmediata a la calle Miguel Bombarda, emponzoñada hace nada, es ahora el ‘Quarteirão das Artes’, colmada de galerías y locales de ocio. El cais de Ribeira, muelle con restos portuarios estancados, ha mutado en una bonita fachada ante el Duero, idónea para nutrir al turista ‘Instagram’. Por la avenida de Boavista, se estira la ciudad hacia el oeste en ensanche, acogiendo algunos edificios de Álvaro Siza y Eduardo Souto de Moura. Ambos ganadores del Pritzke, los galardones de mayor reconocimiento arquitectónico.

Como rescoldos de una ciudad ya arramblada, permanecen inmutables el Mercado do Bolhão, de una vejez mal llevada, donde lo más nuevo son los pósters descoloridos de un Vitor Baia todavía sin canas; y el cementerio de Agramonte, recluido entre modernos edificios y un poco más tétrico y enorme que la mayoría de cementerios.

Uno de los panteones del cementerio de Agramonte pertenece a los Pinto da Costa, clan familiar del que forma parte Jorge Nuno Pinto da Costa, presidente del Oporto. Él es el tránsito entre la antigua y la vieja ciudad. El tótem que encarna en el mismo cuerpo los buenos negocios y la falta de escrúpulos, al santo redentor y al despiadado demonio. A veces apodado Pinto Corleone, exhibe su vida de frenéticos cambios conyugales; protagoniza encanadas polémicas y chapotea entre las acusaciones por el caso ‘Silbato dorado’; gestiona el club de fútbol con alma de prestidigitador, obteniendo plusvalías inimaginables por sus jugadores; pero sobre todo, Pinto da Costa azuza a la sociedad local.

En 1994 el gobierno portugués reclama al Oporto millones de escudos por descubiertos fiscales. El hombre que todo lo puede declara insurrecto: “esto no es más que un punto de partida. El pueblo puede ver cómo se trata al norte de Portugal”. Su adlátere Luis Gonçalves denuncia el trato discriminatorio que Lisboa le dedica a Oporto: “la provincia tiene que contribuir para que Lisboa siga viviendo a costa de otros”. Pinto da Costa acompaña sus declaraciones con una amenaza: creará el movimiento Forza Porto, emulando a Berlusconi. Una mala señal para el gobierno central, que finalmente, como si nada hubiera ocurrido, condona las deudas al Oporto. A cambio, Pinto Da Costa desestima la creación de Forza Porto.

En 2007, Carolina Salgado, entonces la mujer de Pinto Da Costa, publica la autobiografía Yo, Carolina en la que denuncia la compra continuada de partidos, el gusto de Pinto por regalar los servicios de prostitutas a los árbitros, y el rol de patrón que ejerce con la dirección de la liga portuguesa. Las confesiones de Carolina Salgado sirven para que se reabra la operación ‘Silbato Dorado’.

Pinto Da Costa vuelve a reaccionar proclamando que se trata de una jugarreta de Lisboa para hacer claudicar al norte. Mientras tanto, se casa con la que fue su segunda esposa y su segundo divorcio, Filomena Morais. Se vuelve a divorciar otra vez de ella para casarse hace un mes con Fernanda Miranda, una brasileña 48 años más joven. Propaga también el rumor de que su antiguo entrenador, Mourinho, torpedea a André Villas-Boas en el Chelsea. Y continúa ganando fortunas y títulos con el equipo, acompañado por el verdadero artífice de la profesionalización de la sociedad, el corredor de bolsa Angelino Ferreira. Y a la sombra de todo, Jorge Mendes. Un chico que con veinte años montó un videoclub llamado Samui Vídeos y ahora, en su agencia Gestifute, domina gran parte de los negocios del fútbol mundial desde sus oficinas en la avenida Boavista de Oporto, próximas al cementerio de Agramonte. Para él no existen diferencias entre Lisboa y Oporto. Controla ambas ciudades.

Soflamas interesadas al margen, la desigualdad Lisboa-Oporto es incuestionable. Oporto, a pesar de haber sido históricamente la región locomotora del país, sostiene los peores indicadores económicos. Las pasiones contra Lisboa han rebrotado con el desmoronamiento de Portugal a los pies de la troika.

Lisboa y Oporto también compiten por ver cuál de las dos urbes acumula más edificios degradados. Una competición que se decide por estrechos márgenes a favor de la segunda.

Oporto es una ciudad entrañable a pesar de su ancianidad estética, de su pasado doliente y de tener un aeropuerto con el nombre de un señor que se mató en el avión. Es como un viejo artefacto encallado siempre a punto de volver a despegar.




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