sábado, 26 de septiembre de 2015

Defensa apasionada (y razonada) de nuestras lenguas minoritarias

Foto: Certo Xornal (CC)

Leo por ahí que «como instrumentos de comunicación, entre francés y catalán no hay color». Ajá. O sea, que hay idiomas de primera y de segunda. Que un idioma no es per se un instrumento de comunicación y cultura o que uno es más y mejor instrumento de comunicación que otro. Que no todas las lenguas tienen intrínsecamente el mismo valor. Y eso, permítaseme la pregunta, ¿en virtud de qué? ¿De su número de hablantes? ¿De algún tipo de supuesta superioridad lingüística, ética o estética? Ya puestos, que se diga abiertamente, sin vergüenza, ambages ni diplomacia: porque uno representa a una comunidad económicamente más fuerte que otra; porque uno ofrece mayores y más jugosas oportunidades de negocio gracias a su expansión geográfica y posición geoestratégica y al producto interior bruto de su Estado; porque uno tiene mayor prestigio social que otro gracias al aparato estatal y mediático que tiene detrás. Pero que no lo disfracen bajo milongas pseudointelectuales relativas a la utilidad y eficiencia comunicativa.

No busque el lector contenido político alguno en la defensa que intento hacer de las lenguas peninsulares minoritarias, no, de ninguna manera. Todos mis argumentos son lingüísticos y culturales emitidos desde la tolerancia del vive y deja vivir, desde la autoidentificación sin exclusiones y desde el respeto a la singularidad y la diferencia. Y alguno que otro será sentimental. Sin embargo, los prejuicios contra estos idiomas periféricos sí podrían etiquetarse con mucha frecuencia como xenófobos, por cimentarse implícita o explícitamente en la asunción de que hay unas lenguas superiores a otras. Hablamos, digámoslo claramente, de racismo aplicado a las lenguas y, por extensión, a sus hablantes. Los ataques y desprecios al gallego, catalán, vasco y otras lenguas minoritarias suelen proceder de la ignorancia monolingüista nutrida de estereotipos simplones y mezquinos, incomoda si a su alrededor se habla una lengua que no sea la suya. Pero para entronizar al idioma propio —que muy afortunadamente no precisa defensa alguna, todo sea dicho— esas voces no necesitan hacerlo a costa de desconsiderar o desprestigiar ya no a la lengua ajena sino, de manera indirecta, a sus hablantes. Parece como si, para defender lo propio, algunos, en una artimaña de jibarismo mental, necesitasen poner en cuestión la importancia de lo ajeno.

Un idioma —cualquier idioma— es embajador y cauce de una civilización y transmite una sabiduría y una forma de vida; constituye un universo, patrimonio y seña de identidad. Y nunca el aprendizaje y el cultivo de uno puede servir de excusa para el desprecio, el abandono o el maltrato a otro. Rebajar un idioma es despreciar al hombre y atacar al humanismo. Porque, para esos que preguntan con altanería y chovinismo «¿y para qué sirven el gallego, el catalán o el vasco? ¿Qué necesidad hay de aprenderlos?», la respuesta es «para entendernos: este mi idioma, estos nuestros idiomas, sirven para entendernos y para describir y catalogar nuestro mundo», porque nuestras lenguas «minoritarias» que algunos tanto desprecian no son solo riqueza cultural, material e inmaterial, sino patrimonio natural: son parte de nuestra biología, de nuestro ecosistema, tanto como los helechos, los robles, como el tomillo y la genista, o como los gavilanes, las focas monje, los linces y las lampreas. Y porque su defensa constituye, mal que les pese a los reduccionistas de la internacionalización, la competitividad y el utilitarismo mal entendidos, toda una apertura de miras: la elegancia, la imaginación, la capacidad de análisis, reflexión y expresión, o la sensibilidad, el amor y la solidaridad no son patrimonio exclusivo de determinados idiomas ni mucho menos. Aquellos que consideran que no solo no resulta útil el aprendizaje y el uso de determinado idioma, sino que constituye toda una pérdida de tiempo, fondos y recursos, se mueven únicamente por la ambición de conseguir réditos materiales inmediatos y olvidan, muchas veces con malicia, que cualquier lengua, de un modo u otro, nutre una forma de vida.

Aprender es amar. Conocer es amar. Cuantos más idiomas conozcamos, más capacidades cognitivas tendremos, más perspectivas de vida manejaremos, disfrutaremos de más puntos de vista y de mayor flexibilidad y agilidad mental; por no mencionar que, como parecen indicar estudios científicos recientes, es el aprendizaje de idiomas un potente agente antienvejecimiento y de salud mental: las personas capaces de desenvolverse en más de una lengua no tienen inmunidad al alzhéimer, pero sí lo desarrollan de forma más tardía, y la demencia senil empieza a afectar a los hablantes monolingües un promedio de 4,5 años antes que a los políglotas.

Y a esos otros osados —es aquí más cierto que nunca aquel dicho que reza que la ignorancia es muy atrevida— que, alegando sentido común, mantienen desinformada y sesgadamente que determinadas disciplinas y asuntos no se pueden tratar desde ciertos idiomas, que algunos contenidos solo pueden ser transmitidos por lenguas eficaces y eficientes —entiéndaseme la ironía, por favor—, solo les podemos decir que cualquier idioma es exactamente igual de válido como vehículo de divulgación, y sí, también de comunicación científica. Tal vez el gallego, el catalán o el vasco no sean empleados para las comunicaciones ni publicaciones científicas a nivel universitario y profesional pero, desde luego, perdonen el desengaño al que les voy a someter, tampoco lo es el español. Hace muchos lustros que la lengua franca de la ciencia es el inglés y el idioma español no está, ni mucho menos, en disposición de disputarle ese privilegio.

Habría que verles las caras a aquellos miopes egocéntricos cortoplacistas, de horizontes mentales, espaciales y temporales limitados, que desprecian el aprendizaje del gallego, del vasco o del catalán por su supuesta inutilidad o poco provecho si supieran que Nicholas Beauzée en su día mantuvo que «si alguna vez el latín dejara de ser el idioma común de los sabios europeos, la lengua francesa deberá tener el honor de la preferencia». No, amigos, Beauzée no escogió el español… porque no tenía categoría suficiente. Menuda visión tecnocrática.

Si me dan a elegir qué idioma prefiero para mis hijos, escogeré el que retrate y describa nuestro mundo, el idioma que me dejó mi abuela. Sí, soy egocentrista, lo admito, pero ¿por qué mi egocentrismo es peor que el tuyo? ¿Porque tu idioma tiene más hablantes? ¿Porque la mía es una lengua sin Estado? ¿Porque no se emplea para la comunicación internacional?

¿Cuál es el mejor método para conservar nuestras lenguas minoritarias, para que no perdamos esta riqueza común? Sin duda, aprenderlas, utilizarlas, cultivarlas, mimarlas con la misma preocupación ecológica que a las especias protegidas o en peligro de extinción, difundirlas y prestigiarlas en todos los ámbitos y por todos los medios posibles pero, sobre todo, transmitirlas con amor a los que vienen detrás de nosotros.

Paradójicamente, los ataques y desprecios a gallego, vasco y catalán suelen llegar desde sectores que, en contradicción total con su nombre, se autodenominan conservadores: ¿no deberían ser estos —precisamente en virtud de su denominación— los primeros interesados en mantener encendida con brío la llama de esta riqueza? Estos ataques, además de ignorantes, no dejan de ser reveladores de una falta de altura de miras, de un reduccionismo empobrecedor y de un egocentrismo muy próximo a la xenofobia, totalmente alejado del «Homo sum, humani nihil a me alienum puto» de Terencio.


Fuente: http://www.jotdown.es/2015/09/defensa-apasionada-y-razonada-de-nuestras-lenguas-minoritarias/

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