sábado, 12 de septiembre de 2015

A las locas, y locos, del coño

...verás, a mí me pone muy cachonda la bondad
me recuerda a esa gente
que ya lleva el piti en la mano
quince pasos antes de salir del metro...
 
Juana la coja
 
Le baiser de l’hôtel de ville, de Robert Doisneau. Cortesía de Life.
 
Entre el cielo y el suelo hay algo.

Existe una especie de hormiga, Camponotus saundersi, que cuando se siente en peligro explota, literalmente, pum, esparciendo un ácido que acaba con todo lo que le rodea; como nosotros nos creemos en derecho cuando sufrimos. Incubados en las recónditas artes de ser poetas y cantautores pensamos que todos ellos están terriblemente heridos de muerte y que ninguno tanto como uno mismo.

Pero la hormiga es más espabilada, la hormiga no escucha «Quién me ha robado el mes de abril» de Joaquín Sabina y aprende a tocar la guitarra para sentir más, si cabe, que en «Wish you were here» ella es muy David Gilmour y muy Waters, pero sobre todo muy Syd Barrett; a la hormiga se la sopla huracanadamente.

La hormiga no esperará a que sea demasiado tarde para decirles a sus hijos que las canciones no siempre son verdad. Que Adele publicó «Someone like you» en marzo de 2011 y a principios de 2012 se la vio salir con Simon Konecki. Que Rafa Pons tuvo un hijo. Que Álex Ubago fue feliz. ¡Pero, tía!

La hormiga no leerá a escondidas resignada y algo excitada novela erótica y a sus crías antes de acostarles Romeo y Julieta con un título conciso en inglés como «The most excellent and lamentable tragedie of Romeo and Juliet». La hormiga no interiorizará como la mayor historia de amor una en la que muere hasta el apuntador. La hormiga intuye, desde el agujero, que el amor no puede terminar mal, porque si es amor no terminaría.

Apuesto a que hay más magia en los hospitales que en el cine americano. Apuesto a que Truman Capote supo ver la sangre caliente de un asesino. Apuesto a que también, alguna vez, alguien que te rodea. Apuesto a que tú. Apuesto a que Perry Smith le hacía tilín.

La hormiga es más pragmática que rociera, la hormiga no mira la foto del beso en parís de Robert Doisneau y murmura con rabia que por qué ella no. La hormiga no proyecta sus frustraciones, sus traumas y su logo de Batman en otros. La hormiga no es un rollo almodovaresco para levantarse cada mañana. La hormiga no es un putón de la supervivencia. Nosotros pisamos como veinte o treinta al encadenarnos simbólicamente a un árbol en pro de la naturaleza. Quizás llamar a alguien animal no sea un insulto, as usual. Ningún perro sin su abrigo este invierno pero cuantísima violencia, y papel higiénico, derrochamos para aplastar vilmente ese insecto indefenso que encontramos por casa con una cara como de aprobación obscena, de aquí estoy yo.

Clarence Leuba, un profesor de psicología de la universidad de Ohio en los años treinta dijo que la risa no era innata, que se aprendía con las cosquillas, por necesidad. Tuvo un hijo y prohibió muestras de alegría a todo el que se acercase a él. Un día encontró a su mujer haciéndole reír. Y así es como deberían acabar las historias.

Estamos abusando a dos manos de las benzodiazepinas. Lo mejor del efecto del Orfidal es, seguro, contárselo a todo el mundo. Orgullosos, además. Duele cuando te rompen el corazón, no te digo que no, pero Juana dice que no hay que confundirlo con estarse clavando el aro del sujetador. Han hecho más daño a los psiquiatras las redes sociales que el hecho de que no sirvan para absolutamente nada. Científicamente hablando.

La pena es el push up del siglo XXI, la pena hace culazo. Full support a la tristeza, porque en los tiempos que corren con la mochila muy en la nuca la angustia es sexy, la sombra es atractiva; el Kraken de la modernidad.

La desolación es un Yom Kipur con recena. Un ejercicio de intentar llegar a comernos la polla de la autocompasión. Estamos tristes por costumbre. Estamos enfadados. Nos sentimos culpables y buscamos otros. Pero sobre todo muy enfadados. Recordad: tan importante como seguir en pie es que no siempre sea de guerra.

Empatizamos de la misma forma que juzgamos como extendiendo un brazo acusador con el que sentenciamos muy serios a otros mientras nos meamos encima, y nos acunamos en las esquinas de la cocina sintiéndonos protagonistas de una tragedia griega que nunca terminas de entender, como Melancolía de Lars von Trier. El recuerdo por lo general abraza y justifica al bando vencido, como una madre primeriza, pero seguro que también hay hijos de puta que pierden. Hemos hecho del drama, de la amargura que no del pesar, un atenuante, un eximente patético, el nuevo alegar locura transitoria en los juicios. La carta blanca para volverse un cretino.

Sí a la pena genuina, sí a llorar, sí a la sensibilidad, sí a la morriña pero no al drama. A la jodida desdicha frívola. Hemos convertido la depresión en la nueva talla 38. Hemos hecho de la autodestrucción folclore, del dolor algo que contar a los vecinos, a las camareras, al gato, al salmorejo. Todo desde un punto de vista a lo Tarantino, chica, si total. Retozar con el quebranto con una pierna en cada mesilla. Aquí es necesario un buen zarandeo de hombros pedagógico, unos toquecitos con un periódico enrollado en el hocico con un tono de voz que sugiera respeto.

Uno puede morirse de pena, de verdad. Científicos de la Universidad de Harvard en Estados Unidos aseguraron que el estrés psicológico, la angustia y la desazón que provoca aflicción por la pérdida de un ser querido generan cambios en el organismo que impactan directamente en las probabilidades de sufrir un infarto. El riesgo es alto en las veinticuatro horas que siguen al fallecimiento pero aseguran que se mantiene en niveles elevados un mes. Pero uno no puede morir de drama, lo siento.

Dolor referido, amigos. El dolor visceral es el que se produce en un lugar diferente al del estímulo doloroso. Cuando va a darte un paro cardíaco te duele el cuello o el brazo y no el pecho, pero no podemos confundirlo con el dolor fantasma. En nuestro infierno emocional nos contemplamos con un aura elegante y una corona de espinas, bien equilibrados con un copazo en batín de seda frente a la chimenea en un eterno desayuno con diamantes del tocar fondo, y no dejamos de ser Pitita Ridruejo con un churro en una mano y un pomerania en la otra mirando excesiva el rastro de La Latina.

Lola Flores buscó con algo más de ahínco el pendiente de oro por aquel escenario que nosotros relativizar; desde luego lo hizo con mucha más delicadeza. No hay abrazo fuerte que no tumbe una carencia afectiva, llamar la atención es el dar la mano floja de pedir ayuda. Un chándal de táctel en las bodas.

Tampoco estoy rompiendo una lanza a favor de la gente demasiado optimista, esa que te escucha como con una megafonía en la cabeza con «Take on me» de A-ha a todo volumen mientras tu Damien Rice se hace pequeño. Cada vez hay más hoteles y menos personas de cinco estrellas, pero todavía quedan. Tía, no te rayes.

Entre el cielo y el suelo hay algo, señores, señoras y Mecano; muchísima pena. Ay pena, penita, pena. Hay lágrimas y minutos de silencio rotos por todas partes. Hay abulia, pánico, ansiedad, hay soledad, hay sangre, hay enfermedad y enfermos, hay indignación, hay decepción, hay asco, hay ruido, hay muchísima impotencia. Hay amores que mueren y gente que se mata. Hay hormigas que no olvidan a la cigarra.

Pero sobre todo hay quien además de la esperanza pierde el trabajo, la casa, la salud y se gana su pan y su cielo con una sonrisa. Hay quien dedica su vida a otros, gente que piensa que el blue monday se bebe. Hay quien disimula; la gente que de verdad está triste no necesita siquiera contarlo.

A mí me sigue dando patadas en las costillas lo de Antonio Vega, y en el alma que Enrique Urquijo apareciese muerto en Malasaña el diecisiete de noviembre del 99, pero ya es momento de ir diciéndole a los niños que Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Antonio Flores y Carmina Ordóñez no murieron solo de pena.


Fuente: http://www.jotdown.es/2015/01/a-las-locas-y-locos-del-cono/

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