martes, 4 de agosto de 2015

La miel de Jenofonte

Fotografía: Vipin Baliga (CC)
Fotografía: Vipin Baliga (CC)
 Jenofonte fue un historiador, militar y filósofo griego de los siglos V y IV a. de C. Durante el gobierno de los Treinta Tiranos, se unió a un formidable ejército de mercenarios que marcharon a combatir a Persia, la Expedición de los Diez Mil. Estos griegos fueron contratados por el príncipe persa Ciro el Joven —con quien Jenofonte trabó amistad— que se había sublevado contra su hermano mayor Artajerjes II, el rey de Persia.

Ciro murió en la batalla de Cunaxa, lo que produjo la desbandada de su ejército. Los mercenarios griegos, sin embargo, se mantuvieron invictos y unidos bajo el mando del comandante espartano Clearco. En las negociaciones que siguieron con los mandatarios persas, Clearco y los principales comandantes griegos fueron decapitados a traición, por lo que los soldados griegos tuvieron que elegir nuevos líderes. Entre estos estaba el propio Jenofonte de Atenas, quien guio a sus compañeros, abriéndose paso por territorio hostil. Remontaron el río Tigris y atravesaron Armenia por una ruta de casi cuatro mil kilómetros de tierras enemigas, hasta llegar a la colonia griega de Trapezunte (actual Trabzon, Turquía), en la orilla sur del mar Negro. Al alcanzar la costa, los soldados supervivientes empezaron a gritar de alegría: θάλασσα, θάλασσα («Thalassa, Thalassa», «El mar, el mar»). El relato de Jenofonte sobre esta expedición lleva por nombre Anábasis, que significa «subida o marcha tierra adentro», y es su obra más conocida.

Según atravesaban Asia Menor camino del mar Negro, les ocurrió un suceso singular en las tierras de Colchis. Esta región del sur del Cáucaso corresponde a la actual Georgia y era el hogar mitológico de Dionisos, el dios del vino y la locura. El ejército llevaba merodeadores que buscaban comida y que se alegraron al encontrar numerosas colmenas. La miel fue muy bien recibida por los soldados, que la tomaron de postre de su rancho. Sin embargo, entre una y dos horas después de comer, empezaron a comportarse como si hubieran perdido el juicio o hubieran caído bajo la influencia de un hechizo, derrumbándose por cientos. Jenofonte contaba que las hasta entonces orgullosas tropas griegas estaban ahora abatidas y derrotadas, sin poderse levantar del suelo. Al cabo de unos pocos días se fueron recuperando y, aún sintiéndose débiles, reiniciaron su marcha hacia el oeste, hacia las tierras amigas.

Los soldados griegos no lo sabían pero el motivo había sido el tipo de miel, hecha a partir de las flores de los rododendros, en particular de una especie llamada Rhododendron ponticum. Esta planta es abundante en el sur de España, en Portugal y en los alrededores del mar Negro, pero también se encuentra en Nepal, Japón, Brasil y algunas regiones de Norteamérica. En sus tareas de recolección, las abejas consumen los productos tóxicos que pueda haber en el néctar de las flores y entre ellos se encuentran ocasionalmente productos artificiales como insecticidas o fertilizantes, productos naturales que la propia planta sintetiza para defenderse de los herbívoros, y etanol, resultado de la fermentación alcohólica de materia orgánica. En algunos casos los efectos de las sustancias son bastante similares en las abejas y en los humanos: un ejemplo es el etanol, lo que permite que las abejas sean utilizadas como organismo modelo en estudios sobre el alcoholismo. Sin embargo, hay otros productos que son tóxicos para el hombre pero no para los insectos y que pueden por tanto ser recolectados junto con el néctar e incorporados en la miel en una cantidad significativa.

Busto de Mitrídates VI en el Museo del Louvre. Fotografía: Sting (CC)
Busto de Mitrídates VI en el Museo del Louvre. Fotografía: Sting (CC)
La pregunta es: ¿para qué pone la planta moléculas potencialmente tóxicas en el néctar? Podemos entender que los tenga en las hojas o en los frutos verdes para que no sean comidos por los herbívoros, ¿pero en esa agua azucarada que utiliza para atraer a los polinizadores? Los análisis bioquímicos han podido comprobar la existencia dentro del néctar de alcaloides, terpenos, glicósidos, moléculas basadas en el fenol y otras. La cafeína, por ejemplo, un alcaloide presente en quince géneros de plantas, está en cantidades suficientemente pequeñas para que no sea detectada por los órganos del gusto de los insectos pero suficientemente alta para generar procesos adictivos, algo que conocen bien los forofos de este brebaje aromático. Los insectos polinizadores van más a menudo a plantas cuyo néctar contiene un poco de cafeína que a las que no lo contienen. Además, la cafeína consolida la memoria sobre la planta visitada y eso lo hace reforzando la conexión entre los ganglios cerebrales y las antenas del insecto, que es donde son recogidas y codificadas las moléculas odorantes.

Otros alcaloides, como la nicotina, permiten hacer una cierta selección de insectos. El sabor amargo de la nicotina repele a las abejas carpinteras, que se comerían el néctar sin hacer una polinización. Se ha visto que la planta hace un juego doble en su néctar: por un lado tiene bencilacetona que es fragante y atrae a los insectos. Cuando llegan allí se encuentran que el néctar sabe mal, a nicotina, y se marchan con rapidez. Este sistema consigue que una misma cantidad de néctar sirva para que muchos más insectos pasen por la flor, mejorando sus posibilidades reproductivas.

Plinio el Viejo, que destacó las virtudes de mieles de distintas zonas alrededor del Mediterráneo, advirtió también contra la meli maenomenon, la miel loca del mar Negro. Él fue el primero que habló de la toxicidad traída de los rododendros y otras plantas como las adelfas y las azaleas, que eran conocidas como «mataovejas», «destructoras del ganado» y «asesinas de caballos». Plinio llegó a plantear algunos antídotos como un hidromiel viejo, miel en la que hubieran muerto abejas, o ruda y pescado en salmuera para provocar el vómito. También indicó que la miel solo era loca en primavera, la razón puede ser que los rododendros florecen muy temprano y su néctar se concentra en la primera miel del año.

Los soldados de Jenofonte no fueron los últimos en sucumbir a la miel tóxica del Cáucaso. Trescientos cincuenta años más tarde, el general romano Pompeyo se enfrentó a las tropas de Mitrídates VI del Ponto en el 65 a. C. Los aliados de Mitrídates, los heptakometes, colocaron colmenas con miel tóxica a lo largo de la ruta de las legiones. Cuando los legionarios comieron la miel, al igual que los compañeros de Jenofonte, cayeron al suelo en medio de un delirio y náuseas y tres escuadrones fueron rápidamente degollados. En el año 946, los enemigos rusos de la emperatriz Olga de Kiev aceptaron felices varias toneladas de miel fermentada hasta que empezaron a sentir sus efectos y los cinco mil fueron masacrados en medio de su estupor. Por último, una carnicería similar tuvo lugar en el 1489, no muy lejos de donde Olga había eliminado a sus enemigos, cuando un ejército de diez mil tártaros se encontró en un campamento abandonado barriles llenos de hidromiel tóxico que fueron también su perdición pues, tras caer bajo sus efectos, los rusos acabaron con ellos.

Durante siglos se pensó que esas historias de envenenamientos debidos a la miel eran una leyenda y que si hubo problemas fue tan solo por comer en exceso, o por la mala digestión de la miel en un estómago vacío. En 1875, J. Grammer, un cirujano de la Confederación, describió que numerosos soldados del sur se habían intoxicado con miel y detalló algunos de sus síntomas: primero un cosquilleo por todo el cuerpo, después visión borrosa para terminar con un sentimiento de vacío, mareos y unas terribles náuseas. Los soldados no tenían control de sus músculos y parecían estar completamente borrachos.

En 1891, el científico alemán P. C. Plugge encontró un componente tóxico en miel de Trebisonda. Lo llamó andromedatoxina, y ahora se incluye como una grayanotoxina, una molécula presente en los rododendros, las azaleas y otras ericáceas. Las dieciocho grayanotoxinas conocidas son diterpenos cíclicos polihidroxilados. Su modo de acción es unirse a canales iónicos de sodio en las membranas celulares, una de nuestras principales herramientas para la activación e inactivación de células, especialmente abundantes en las células musculares y las neuronas. La grayanotoxina incrementa la permeabilidad de los canales y deja a las células excitables despolarizadas. Las neuronas disparan con facilidad y lo hacen hasta que terminan agotadas. En los insectos esto se traduce en palpitaciones, parálisis y muerte.

Las grayanotoxinas no afectan a todos los insectos por igual. Se ha visto que los abejorros son prácticamente inmunes, que las abejas mineras son ligeramente afectadas y se las ve unos minutos tumbadas en el suelo agitando las patas en el aire, algo que recuerda a la imagen de Jenofonte, mientras que las abejas melíferas mueren. La miel loca del mar Negro sería producida por una subespecie local de abeja melífera que habría desarrollado inmunidad a las grayanotoxinas a lo largo de la evolución.

En los humanos el curso habitual del envenenamiento es una irritación del sistema gastrointestinal, arritmias cardíacas y síntomas neurológicos. Entre los síntomas relacionados con el sistema nervioso, donde los efectos son más potentes, se incluyen una sensación de ardor en la garganta, picor en la boca y la nariz, enrojecimiento de la piel y los ojos, vértigo, dolores de cabeza, náuseas, vómitos, salivación, entumecimiento, dolores abdominales parecidos a calambres, debilidad, visión borrosa, efectos visuales psicodélicos, visión en túnel, fiebre, ataques epilépticos, bradicardia, hipotensión y cambios en la conciencia. En algunos casos se ha encontrado hepatotoxicidad, asístoles, infartos de miocardio y bloqueos atrioventriculares, pero es raro. Los síntomas aparecen, de media, a los noventa minutos de haber ingerido la miel y se tratan normalmente con un poco de atropina.

La miel procedente de flores que contengan toxinas puede ser peligrosa, en algunos casos hasta llegar a producir la muerte, y hay otras plantas que generan néctar tóxico además de las ericáceas. Entre ellas están la datura, la belladona y el eléboro, la Seriana lethalis de Brasil, el Gelsemium sempervirens y la Kalmia latifolia en los Estados Unidos, y la Melicope ternata y la Coriaria arborea de Nueva Zelanda. Un tipo especial es la miel producida cerca de los grandes campos de amapolas de Afganistán, que puede tener propiedades narcóticas.

En la actualidad sigue habiendo casos de envenenamiento con miel loca, en particular en Turquía y otros países limítrofes con el Cáucaso. Curiosamente, la inmensa mayoría de los casos son hombres y prácticamente todos de mediana edad o superior. Un estudio de 2009 encontraba que de veintiún casos, dieciocho eran hombres y la edad media era de 55 años. En otro estudio más reciente, de 2014, sobre dieciséis casos diez eran hombres y la edad media era de 56,3 ± 12,2 años. ¿Se le ocurre alguna explicación? La razón es que la miel de rododendro se usa como remedio natural para algunos problemas de salud como la diabetes mellitus y la hipertensión crónica, pero sobre todo se supone que tiene efectos afrodisíacos, incrementando la actividad sexual. Los hombres de cierta edad son siempre los más esperanzados en algo que mejore su desempeño en la cama aunque haya malas noticias debajo de ese dulzor, el de la miel, me refiero.
Rhododendron ponticum en el Real Jardín Botánico de Madrid. Fotografía: A. Barra
Rhododendron ponticum en el Real Jardín Botánico de Madrid. Fotografía: A. Barra


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