lunes, 27 de julio de 2015

Plutón, mon amour : el planeta destronado

Plutón: Fotografía: NASA (CC)
Plutón fotografiado por la New Horizons el 13 de julio de 2015. Fotografía: NASA (DP)
 Todo el mundo tiene su cita con la historia. La semana pasada la sonda New Horizons —quinientos kilos de ingeniería metidos en un piano de cola—  visitó por primera vez un mundo helado y lejano, más pequeño que nuestra Luna, después de haber recorrido nueve años de espacio vacío. Perdido en medio de la negrura, Plutón fue haciéndose más y más grande ante sus ojos eléctricos. Al disco anodino le aparecieron manchas, las manchas devinieron en llanuras, el color fue abriéndose paso y estalló en este rosado majestuoso que, desde ahora, va a ser su divisa: un mundo de color salmón. Los usos literarios, caprichosos, me tientan a decir que Plutón ha sido visitado por la historia.

Pero no es cierto, es a nosotros a quienes visita. Es a toda una generación que no vivió el asombro de las Voyager, es a todos los que descubrimos a los grandes planetas en los libros, como hitos de un pasado al que llegamos un poco tarde. Lo pensasteis alguna vez, yo también lo hice: que la carrera espacial había acabado, que era un producto de la Guerra Fría, que los pequeños humanos ya no querían mirar hacia arriba porque no estaban seguros de que el suelo siguiera allá cuando volvieran. Quizá aquello era verdad, pero esto también lo es. Para todos nosotros ha llegado el tiempo de la historia. Y no está decepcionando.

Pensadlo un poco: hace diez días ningún ojo humano había contemplado este mundo. Durante 4.500 millones de años ha estado dando vueltas ahí arriba y nadie ha podido más que echarle un vistazo de lejos. Hoy tenemos un retrato de cuerpo entero en nuestra tableta y mientras lo miramos los mayores expertos científicos del planeta se hacen preguntas parecidas a las que nosotros nos hacemos y están más o menos igual de lejos que nosotros de darles respuesta. Estamos viviendo la exploración de Plutón en directo, en primer plano, como solo la era de Twitter permite. Los especialistas en física planetaria nos tomarán la delantera en un momento dado, pero les está costando porque la New Horizons está tan lejos que su ancho de banda es raquítico: descargar una foto de alta resolución lleva varias horas. Así que mientras nosotros disfrutamos de estas fabulosas imágenes en nuestro sofá, los científicos se muerden las uñas esperando a que se baje la siguiente.

¿Pero quién es Plutón para que armemos este revuelo? ¿No es, al fin y al cabo, un cuerpo menor, un planeta degradado, un «perdone, pensábamos que usted molaba pero en verdad es un triste trozo de hielo»? Lo cierto es que, lo que quiera que sea, lo estamos empezando a descubrir ahora, porque con solo dos fotos de su superficie la realidad ha vuelto a recordarnos que siempre hace lo que le da la gana.

Para empezar por el principio, Plutón es un miembro del cinturón de Kuiper, un grupo def objetos que orbitan al Sol más allá de la órbita de Neptuno. Podemos imaginarlo como una especie de «cinturón de asteroides transneptunianos», pero en realidad el cinturón de Kuiper tiene más bien forma de dónut, con algunos de sus habitantes orbitando por encima y por debajo del plano de los planetas. Se trata de una zona fría, con temperaturas por debajo de 220 grados bajo cero, y por tanto la mayoría de las sustancias a las que estamos acostumbrados allá son sólidas como una roca. Así que sí, Plutón es un mundo de hielo, pero la palabra «hielo» significa para él bastantes más cosas que para nosotros: en Plutón el agua se congela, pero también el dióxido de carbono, el metano… hasta el nitrógeno, que forma el 80% de nuestra atmósfera, si lo viéramos sobre Plutón no podríamos menos que llamarlo «escarcha». Así que en la superficie de Plutón los hielos juegan un papel comparable al de las diferentes rocas sobre la superficie de nuestro planeta: hay zonas en las que abunda el agua, en otras el metano, en otras el nitrógeno… y probablemente interaccionan entre sí, en la medida en que el frío extremo les deje. Si os fijáis en la fotografía que encabeza el artículo, la mancha blanquecina de la mitad inferior, cuya forma recuerda vagamente a un corazón, es sobre todo monóxido de carbono helado, y de bastante pureza. Nadie sabe por qué debería haber una llanura de monóxido de carbono ahí, atravesada en medio del ecuador del planeta, que por lo demás es más oscuro porque tiene otra composición. Nadie lo sabe todavía, pero quizá estemos cerca de averiguarlo.

Plutón no está solo. Cuando lo descubrimos, en 1930, era un cuerpo muy singular, pero a partir de la década de los 2000 han empezado a brotarle primos, hermanos y sobrinos: Orcus, Haumea, Quaoar, Makemake y los más lejanos Eris y Sedna son algunos de los nuevos miembros de la familia. Resulta que el cinturón de Kuiper no solo se compone de piedras pequeñas y Plutón, sino que también hay otros objetos que claman por ser tenidos en cuenta. Esto supuso la perdición de nuestro mundo de color salmón: si toda esa gente tenía que ser calificada como planeta acabaríamos concluyendo que la mitad de planetas del sistema solar estaban apretujados en una banda estrecha un poco más allá de la órbita de Neptuno. Había que hacer algo, y se hizo lo único que era lógico: exigir a todo el que quisiera ser un planeta que fuese lo suficientemente grande como para «echar a empujones» a cualquiera que tuviese en las cercanías. Con ello se excluía del club de planetas a toda la fauna del cinturón de Kuiper, incluido Plutón, y se creaba la categoría de «planeta enano», que les reconoce que aunque no han sabido imponerse, sí son lo suficientemente grandes como para ser más o menos esféricos. Poca gente está feliz con la decisión, pero este es el precio de los descubrimientos: uno no siempre descubre lo que más le apetece.

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La familia de los plutoides. Todas las imágenes son recreaciones basadas en el color real de los objetos, salvo Plutón y su luna Caronte, que son fotografías de la sonda New Horizons. Imagen: Lexicon (CC)
 Y sin embargo el descubrimiento de esta troupe de objetos «plutonianos» —los llamamos plutoides cuando son suficientemente grandes para ser más o menos esféricos— es una fantástica noticia: quiere decir que ahí afuera hay toda una cohorte de mundos hechos básicamente de hielos a -230 grados, y todos ellos van a tener una química, una geología y una climatología únicas en el sistema solar. No sabemos mucho de ellos aún, pero sí nos hemos dado cuenta de que algunos, los que orbitan cerca del plano de los planetas, son marcadamente rojos. Otros, sin embargo, los de órbitas más inclinadas, tienen cierta tendencia a ser azulados. No sabemos a qué se deben estas diferencias, pero parece claro lo que quieren decir: hay dos poblaciones en el cinturón de Kuiper, dos familias, cada una de ellas con una composición diferente. ¿De dónde vienen, por qué diferentes composiciones se traducen en diferentes órbitas? No estamos seguros. La exploración de Plutón es apenas el primer vistazo a esta «confederación de mundos congelados» que solo ahora empiezan a aparecer ante nuestros ojos. Bienvenidos a los confines del sistema solar.

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