jueves, 9 de julio de 2015

Las heridas de Bosnia veinte años después


Tren blindado detenido por la población civil en Gradacac en 1992 , ahora convertido en monumento conmemorativo. Fotografía: Corbis. 
  
Después de los disparos y los morteros quedan las heridas. Y los muertos. Y los desaparecidos. Como Amar y Alja, los hijos de Jasna Ploskiç. Así hasta más de mil personas de las ocho mil que fueron asesinadas solo en una pequeña región cuyo nombre ha pasado a la lista negra de los lugares malditos: Srebrenica-Potocari, en la República Sprska (zona serbia), dentro de Bosnia-Herzegovina, después de la división marcada por los Acuerdos de Dayton. Allí todavía se afanan médicos forenses, arqueólogos y antropólogos por buscar hasta la saciedad en las fosas comunes. Por hallar huesos y todo tipo de restos para darles un enterramiento y para que sus familiares y amigos supervivientes puedan despedirse al fin de ellos. Allí trabajaba hasta hace no mucho la doctora forense Ewa Klonowski. La protagonista de Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia, el largo reportaje que el reportero polaco Wojciech Tochman escribió en 2002 sobre las consecuencias de la tragedia bosnia y que ahora acaba de ser traducido al español por Libros del KO.

Quedo con Tochman en una terraza del centro de Madrid. Ha venido unos días para presentar su libro y dar una charla sobre la guerra en Bosnia y la masacre de Srebrenica, de la que el próximo 11 de julio se cumplirán veinte años. El periodista es alto y viste como si fuera un galerista de arte. No tiene el clásico aspecto del reportero de guerra. Tal vez porque él tampoco se considera uno. «Soy escritor de libros de no ficción, ya no soy más periodista, no escribo regularmente en los periódicos», me dice mientras se pide un cortado y enciende —y ofrece— un cigarrillo.

Es serio. Igual porque el asunto del que vamos a hablar lo es. Igual porque ha visto demasiadas cosas. Esas que nadie quiere ver.

Su relación con los Balcanes comenzó en las Navidades de 1992, cuando la guerra ya se había iniciado aunque el mundo todavía mirara para otro lado y aquello fuera cosa de nacionalistas impetuosos. Tochman llegó a Bosnia con un convoy que había puesto en marcha la ONG Polish Humanitarian Action, que también había organizado un autobús para periodistas. Un chollo en la Polonia de entonces. «El colapso del comunismo era reciente, los medios eran pobres y era la mejor forma de ir sin cargas económicas», cuenta el periodista, que entonces tenía veintitrés años y trabajaba para la Gazeta Wyborcza. Dice que hasta la frontera aquello fue un cachondeo. «¡Imagínate un autobús lleno de periodistas! ¡Una juerga!». Todo cambió una vez atravesada la línea. La atmósfera festiva se diluyó cuando empezaron a aparecer los pueblos en ruinas, carreteras cortadas y los disparos. La constancia de la guerra quedó clara al llegar al perímetro que los serbios habían creado en Sarajevo para cercar la ciudad. Aquello sucedió la noche del 31 de diciembre de 1992. No pudieron pasar hasta la mañana siguiente. Fue la primera vez que sintió miedo. «Había disparos por todas partes», relata. Bienvenidos al año nuevo en Bosnia.

«La guerra de Bosnia ha generado miles de teletipos, reportajes, exposiciones, libros, álbumes fotográficos, documentales y películas. Pero cuando terminó, los reporteros guardaron sus cámaras y se marcharon rápidamente a cubrir otras guerras». Esto está escrito al inicio de su reportaje. Por eso, su texto no va de la guerra. Va de lo que ocurrió después. Tochman volvió a Sarajevo en 1993 y en febrero de 1994, justo un día después de la masacre del mercado de Markale en el que murieron sesenta y ocho personas y ciento cuarenta y cuatro quedaron heridas por un mortero. Lo que allí sucedió lo escribió para el periódico. Lo que pasó a partir del año 2000 cuando regresó para ver cómo vivían los bosnios es lo que ha dado el contenido duro, cruel y dramático de Como si masticaras piedras.
 En aquel primer año del nuevo milenio fue cuando Tochman conoció a la médico forense Ewa Klonowski, que trabajaba para el Comité Bosnio de Desaparecidos, financiado por los Gobiernos de Islandia y Estados Unidos desde 1996. Era toda una experta en huesos. «Los amo, me hablan», le decía al periodista. Ella y su equipo habían sido capaces de desenterrar ya mil cuerpos en toda Bosnia, depositarlos en bolsitas —los body bags— y, con suerte, entregárselos a sus familias. El reportero vivió este proceso con ella durante dos años. Conocieron a muchas mujeres bosnias que buscaban a sus maridos e hijos, la gran mayoría asesinados por las fuerzas serbobosnias del general Ratko Mladic en Srebrenica y Potocari. Se hicieron amigos y vivieron el primer gran funeral por aquellas víctimas que tuvo lugar en 2003.

Este funeral se celebra desde entonces todos los años. Y Tochman acude puntual. «Ahora ha cambiado. La gente que todavía espera encontrar huesos son la minoría. Antes eran la mayoría. La gente sigue viniendo de Nueva York, Australia, Nueva Zelanda, y de todo Bosnia para encontrarse con los vecinos, y por la noche en Srebrenica hay una sensación de mayor relax. Es ya la siguiente generación, una generación que recuerda Potocari de niños, y ellos se encuentran con otros, pero no es tan emocional, dramático como antes. No estoy seguro, pero creo que si vas por la noche allí el 11 de julio igual no recuerdas por qué se hace eso. Ellos están sentados en la calle, bebiendo. Y es lo natural. La vida sigue. El problema es que la limpieza étnica fue muy exitosa en Srebrenica y esta ciudad ya no es una ciudad musulmana. Y cuando digo musulmana me refiero a nación no a una etnia. Actualmente es un pueblo serbio», me relata de corrido.

Srebrenica es un pueblo que está entre montañas y que tiene una calle principal. Antes de la guerra la mayoría de la población era musulmana. Pero cometió un único gran error. Estaba dentro de lo que los serbobosnios consideraban la República Sprska y, por tanto, debía ser serbia. Nada de mezquitas ni de Coranes. Durante el conflicto, muchos musulmanes acudieron allí también a refugiarse porque Naciones Unidas lo consideró zona segura y envió allí a las fuerzas de UNPROFOR. El pequeño pueblo llegó a tener hasta treinta mil habitantes completamente hacinados y sin apenas recursos durante los años de la guerra. No llegaba suficiente comida, ni medicamentos ni nada que hiciera la vida vivible. Pero todo acabó el 11 de julio de 1995. Un día de calor insoportable en el que entraron los serbios y después de discutir con las fuerzas de la ONU holandesas —el general Thomas Karremans— comenzó la matanza. La OTAN llegó tarde. Todo el mundo llegó tarde. Y miles de personas murieron.

Le digo a Tochman que recuerdo esas imágenes —que he visto muchas veces en vídeo— y que siempre está la misma pregunta: ¿No se pudo evitar? ¿Por qué la ONU no hizo nada? ¿Por qué a Mladic se le permitió esa arrogancia mientras hablaba a los bosnios humillados y aterrorizados tras las vallas del campo de refugiados? ¿Por qué se le permitió que diera caramelos a los niños como si no pasara nada?

El escritor se queda pensativo. Me dice que la respuesta no es fácil, pero sí tiene algo claro: «No Holanda, pero las estructuras europeas, la OTAN y la ONU sobre todo podrían haber acabado con la guerra, y, de hecho, después de Srebrenica sucedió. Es decir, parece que tuvo que ocurrir un Srebrenica para que la guerra acabara. Incluso hay gente que acusa a los musulmanes de provocar lo de Srebrenica. Recuerdo cuando el secretario general de la ONU [Brutos Galli] entonces dijo: “Estamos muy tristes por la masacre de Srebrenica y por la próxima masacre de Zepa, por lo tanto ya tenemos suficiente”». Y de ahí se saca su propia teoría sobre por qué durante tres largos años el mundo solo miró a los Balcanes con lástima pero sin hacer nada. «Imagina que Sarajevo, que estuvo bajo asedio durante tres años, con la gente muriendo porque no había medicinas, por los francotiradores, por veinte grados bajo cero… Era un desastre humano, pero era una ciudad musulmana asediada por cristianos [serbios]. Imagina que en algún lugar de Europa, la ciudad estuviera asediada por musulmanes. Yo creo que Europa hubiera tratado este problema inmediatamente», recalca.

«¿Estamos hablando de que no se hizo nada porque eran enclaves musulmanes?», le pregunto.

«Bueno, la pregunta no es para mí. Tendrías que hacérsela a Bill Clinton y otros líderes de entonces. Lo que yo creo es que no se consideraba a los bosnios de los nuestros. Y por eso se les dejó a su suerte durante tres años», responde. 
Bosnia, año 2000

Acto por el 18º aniversario del genocidio de Srebrenica donde fueron asesinadas más de 8.000 personas de etnia bosnia musulmana. Fotografía: Corbis
Y la suerte corrió para mal. Para muy mal, incluso algunos años después de la masacre. En el año 2000 muchos musulmanes intentaban regresar entonces a aquellas ciudades cerca de Srebrenica. Principalmente mujeres, que fueron las que más sobrevivieron —y las que más se han afanado luego en la búsqueda de sus seres queridos—. ¿Con qué se encontraban? Con que sus casas ya no eran suyas, sino de familias serbias. Tochman recuerda la historia de Mubina, de treinta y seis años, que perdió a su marido Hasan. Vivía en Bratunac. Con el estallido de la guerra ella se fue a Belgrado con su madre y sus hijos. Hasan se quedó y cuando las cosas se pusieron feas marchó a Srebrenica como zona segura. Nunca más le volvió a ver.

Mubina decidió volver a Bratunac y Srebrenica cinco años después de la matanza. La casa de sus padres ya no era suya, sino de los serbios. Tochman la conoció precisamente en el autobús que acudía ese día a Srebrenica. «Fue brutal, cuando entramos en el pueblo en todas las casas colgaba un cerdo ensangrentado. Era un aviso contra los musulmanes. Era puro odio», comenta. Y era el año 2000. Una huella tan indeleble que también había quedado en el propio traductor del periodista que ni siquiera quiso entrar en la ciudad porque era musulmán.

En el reportaje del reportero polaco también hay sitio para el sufrimiento de los serbios que viven en Bosnia. Así lo recoge en la visita que hizo a Nuevo Sarajevo y Sokolac. Ambos están en la República Sprska —la zona serbobosnia—. A comienzos del milenio en los dos pueblos había pobreza, muchísimo desempleo y ni cines ni teatros ni nada. Muchos de sus habitantes, serbios, vivían antes en Sarajevo, donde con la guerra empezó a mirárseles con odio. Como escribe el reportero, «son las consecuencias del aislamiento del mundo, que ha durado varios años, y del embargo comercial contra Serbia, que Occidente impuso durante la guerra (…) Hay quejas contra los musulmanes, Europa, Estados Unidos y el propio Gobierno, el de la República Sprska (…)». Como le contó uno de estos serbios, «el mundo nos convirtió en salvajes, pero nosotros éramos gente normal. Solo defendíamos nuestras casas, mujeres y niños. Sé lo que pasó en Srebrenica, pero en Sarajevo murieron más serbios que musulmanes». No es verdad, pero también hay historias terribles, como la de Stojanka, de treinta y seis años, que vivía en Sarajevo y huyó junto a su marido hasta que este fue reclutado por los serbios y llevado a disparar hacia su propia ciudad desde las montañas. Murió a causa de la metralla.

El periodista se incomoda cuando le comento que para Occidente, los serbios fueron los malos. Los grandes criminales de guerra. Desde el presidente de Serbia, Slobodan Milosevic hasta el de la República Sprska, Radovan Karadzic y generales como Mladic. Y, por supuesto, la población que participó de las matanzas. Y se lo digo porque él no toma partido. Escribe, señala, apunta. «Un autor de no ficción o un reportero no debe sentirse ofendido. No puede sorprenderse del mal porque el mal también es humano. Si al periodista le molesta no puede ser un periodista. El periodista lo que debe hacer es intentar comprender por qué esa persona cometió ese acto de horror. Por qué lo hizo, porque esa persona también es un ser humano. Yo no podría escribir nunca “es un monstruo”», me dice. Una crónica maniquea no es una crónica, es una opinión. Y eso no es periodismo. Lección primera.

De ahí que su texto sea también afilado como un cuchillo. Sus frases son gélidas. No juega con recursos estilísticos. No introduce más drama al trauma. «Quien escribe sobre el sufrimiento humano debe ser muy fuerte para recoger toda esa información y las emociones, pero a la vez debe ser débil. Porque una persona muy fuerte, con piel dura, nunca entenderá a una persona con ese trauma. Cuando hablo con gente en Bosnia nunca evito mis emociones, pero no puedo comportarme más sentidamente que la gente que sí ha perdido a sus seres queridos. Porque es su sufrimiento, no el mío», sostiene. Y a la hora de escribir todas las emociones deben quedar fuera, insiste. Hay que teclear con estilo quirúrgico, aconseja, «porque es un drama tan grande que no necesita ninguna figura retórica». Lección segunda.

Bosnia, año 2015



Una mandíbula inferior en las instalaciones de identificación de ADN del ICMP en Tuzla. Fotografía: Corbis.

 Tochmann ha regresado muchas veces a Bosnia, tanto a la parte de la Federación Bosnia como a de la República Sprska. Me comenta que todo ha cambiado mucho desde que escribiera el reportaje en 2002. Ya no solo los funerales que aún se siguen llevando a cabo en Srebrenica. Sarajevo está «renovado», la vida se disfruta en las calles. La sombra de la guerra es cada vez más débil. Pero aún quedan cosas. Heridas sin cicatrizar. Odios sin diluirse. «Por ejemplo, ya no hay matrimonios mixtos entre musulmanes y serbios, cuando antes era lo normal. La falta de confianza aún es muy fuerte entre unos y otros. Quizá la división del país fue la mejor solución en 1995 con los Acuerdos de Dayton, pero ahora es la peor, veinte años después esa división es contra la unidad de la sociedad. Ahora tenemos tres sociedades en un país, croatas, bosnios y serbios. Imagina el sistema educativo, con lecciones de historia en una escuela serbobosnia y en una bosnia, es diferente», explica. Y como indica, aún hay parte de los serbios que no entienden que ellos sean los perseguidos por la justicia. No conciben que Karadzic o Mladic estén en prisión tras haber sido juzgados por el Tribunal Superior de La Haya. «A veces en casas serbias de la República Srpska todavía hay fotos de Karadzic como un gran héroe», apostilla. Y hay otros que se siguen escondiendo, que no quieren salir en fotos y documentales «por si alguna víctima les reconoce».

Para un extranjero son situaciones apenas perceptibles. Si se pasea por Sarajevo se observan recuerdos del conflicto como las famosas rosas que señalan el punto donde una bomba mató a varias personas en la calle, alguna casa aún sin rehabilitar —las menos, y están así porque no encuentran comprador—, pero, en general, es una ciudad bulliciosa, con gente yendo de compras a los centros comerciales, bebiendo en los bares o jugando en parques —llenos de tumbas, eso sí—. No obstante, si se agudizan algo más los sentidos se ven cosas como, por ejemplo, el orgullo de ser una ciudad que resistió el asedio serbio. En Mostar, donde, aunque se volvió a construir el puente, no se puede evitar la sensación de cierta división, por una parte el lado musulmán con sus mezquitas y llamadas a la oración, por el otro la católica (croata) con sus grandes cruces. Algo late.

«La guerra siempre puede ocurrir en cualquier lugar tal y como la historia nos ha enseñado. Por ejemplo, incluso, en Polonia hay gente que tiene miedo de la guerra por culpa de la política agresiva de Putin. Podemos decir que todas las guerras fueron inesperadas, hasta el comienzo de la guerra nadie podía pensar que esa guerra sería posible. ¿Quién podía pensar en los años treinta que sucedería la II Guerra Mundial?», sostiene Tochman, para quien la única solución pasa por que tanto Bosnia como Serbia se integren en la Unión Europea. «Aunque no es fácil. Serbia tiene una relación muy cercana con Rusia y a la Unión le preocupa que Bosnia sea musulmana», añade.

El próximo 11 de julio volverá a celebrarse un gran funeral en Srebrenica. Volverán a salir cientos de ataúdes verdes, la mayoría muy ligeros porque apenas se pueden reconstruir esqueletos completos, con dirección hacia aquella nave industrial en la que aquel día de 1995 se refugiaron miles de personas pensando que serían protegidas por las fuerzas de la ONU. Antes de llegar a su destino, los camiones serán llorados por cientos. Después se rezará el Corán, se les dará sepultura, y se seguirá buscando. Ewa Klonowski, la doctora forense que trabajó a destajo prácticamente desde que culminó el conflicto, ya está jubilada, pero los hijos de Jasna, que tenían cuatro años y nueve meses respectivamente, aún no han sido encontrados, como me dice Tochman. Como tantos otros. Es la gran herida bosnia. La memoria de un país que aún necesita decirle adiós a sus muertos.

El escritor se despide de mí y me pregunta por la dirección de un centro de arte donde quiere ver una exposición. En Occidente, la vida sigue.


Fuente:  http://www.jotdown.es/2015/07/las-heridas-de-bosnia-veinte-anos-despues/

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