sábado, 13 de junio de 2015

Los monstruos gigantes nos atacan

Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia subir del mar, que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. (Apocalipsis 13:1)

La liberación de Andrómeda, de Piero di Cosimo, año 1520.
La liberación de Andrómeda, de Piero di Cosimo, año 1520.
La Capilla Sixtina, Madame Bovary, El padrino… resulta desconcertante repasar mentalmente las grandes obras de la literatura universal, del cine o de la pintura y comprobar que en ninguna de ellas podemos ver a nazis cabalgando dinosaurios. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Una ausencia inexplicable que el próximo año será corregida con el estreno mundial de Iron Sky: The Coming Race. Y mientras esperamos con impaciencia su llegada, para ir abriendo el apetito tendremos dentro de pocas semanas en las pantallas la cuarta parte de Parque Jurásico, donde no habrá nazis pero sí dinosaurios. Habrá que verla también.

Estas fascinantes criaturas prehistóricas han pasado a ser los leviatanes y dragones de las narraciones contemporáneas. Resulta curioso observar cómo la humanidad ha fantaseado desde hace miles de años con feroces monstruos con apariencia de reptiles, de una escala gigantesca como no conocíamos en la naturaleza que nos rodeaba… ¡Y resulta que ya existían! Los dinosaurios cubrieron un hueco en nuestra cultura cuya silueta encajaba casi a la perfección con la suya. Es decir, primero los inventamos y luego los descubrimos. ¿Por qué?

Desde el origen del ser humano los mitos han sido el material con el que se ha forjado nuestra mente. Cumplían una doble función: nos dotaban de una cosmovisión y de un sentido moral, es decir, nos explicaban cómo era el mundo y cómo debíamos comportarnos en él. La primera resultaba un tanto incompleta y actualmente las explicaciones científicas —al menos para una parte de la población— han ocupado su lugar, de manera que el darwinismo sustituye al creacionismo y ahora tendemos a pensar que los rayos tienen más que ver con la electricidad estática que con Thor arreando martillazos con su Mjolnir. Pero la segunda función sigue ahí coleteando tan fresca y no parece que vaya a remitir. Los mitos, las historias, la ficción en cualquiera de sus formas y en todas las épocas nos ha entretenido pero también nos ha servido de ejemplo a seguir… y en ella los monstruos han ocupado siempre un lugar privilegiado, generalmente como antagonistas. El filósofo René Girard lo explicaba así en su obra El chivo expiatorio:

 El equilibrio de los mitos se rompe unas veces en favor de lo maléfico, otras en favor de lo benéfico, o finalmente en ambas direcciones a la vez, y la equívoca divinidad primitiva puede escindirse entonces en un héroe absolutamente bueno y un monstruo absolutamente malo, que asola la comunidad: Edipo y la Esfinge, San Jorge y el Dragón, la serpiente acuática del mito arawak y su asesino liberador. El monstruo hereda cuanto hay de detestable en la historia, la crisis, los crímenes, los criterios de selección victimaria.

San Jorge y el dragón, de Paolo Uccello, año 1470.
San Jorge y el dragón, de Paolo Uccello, año 1470.
En el antiguo Egipto, por ejemplo, la explicación que encontraron a la eterna sucesión del día y la noche es que el dios solar Ra, siempre a bordo de su barca, se introducía cada atardecer en un mundo subterráneo. Allí le acechaban toda clase de monstruos y a uno de ellos, un envidioso de nombre Apep y aspecto reptiliano, le cortó las extremidades convirtiéndolo así en la Gran Serpiente de la Oscuridad, la encarnación de todos los males. En la mitología babilónica, por su parte, tenían a Tiamat, una diosa-monstruo de los océanos, origen de toda las cosas, que al intentar devorar al dios de las tormentas abrió tanto la boca que este pudo dispararle dentro una flecha y matarla. Y de acuerdo a los mitos de Ugarit, Lotan era un engendro de siete cabezas que terminó siendo derrotado por Baal.

Pero fue en la Grecia antigua donde el conjunto de narraciones míticas adquirió tal volumen, complejidad y riqueza de significados que todo lo anterior parecía un simple bosquejo en comparación. Además de un gran número de historias en torno a perversiones sexuales y familias disfuncionales que hicieron las delicias de Freud, los griegos tuvieron también un nutrido bestiario fruto en parte de lo anterior. Así la diosa Gea mantuvo relaciones sexuales con su hijo y de ahí surgieron los hecatonquires —dotados de cien manos y cincuenta cabezas— y los cíclopes, gigantes de un solo ojo. Ambas especies de criaturas ayudaron al nieto de Gea, Zeus, a hacerse con el poder enfrentándose a los titanes y destronando al padre de este. Pero una vez se hizo con el trono tuvo que defenderse de otro hijo de Gea, una colosal bestia que puesta en pie llegaba hasta el cielo, era capaz de arrancar las montañas y lanzarlas contra sus enemigos, tenía cien cabezas de serpiente saliendo de su cuerpo, provocaba huracanes con sus alas, escupía fuego por los ojos y lava por la boca. No se trata de una descripción de Albert Rivera hecha por Rosa Díez sino de Tifón, así se llamaba el animalito. Con ciertas dificultades Zeus finalmente logró vencerlo, al lanzarle un rayo justo cuando sostenía la montaña Etna sobre su cabeza para arrojarla con furia. Esta cayó entonces encima de Tifón, aplastándolo y convirtiéndose desde entonces en un volcán activo.

A Tifón se le atribuyeron varios hijos como Hidra, que tenía un aliento venenoso y entre seis y cien cabezas que volvían a crecer si le cortaban alguna, las gorgonas, tres espantosos monstruos con un solo ojo para todas que mataba con solo mirarles su feo rostro, o el can Cerbero, guardián del Hades, con una serpiente por cola y tres cabezas según unos y cincuenta según otros. Parece que los griegos en cuanto sentían animadversión por alguien lo primero que hacían era atribuirle más cabezas, qué fijación.

Precisamente quien logró matar a una de las gorgonas, Medusa, al lograr acercarse a ella mirando su reflejo en un escudo, un semidios llamado Perseo —hijo del mencionado Zeus— fue poco después protagonista de la muerte de otro célebre monstruo. Una doncella llamada Andrómeda fue encadenada en un acantilado como ofrenda en sacrificio a una bestia marina, a la que Perseo dio su merecido tal como podemos ver en el cuadro de Piero di Cosimo que encabeza este artículo.

Santa Margarita de Antioquia y el dragón.
Santa Margarita de Antioquia y el dragón.
Lejos de quedarse anclados en la cultura grecolatina, los monstruos gigantes fueron capaces de hacerse un hueco también en el cristianismo posterior, también como amenazas para la comunidad y encarnaciones del mal, más concretamente de Satanás. Aunque en internet abundan los memes de Jesús en compañía de dinosaurios, lo más parecido que encontraremos en el Nuevo Testamento a una de estas criaturas es la cita del Apocalipsis de san Juan con la que iniciábamos el texto. El antiguo es bastante más interesante en ese aspecto, y por ejemplo en Isaías 27,1 se habla de que «en aquel día Jehová castigará con su espada feroz, grande y poderosa al leviatán serpiente huidiza, y al leviatán serpiente tortuosa, y matará al dragón que está en el mar». En Salmos 74, encontraremos otra mención: «dividiste el mar con tu poder. Quebrantaste cabezas de monstruos en las aguas. Magullaste las cabezas del leviatán». Pero la descripción más minuciosa y escalofriante es sin duda la del Libro de Job, 40-41, la cita es larga pero merece la pena ponerla al completo:

Y a Leviatán, ¿podrás pescarlo con un anzuelo y sujetar su lengua con una cuerda?
¿Le meterás un junco en las narices o perforarás con un garfio sus mandíbulas?
¿Acaso te hará largas súplicas o te dirigirá palabras tiernas?
¿Hará un pacto contigo y lo tomarás como esclavo para siempre?
¿Jugarás con él como con un pájaro y lo atarás para entretenimiento de tus hijas?
¿Traficarán con él los pescadores y se lo disputarán los comerciantes?
¿Acribillarás con dardos su piel y su cabeza a golpes de arpón?
Prueba a ponerle la mano encima: piensa en el combate y desistirás.
Tu esperanza se vería defraudada: con solo mirarlo quedarías aterrado.
¿No es demasiado feroz para excitarlo? ¿Quién podría resistir ante él?
¿Quién lo enfrentó, y quedó sano y salvo? ¡Nadie debajo de los cielos!
No dejaré de mencionar sus miembros, hablaré de su fuerza incomparable.
¿Quién rasgó el exterior de su manto o atravesó su doble coraza?
¿Quién forzó las puertas de sus fauces? ¡En torno de sus colmillos reina el terror!
Su dorso es una hilera de escudos, trabados por un sello de piedra.
Se aprietan unos contra otros, ni una brisa pasa en medio de ellos.
Están adheridos entre sí, forman un bloque y no se separan.
Su estornudo arroja rayos de luz, sus ojos brillan como los destellos de la aurora.
De sus fauces brotan antorchas, chispas de fuego escapan de ellas.
Sale humo de sus narices como de una olla que hierve sobre el fuego.
Su aliento enciende los carbones, una llamarada sale de su boca.
En su cerviz reside la fuerza y cunde el pánico delante de él.
Sus carnes son macizas: están pegadas a él y no se mueven.
Su corazón es duro como una roca, resistente como una piedra de molino.
Cuando se yergue, tiemblan las olas, se retira el oleaje del mar.
La espada lo toca, pero no se clava, ni tampoco la lanza, el dardo o la jabalina.
El hierro es como paja para él, y el bronce, como madera podrida.
Las flechas no lo hacen huir, las piedras de la honda se convierten en estopa.
La maza le parece una brizna de hierba y se ríe del estruendo del sable.
Tiene por debajo tejas puntiagudas, se arrastra como un rastrillo sobre el barro.
Hace hervir las aguas profundas como una olla, convierte el mar en un pebetero.
Deja detrás de él una estela luminosa: el océano parece cubierto de una cabellera blanca.
No hay en la tierra nadie igual a él, ha sido hecho para no temer nada.
Mira de frente a los más encumbrados, es el rey de las bestias más feroces.

A lo largo de la Edad Media los monstruos fueron tomando la forma de dragones con mitos tan conocidos como el de san Jorge, una nueva versión de la historia de Perseo y Andrómeda. En esta ocasión quien pasaba por ahí era el santo de Capadocia, que encontró y rescató a una doncella que había sido ofrecida en sacrificio al dragón que amenazaba a la comunidad. Pero antes de matarlo lo ató como si de un manso perrito se tratase, marchó con él a la ciudad y exigió la conversión inmediata de todos sus habitantes a la única religión verdadera o si no procedería a liberar el dragón para que siguiera matando a placer. Si eso no es terrorismo ya me dirán. Otro caso conocido fue el de santa Margarita de Antioquia, a quien un confiado dragón devoró de un bocado pero ella, gracias al crucifijo que llevaba siempre consigo, rasgó su tripa y salió ilesa de su interior. Una historia que nos enseña el valor de la fe en Cristo y de masticar bien la comida antes de tragar. A lo largo de los siglos posteriores las historias con santos, caballeros y dragones implicados se repitieron con tal asiduidad que terminaron provocando cierto hartazgo en más de uno, como fue el caso del escritor Jorge Luis Borges:

 El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los dragones. Creemos en el león como realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, que no como realidad; el dragón es acaso el más conocido, pero también el menos afortunado de los animales fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura. Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por el exceso de dragones que hay en los cuentos de hadas.

Aunque para ampliar el repertorio de monstruos gigantes también estuvieron el Kraken y los trols, el siglo XIX trajo consigo un nuevo paradigma. Comenzaron a descubrirse huesos de un tamaño y antigüedad desconcertantes pertenecientes a criaturas antediluvianas que no podían tener otro nombre más adecuado que el de «lagartos terribles». Esos eran los seres que siempre habíamos temido aunque no supiéramos que existían, y en consecuencia su salto al ámbito de la ficción no tardaría en producirse. La primera alusión a un dinosaurio en una novela de la que se tiene constancia la encontramos en 1853, en la novela de Charles Dickens Casa desolada. Lamentablemente era solo una frase al comienzo de la narración: «Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos cuarenta pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba». Unos años después, en 1864, Julio Verne incluiría en su Viaje al centro de la Tierra un ictiosaurio y un plesiosaurio, que no son dinosaurios exactamente pero eran coetáneos y muy grandes también.

En 1888 una ignota novela de James De Mille titulada A Strange Manuscript Found in a Copper Cylinder hablaba de una isla del Pacífico en la que se habría mantenido un ecosistema poblado de animales prehistóricos, una idea que posteriormente desarrollaría Arthur Conan Doyle en otro libro que, este sí, lograría un extraordinario impacto: El mundo perdido. Fue al parecer fruto de una apuesta con otro escritor que sostenía que en el ámbito de las novelas de aventuras ya estaba todo escrito. Trece años después, en 1925, llegaría su primera adaptación al cine que al carecer ya de derechos de autor pueden ver aquí, atención a la espeluznante lucha a partir del minuto 1:04:00. Con ella se perfeccionó la entrañable técnica del stop motion, por la que recreaba el movimiento con figuras de plastilina fotograma a fotograma, añadiéndole nuevos trucos como pequeñas válvulas dentro de las figuras para simular la respiración o usar chocolate de taza para recrear la sangre de las fieras. La mente que estaba detrás de este despliegue tecnológico era el artesano Willis O’Brien, que después haría posible otro clásico del cine en el que también aparecían dinosaurios, King Kong. Esta película ofrece una lectura más sutil además del tradicional enfrentamiento de la comunidad humana —o de un héroe singular en su representación— contra la bestia de que encarna la naturaleza, la barbarie. Aquí el monstruo pasa a ser el verdadero protagonista, que además se nos enamora volviéndose irremediablemente humano. Por contraste Nueva York aparece como un escenario despiadado y amenazador, una ciudad que no está siendo atacada sino que ha secuestrado al pobre animalito para, a su manera, terminar devorándolo.

La humanidad en peligro, imagen de Warner Bros. Pictures.
La humanidad en peligro, imagen de Warner Bros. Pictures.
Así que como vemos los monstruos gigantes contemporáneos no solo empiezan a basarse en aquellos que existieron millones de años atrás, sino que también encarnan aquellos aspectos de la ciencia y de la técnica que creemos que se nos están escapando de las manos. La amenaza no viene de fuera sino que está en nosotros, pero simbólicamente esa parte nuestra que no nos gusta la desplazamos fuera dándole dicho aspecto exótico. Un breve relato de Ray Bradbury, «La sirena de la niebla», dio lugar en 1953 a la estupenda El monstruo de tiempos remotos, en la que una prueba nuclear en el ártico descongela a un enorme rhedosaurus (una especie imaginaria pero quién sabe si no terminará siendo descubierta) que siembra la destrucción en Nueva York hasta que terminan disparándole isótopos radioactivos. A la manera del alcohol para Homer Simpson, la ciencia resulta ser la causa y solución de todos los problemas.

Esta película inspirará el año siguiente otra que se volverá todo un icono del género, hablamos naturalmente de Godzilla. En ella, los ensayos con bombas atómicas desarrollados en el Pacífico provocan un increíble mutante que atacará Japón. El único país que ha sufrido la guerra nuclear exorcizaba así sus temores en una película que inauguraría el subgénero de monstruos gigantes japoneses llamado Kaiju Eiga. El mismo año, 1954, será también el del estreno de La humanidad en peligro, en la que las pruebas nucleares realizadas en territorio estadounidense dan lugar a hormigas mutantes de tamaño colosal. Por si sirve de consuelo, dado el repelús que dan los insectos a tanta gente, tal cosa no sería posible en la realidad: de acuerdo a la «ley del cubo cuadrado» crecer a un tamaño diez veces superior implicaría ser diez veces más alto, diez veces más ancho y otras diez más largo. Es decir, su peso resultaría ser mil veces mayor pero sus patas solo serían cien veces más gruesas. Dada su condición de invertebrados acabarían rompiéndose y siendo una masa informe escasamente amenazadora.

Claro que para amenazas inverosímiles e involuntariamente cómicas la del pajarraco gigante llegado del espacio de The giant claw, que podrán encontrar en YouTube al igual que El planeta de los dinosaurios, en la que esta vez son un grupo de humanos los que llegan a otro mundo, ya habitado como el propio título indica. Esta última es una cinta tan asombrosamente lamentable que podemos catalogarla sin miedo a exagerar como una de las diez peores de la historia del cine, échenle un vistazo si se atreven. Y cerrando esta trilogía de películas de monstruos digamos… monstruosamente malas, no podemos dejar de mencionar Dinosaurus!, aunque de ella nos llama poderosamente la atención una secuencia en la que sospechamos que muchos años después se inspiró Jame Cameron para la escena final de Aliens: el regreso.

En cualquier caso, el género nos ha dado muchas alegrías incluso en sus peores momentos, continúan asustándonos, divirtiéndonos, sirviéndonos de contraejemplo o de chivo expiatorio. Y en los últimos años con el desarrollo de la infografía resultan cada vez más impresionantes: La niebla, The host, la última versión de Godzilla… no faltan ejemplos, aunque si tuviéramos que escoger una relativamente reciente, probablemente sería Cazador de trolls. Se trata de una película noruega del año 2010 que es necesario recomendar precisamente porque pasó injustamente desapercibida y bien merece una oportunidad, de lo mejor que se ha hecho en los últimos años. Al menos, claro, hasta que llegue a nuestras pantallas Iron Sky: The Coming Race.

Fuente:  http://www.jotdown.es/2015/04/los-monstruos-gigantes-nos-atacan/

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