sábado, 16 de mayo de 2015

El judío usurero que bebía la sangre de los niños



Prestamistas judíos en la Francia medieval. (DP) 

Han llevado putas a Eleusis
Los cadáveres banquetean
A la señal de usura
(…)
La usura es el mal, neschek
He ahí el corazón del mal
El fuego sin tregua del infierno
El cáncer que todo lo corrompe,
Fafnir el gusano
Sífilis del Estado, de todos los reinos
Verruga del bien público
Hacedor de quistes
Corruptor de toda cosa.
Oscuridad contaminadora
Pérfida gemela de la envidia,
Serpiente de siete cabezas,
Hidra que penetra toda cosa
Que viola las puertas del templo
Que contamina el bosquecillo de Pafos
Neschek el mal rastrero
Baba, corruptora de toda cosa
Envenenadora del manantial
De todos los manantiales, neschek
La serpiente, mal que se opone al
crecimiento de la naturaleza
A la belleza
(…)


Y así continúa Ezra Pound en Los cantos durante varios versos más. En conclusión, que no era partidario. Ahora bien, ¿por qué esa animadversión tan desatada? ¿Qué podía ser tan horrible en una práctica como el préstamo con interés, que beneficia a ambas partes y que es el fundamento mismo del capitalismo? Remontarse al origen de ese rechazo supone también acudir a los comienzos de la larga y desdichada historia del antisemitismo. Durante la Edad Media esta actividad económica llegó a vincularse estrechamente con la diáspora judía, lo que dio lugar a una curiosa contaminación mutua: la usura era despreciable por ser propia de judíos y los judíos eran despreciables por dedicarse a la usura.

Desde la legendaria destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 por el ejército romano, los descendientes de las doce tribus de Israel se desperdigaron por Oriente Medio, Europa y el norte de África dispuestos a preservar su religión una generación tras otra. El problema es que en mucho lugares —especialmente en nuestro continente, donde nos centraremos— no se les permitió ser propietarios de tierras ni ingresar en gremios de artesanos, no podían ejercer ningún cargo que les dotase de autoridad sobre ningún cristiano, debían vivir en zonas específicas dentro de las ciudades (las juderías), tenían absolutamente prohibido convertir a nadie a su religión e incluso, según las Partidas de Alfonso X «atrevencia et osadía muy grande facen los judíos que yacen con cristianas, et por ende mandamos que todos los judíos contra quien fuere probado daqui adelante tal cosa hayan fecho, que mueran por ello». Hasta la propia condena a muerte por este u otros delitos podía ser aún más calamitosa, pues se establecía que fueran colgados no del cuello sino de los pies, para que la agonía fuese más duradera. Es decir, su presencia era tolerada pues a diferencia de los musulmanes eran considerados una especie de precristianos, el testimonio viviente del Antiguo Testamento y por tanto los orígenes de la verdadera fe. Pero al mismo tiempo eran vistos con suspicacia dado que si conocían la doctrina de Cristo pero no la acataban, entonces no se les podía achacar ignorancia sino mala fe. Los judíos eran así debido a su perfidia, eso es, no cabía otra explicación.

Dicen los primatólogos que la tribu de chimpancés que más intensamente odia otra es aquella de la que más recientemente se ha escindido. Naturalmente entre los humanos también ocurre y podríamos poner infinidad de ejemplos al respecto, pero, ateniéndonos al tema que nos ocupa, esta peculiar relación de tolerancia y hostilidad, de admisión y rechazo ante quienes eran parecidos pero no iguales, dejó a los judíos en una situación muy complicada: podían vivir en el continente europeo pero sin encontrar apenas formas de ganarse la vida. ¿Qué opción les quedaba entonces?

Aunque Cristo predicaba siempre la paz, el perdón y el amor incluso a los enemigos hubo una ocasión en la que perdió los papeles y se lio a hostias. Fue, como sabemos, cuando expulsó a los mercaderes que habían invadido con sus negocios el anteriormente mencionado Templo de Jerusalén. Este episodio sería muy comentado por el paso de los siglos y de él se extraerían muchas enseñanzas, como la que establecía el Decreto de Graciano: «quien prepara algo que ello mismo entero y sin cambio le proporcione lucro, he ahí al mercader expulsado por Dios del templo». El ánimo de lucro, el mercado, el comercio… todo ello pasaba entonces a ser sospechoso.

 
Fresco de Giotto en la Capilla de los Scrovegni, siglo XIV. (DP)

Lejos de haber sido un hecho aislado, respondía a una íntima convicción que Jesús predicó repetidamente. La riqueza era intrínsecamente mala y la pobreza buena por sí misma. No solo no había que dar esperando recibir con intereses, incluso ni siquiera había que dar esperando de vuelta algo equivalente. No, nada de eso, lo ideal era dar sin posibilidad de recuperar lo otorgado. En Lucas 6, 34-35 dice claramente: «Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? (…) prestad, no esperando nada a cambio». E insiste en Lucas 14, 12-15:

Cuando des una comida no invites a amigos, hermanos o parientes, ni a ricos vecinos, para que no te inviten a su vez y te sea devuelta la atención. Al contrario, invita a los pobres, a los tullidos, a los cojos y a los ciegos. Serás afortunado porque no pueden pagártelo, y tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos.
Continuando con esa doctrina pobrista, en la parábola sobre los jornaleros y el viñedo que se narra en Mateo 20, 1-16 ni siquiera se consideraba que el que trabajase más horas mereciera un mejor salario. Una idea que según se mire puede fomentar la vagancia o la esclavitud, pero desde luego no la meritocracia. Bajo tales directrices no había manera de organizar una sociedad capitalista y sus seguidores más ortodoxos en los siglos posteriores así lo entendieron, renunciando al dinero, a toda forma de propiedad y organizando sus vidas en comunidades monásticas. Pues bien, aquí es donde los judíos encontraron —usando la terminología actual— su nicho de mercado, su ventana de oportunidad. Su gran aliado fue el Deuteronomio 23, 20:

Podrás cobrar interés a un extranjero, pero a tu hermano no le cobrarás interés, para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos sobre la tierra a la cual entras para poseerla.

Dado que no dejaban de ser residentes en tierra extranjera, su religión les autorizaba por tanto a dar préstamos con intereses a los cristianos. Una práctica que no estaba incluida en la larga lista de prohibiciones que las sociedades de acogida les imponían y que además podían ejercer en monopolio, ante la imposibilidad de cualquier cristiano de hacer lo propio tal como estamos viendo. Curiosamente Mahoma por su parte prohibía igualmente la ribah, el interés del dinero, así que en tierras musulmanas también pudieron dedicarse al préstamo y a las actividades comerciales asociadas, haciendo así de intermediarios entre la cristiandad y el mundo islámico.

Y es que el hecho de estar dispersos en tantos lugares pero unidos por una fe común les permitía formar una red cosmopolita que resultaba extraordinariamente eficiente para los negocios. No solo les permitía protegerse del saqueo de sus riquezas por los gobernantes locales, sino que gracias a la revolucionaria creación de las letras de cambio hacían posibles las operaciones económicas que requerían las cada vez más complejas redes comerciales que comenzaban a recorrer Europa desde el siglo XII, como la Liga Hanseática en el norte y la de la costa mediterránea controlada por las ciudades-estado italianas. Estaban dando lugar nada menos que al nacimiento del capitalismo moderno. Así lo describía Montesquieu en su célebre El espíritu de las leyes:

Los judíos, proscritos sucesivamente de unos y otros países, lograron salvar casi siempre sus caudales; así encontraron donde establecerse y al fin tuvieron residencia fija: príncipes que de buena gana los hubieran expulsado, no querían privarse de su dinero. Inventaron la letra de cambio, y gracias a ella pudo el comercio eludir la violencia y mantenerse en todas partes. El más rico de los negociantes pudo tener sus bienes invisibles y enviarlos de una parte a otra sin dejar rastro en ninguna.

Como señalaba en esa misma línea el antropólogo Julio Caro Baroja «la cuestión era hacer las operaciones conservando la propia identidad y obteniendo el beneficio previsto y no dejarse arrastrar por los acontecimientos que envuelven a otros grupos con los que convive, más comprometidos siempre». Así que esa desafección hacia la comunidad en que vivían era buena para su prosperidad en los negocios… pero no les ayudaba precisamente a ganarse el afecto de sus vecinos. No solo eran herejes y herederos de los asesinos de Cristo, ahora esto, ya no tenían salvación posible. Los concilios celebrados en Letrán en los años 1179 y 1215 incluyeron medidas dirigidas contra ellos como limitar el interés máximo anual que podían exigir por un préstamo a un tercio de la cantidad, así como portar una señal amarilla distintiva en sus ropas. Una medida esta última que varios siglos después sería retomada por el nazismo.


Caricatura medieval que muestra a judíos alimentándose de una cerda. (DP)

La literatura medieval fue en este aspecto un fiel reflejo de su tiempo. Dante no se olvidó de mencionarlos en su infierno y Chaucer en Los cuentos de Canterbury pone en boca de la Priora diversas frases antisemitas sobre el pueblo judío que «practica el sucio negocio de la usura, vicio aborrecido por Cristo y por los que practican su fe», gentes «en cuyo corazón habita un nido de avispas» que en su narración terminarán asesinando a un niño muy devoto. Mientras en uno de los cuentos de el Decamerón el comerciante Abraham renuncia a su idolatría y termina abrazando la fe verdadera. Es también digno de mención el Cantar de mio Cid, cuando el protagonista llega ya sin fondos a Burgos junto a su séquito y no encuentran mejor artimaña que llenar dos arcas de arena y, una vez cerradas, llevarlas a los judíos prestamistas Rachel y Vidas. Entonces les hacen creer que están llenas de tesoros, de forma que a cambio de tenerlas en prenda durante un año les concedan un dinero que luego, naturalmente, ya no les será devuelto. No deja de ser significativo que todo un héroe como el Cid Campeador sea presentado como un tramposo que incumple su palabra y que eso no supusiera desdoro ni a los ojos del autor ni a los del público de la época. Al fin y al cabo las víctimas del ardid eran judíos, así que bien merecido se lo tenían.

No obstante todos estos ejemplos literarios más que contribuir a fijar el espíritu de la época se limitaban a reflejarlo, dado que no existía la imprenta y la gran mayoría de la sociedad medieval era analfabeta. En un tiempo en el que no existían televisión, radio ni redes sociales en las que expresar lo mucho que nos indigna cualquier cosa, el gran medio de comunicación, el sistema de adoctrinamiento y transmisor de valores por excelencia, resultaba ser el sermón. Tendían a ser más animados de lo que hoy en día podamos imaginar, pues en ellos estaban tolerados con finalidad aleccionadora tanto los chistes como las alusiones sexuales (incluso en algunas ocasiones acompañándolas de gestos obscenos y exhibición de genitales) y tenían como núcleo los llamados exemplum, que eran relatos breves dotados de alguna moraleja. Pues bien, una parte considerable de ellos pasaron a ser protagonizados por judíos y su finalidad era mostrar lo horrible que resultaba la usura. El historiador Jacques Le Goff recogió un buen número de ellos en su libro La bolsa y la vida: economía y religión en la Edad Media. Muchos giraban en torno a judíos en el lecho de muerte, que con toda clase de argucias inútilmente intentaban preservar sus riquezas, sobornar al diablo o salvar su alma, pero acababan ardiendo sin remedio en el fuego del infierno. La usura además permitía comprar y poner precio al tiempo (que solo pertenece al Señor) y hacía posible producir dinero constantemente, día y noche, también los domingos y días de festividad… ¡el colmo! Así que «a pecado sin tregua y sin fin, castigo sin tregua y sin fin». Los más impacientes no estaban dispuestos a esperar que fuera Dios quien lo hiciera y se adelantaron ellos con gusto.

Las Cruzadas trajeron consigo una mayor hostilidad hacia ese «enemigo interior» y se aprovechaba cualquier ocasión para su hostigamiento. En los carnavales de Roma por ejemplo desde el siglo XIV se celebraban los Juegos del Testaccio, que incluían carreras de asnos, búfalos, prostitutas y judíos. Estos últimos debían correr cubiertos únicamente con un taparrabos. En Turín existía la costumbre de que en la primera nevada del año se pudiera lanzar bolas de nieve contra los judíos mientras que en Aragón, algo más brutos, lo que les tiraban era piedras en Semana Santa. En Pisa durante las fiestas de Santa Catalina los estudiantes tenían la misión de encontrar al judío más gordo y ponerlo en una balanza, siendo su peso la cantidad en dulces que la comunidad hebrea debía pagarles. Es significativo que a veces los conversos eran quienes con más ahínco participaban en estos ataques contra sus antiguos correligionarios.

Había otro factor a tener en cuenta y es que la canonización aún no estaba centralizada en Roma, y dado que tener un santo traía consigo donaciones y peregrinos para la iglesia que lo proclamase todas quisieron tener su mártir… y qué mejor candidato que un inocente niño que fuera asesinado en un demente rito judío. Nacieron así los «Libelos de sangre». Uno de ellos fue descrito por la Priora en el anteriormente mencionado cuento de Chaucer, pero abundaron las acusaciones y las condenas a lo largo de todo el continente por estos supuestos crímenes. Muchos de ellos eran confesados por los acusados bajo tormento, e incluso uno llegó a admitir que pese a ser hombre menstruaba y por eso debía beber sangre de niño cristiano para restablecer sus fluidos. También se les acusó con frecuencia de ser profanadores de la hostia consagrada, aunque en el momento de robarla para sus diabólicos rituales esta acostumbraba a provocar algún milagro como volar, chillar como un niño e incluso provocar terremotos.

La atroz mortandad que provocaban las plagas de peste negra encontraba en los ataques a los barrios judíos una manera de conjurarlas de alguna forma, pues se creía que envenenaban los depósitos de agua para propagar la enfermedad. En el siglo XIV surgieron en Alemania bandas dedicadas a matar judíos, una especie de proto-Einsatzgruppen que eran conocidos como Judenschläger, y a lo largo de Europa se sucedieron con implacable periodicidad los pogromos. En Barcelona, por ejemplo, hubo uno en 1391 con varios cientos de muertos. Fueron, en conclusión, el chivo expiatorio por excelencia, alguien fácilmente identificable a quien poder acusar de todos los males de la sociedad dada su doble condición de herejes y usureros. Nada de lo que se dijera en su contra podía sonar despiadado para la gente de bien, y así continuó siendo durante los siglos venideros. 


Caricatura medieval en la que los judíos son quemados en un caldero llamado Judea. (DP)

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