jueves, 5 de febrero de 2015

Who is Sylvia?

“… Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas, y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chismes. Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella.”

Ernest Hemingway (París era un fiesta)

Estoy sentado en la Closerie des Lilas. La terraza es un enjambre y el mariscal Ney blande su espada de bronce. El camarero no se parece a Jean con su bigote de dragón, pero me sirve una cerveza como un tanque. Quiero ir a verla esta misma tarde. A Sylvia. Shakespeare and Company no está lejos. Sólo tengo que atravesar los jardines de Luxemburgo. No me han puesto aperitivo y acompaño la cerveza con una buena medida de observación bajo los árboles. Espero a ver pasar por el bulevar a Aleister Crowley, “el hombre más malvado del universo”, pero, mientras tanto, quizá esté por aquí, entre tantas cabezas la rubia angelical de Scott Fitzgerald, aunque no la distingo. Un distingué es como llaman en París a mi jarra de cerveza. Cuando me despido de la Closerie, el sol ya pinta de sombras a los clientes del café.

Dupuytren es una calle pequeña y empinada a la vuelta de la esquina de la calle del Odeón. En el número ocho ahora hay una tienda de productos de aromaterapia. Antes de que Sylvia montara su negocio había una lavandería donde Adrienne Monnier recordaba haber roto de niña, columpiándose, el cristal que dividía sus dos únicas habitaciones. Adrienne fue quien encontró el local cuando ambas se conocieron. Soñaban entonces con abrir una sucursal de La Maison des Amis des Livres, la librería de la francesa, en Nueva York pero, en lugar de esto Sylvia, ayudada y asesorada por su amiga, se decidió a abrir una librería estadounidense en París, donde los alquileres y el coste de la vida eran mucho más bajos.

El escaparate está enmarcado en madera, y veo a Sylvia dirigiendo a los hombres que empapelan las paredes con tela de saco. Desde el bulevar Saint Germain se acerca Charles Winzer, un amigo de Adrienne. Lleva bajo el brazo el cartel que ha pintado con el retrato de Shakespeare, el “socio Bill” como le llama ella, que Sylvia quiere colgar fuera, igual que una matrícula. También llegan los libros. Vienen de Inglaterra y de Estados Unidos en grandes baúles. Docenas de rossignols o saldos franceses junto a los Joyce, Keats y Pound por los que Sylvia suspira y que pronto pueblan el escaparate. En el interior, el expositor de revistas ya muestra los últimos números donde publican los jóvenes escritores: New Republic, Egoist, The Nation, Little Review, Playboy…; y decoran las paredes pequeños tesoros fotográficos: Walt Whitman ilumina de azul con su mirada el pequeño local, como combatiendo la penumbra que emana Poe, siempre oscuro, a su lado. Oscar Wilde, con capa de terciopelo, parece divertirse con el asunto. Alguien me dice algo. Es un motorista bajo el casco. Estoy en medio de la calzada. Me aparto. Los botes de lavanda y de hierbabuena y el cartel de la marca han vuelto al escaparate: Aromaterapie, reza el letrero.

Escucho el bullicio procedente de Saint Germain. Dupuytren parece un callejón sin salida, cerrado por un portalón de madera tallada bajo una arcada que gobierna un rostro de mujer. Recuerdo a Sylvia en las palabras de Hugh Ford: “Los que llegaban a Shakespeare and Company esperando encontrarse con una rebelde de gustos vanguardistas y lascivos terminaban llevándose la impresión contraria: su compostura y su sensatez se reflejaban hasta en su ropa. Alejada de su entorno bibliófilo, Sylvia podía haber pasado por la secretaria de una multinacional, o por una maestra formal, enérgica y formidable…” Desde allí vuelvo la vista atrás y entre los adoquines de la calzada se recorta la figura de André Gidé, inconfundible con su sombrero Stetson de ala ancha y su cigarro. Gidé es tímido y no quiere molestar y permanece por detrás del umbral, limitándose a asomar la cabeza. Sylvia sale a recibirle. Acaba de poner a buen recaudo Los silencios del coronel Bramble, que le ha regalado otro André, esta vez Maurois. La librería apenas lleva una semana abierta pero no cesan de presentarse los amigos. Entre ellos la pandilla de Leon Paul Fárgue, uno de los fundadores de la Nouvelle Revue Française, junto a su amigo Gallimard, y de Larbaud y Paul Valéry. Sylvia se ríe porque éste le acaba de contar que, de joven, en Londres, llovía cada día y se sentía solo y desgraciado. Vivía en una sucia habitación en medio de una gran pobreza hasta que decidió suicidarse. Cuando abrió el armario para coger su pistola, se cayó un libro. Era de un tal Scholl y comenzó a leerlo. Era un libro de humor y le divirtió tanto que, al acabar, ya no tenía ganas de quitarse la vida. Dice que está dispuesta a encontrar al tal Scholl, por si acaso, mientras promete visitarle en su casa para ver los Degas, Manet y Renoir que cuelgan en sus paredes y de los que tanto le ha hablado, además de los Berthe Morisot, la famosa abuela de su mujer.

Todos los franceses llegan con el remite de la librería de Adrienne. Shakespeare and Company es una librería de préstamo, un club, una embajada y hasta una estafeta. Los estadounidenses que llegan a París establecen allí su dirección postal. Sylvia está un poco sobrepasada con tanta actividad. Llegan decenas de cartas “para entregar a Shakespeare and Company”. Uno de los primeros en aparecer por allí es Sherwood Anderson, que ha visto su libro Winesburgh, Ohio, expuesto en el escaparate. Robert McAlmon es rico y es escritor, aunque no consigue concentrarse. Habla y bromea sin parar y siempre está tratando de ayudar a sus amigos. Como el poeta Ezra Pound, quien se jacta de ser un buen carpintero (“Zapatero a tus zapatos”, suele decirle James Joyce) mientras golpea con un martillo una vieja silla adquirida en el mercado de las pulgas. Esta clase de cosas siempre le han molestado a Gertrude Stein, otra de las nuevas suscriptoras, que aparece por Dupuytren, junto a su inseparable Alice B. Toklas, y queda muy satisfecha al encontrar allí sus propios libros, hasta que Joyce ((“James Joyce; calle de l’Assomption, 5 París; suscripción por un mes; siete francos”, apunta Sylvia aquel verano) acapara la mayor de las atenciones. A Stein, como Pound, tampoco le gusta el irlandés. Sus textos le parecen innacrochables (no se pueden colgar como los picassos de su casa), igual que los primeros cuentos de Hemingway, “el mejor de mis clientes”, de cuya llegada Sylvia recuerda en sus memorias: “Al levantar la cabeza vi a un hombre alto y moreno, con un pequeño bigote, a quién oí decir en voz muy grave y profunda que era Ernest Hemingway. Le invité a sentarse y, en respuesta a mis preguntas, me informó que era de Chicago. También supe que había pasado dos años en un hospital militar recuperando el movimiento de su pierna ¿Y qué le había pasado a su pierna? Bueno, casi tan compungido como un niño, me confesó que había combatido en Italia y le habían herido en la rodilla. ¿Le gustaría ver las heridas? Por supuesto que sí. De esta forma se interrumpió todo el trabajo en Shakespeare and Company mientras se sacaba el zapato y el calcetín y me enseñaba las terribles cicatrices que cubrían la pierna y el pie…”.


Al final de Dupuytren, recorriendo el último tramo de la calle de Monsieur Le Prince, se llega al carrefour del Odeón. Las terrazas parecen ocupadas por estatuas y el tráfico me devuelve al presente. Allí mismo empieza la calle del Odeón, y en el horizonte se alza el teatro del mismo nombre, como una reproducción del panteón de Agripa, donde Sylvia siempre recuerda que una vez representaron El Rey Lear. En el número siete hay una sucursal de una conocida firma de peluquería, pero la fachada y las contraventanas del piso superior, se conservan los mimbres, son las mismas de La Maison de Monnier. A unos metros más arriba de la calle, en el doce, se acaba de mudar para siempre Shakespeare and Company. Joyce echa de menos el antiguo local. Pero el nuevo es más grande y además cuenta con un apartamento en el piso de arriba. La librería vecina sigue allí con sus molduras gastadas de color vino, pero a la compañía la ha suplantado una tienda de ropa de mujer. Una placa recuerda que Sylvia Beach editó allí Ulises hace noventa años.

A través de los cristales puedo ver a Joyce sentado “de un modo que parece estar realmente agotado” entre los jóvenes escritores estadounidenses que le veneran, aunque no lo manifiestan. Sylvia dice que James escucha siempre a todo el mundo con suma atención y cortesía, y que nadie puede resistirse a su encanto. Acaba de llegar a París desde Zúrich, auxiliado por Pound, y cuenta con tres problemas: encontrar alojamiento para su familia, alimentarla y terminar su libro. John Quinn le está comprando Ulises por capítulos desde Nueva York. Casi al mismo tiempo va publicándose por entregas y con grandes dificultades en la Little Review, pero será finalmente Sylvia, impulsada por su admiración por el autor y por las dificultades de la censura y el rechazo inicial del libro —Bernard Shaw respondió así a la oferta de suscripción que Sylvia le hizo: “Querida señora: He leído algunos fragmentos del Ulises publicados en forma de serial. Constituyen una asquerosa muestra de un momento repugnante de nuestra civilización, pero sin duda son reales; me gustaría rodear Dublín con una barrera de seguridad, y también a todos los hombres entre los quince y treinta años; obligarles a leer toda esa hedionda e indecente mofa y obscenidad mental. Tal vez usted considere esto arte…”—, quien se ocupe de él y de casi todos los asuntos del genio de Dublín durante más de una década.

El cielo es transparente y, al bajar la vista, veo cómo George Antheil escala al piso de encima de la librería, donde vive, ayudándose con el cartel de “el socio Bill”. Se le han olvidado las llaves. Sylvia siempre se ríe con ésta y otras de sus locuras, como la idea de cambiarle los títulos a todos sus libros para venderlos mejor. George entra y sale del local con decenas de volúmenes que devora. George es otro miembro de “la masa” de Shakespeare and Company. George es concertista de piano y se ha trasladado a París junto a su mujer, Boske, para componer. Sus días transcurren entre el Ballet Mechanique, que construye al piano del piso de Adrienne (el único del que puede disponer), y el establecimiento de Sylvia.


 

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