domingo, 17 de noviembre de 2013

Mares de hoy, mares de antaño


Mapa en el que se intenta proponer la creación de zonas restringidas a la pesca.

Al filo de mi último mensaje, acabo de leer una noticia esperada (al menos por una parte de aquellos que estamos siguiendo estos temas un poco de cerca), pero no por ello menos preocupante y, en el fondo, triste: ya se está perfilando un mapa de pesca para las aguas del continente antártico (lo podéis encontrar aquí).

A pesar de haber un esfuerzo importante por parte de determinados gobiernos y organizaciones no gubernamentales por mantener el continente al margen de nuestro voraz y desesperado apetito, los caladeros de pesca en el mar están sobreexplotados en su gran mayoría, buscamos por tanto nuevos horizontes en el planeta finito. Por eso quería hacer una reflexión general que va más allá del continente blanco y que dará pie a diversos mensajes más detallados de algunos de los problemas que cada vez presionan más a los océanos en casi todos los lugares del mundo y que necesitamos comprender con urgencia.

El ser humano ha impactado esencialmente en todos los hábitats de la biosfera. En más de una ocasión se ha insistido en que existe una necesidad urgente de crear una ecología eficaz que contribuya a la gestión de un ecosistema de forma sostenible. Se necesita saber más sobre conceptos como persistencia, resiliencia y recuperabilidad o procesos de sucesión que puedan simplificar o añadir complejidad a los sistemas. Esto implica saber más sobre tamaños de población, flujos genéticos, relaciones positivas o negativas de simbiosis y enfermedades… el ambiente marino es sin duda el más retrasado en esta relación de conceptos, al ser el más inaccesible y desconocido. Hay ecólogos (marinos y terrestres) que nunca han visto las comunidades que estudian. En el marco global del estudio de ecosistemas, la observación pura y dura y la historia natural parecen ser las disciplinas más desprestigiadas. Pero sin una formación adecuada en historia natural nos arriesgamos a producir ecólogos estrechos de miras. Los naturalistas están más cerca de los poetas que de los ingenieros, y su intuición está basada en una experiencia de primera mano y el sentido común. Las transformaciones que se han dado (y se están dando) en los ecosistemas marinos merecen una reflexión fruto no solo de la experimentación puntual sino de la observación y de la mirada hacia atrás, hacia lo que fue en su momento un equilibrio que ahora se ha visto desplazado en todos los ecosistemas marinos del mundo.

Estos turistas solo quieren disfrutar de la compañía de un manatí, pero el exceso siempre acaba perturbando el sistema si no se ponen reglas y un cierto freno a nuestras actividades. Fuente.
 
Las transformaciones del mar
 La biota marina es muy diversa. En nuestro planeta hay cincuenta phylums y solo uno es estrictamente terrestre; el resto tiene representantes en la mar. Es muy interesante constatar que todos esos phylums se diferenciaron en el Cámbrico (hace unos seiscientos millones de años), evolucionando en un ambiente acuático. Desde esos tiempos pretéritos el mar se ha helado en algunas zonas, ha sufrido condiciones anaerobias (falta de oxígeno) en otras, ha sido impactado por meteoritos y ha cambiado de nivel en diferentes ocasiones. Los límites con la tierra firme también han cambiado, convulsionando en muchas ocasiones las comunidades bióticas expuestas a nuevas condiciones ambientales. Esas biotas son el reflejo combinado de cambios históricos en la dinámica de la física, la química y la biología del entorno en el que se mueven las comunidades vivas. Hoy día, diferentes transformaciones han afectado a esas comunidades de forma más o menos acelerada, cambios que amenazan con transformar el propio funcionamiento del mar tal y como lo empezamos a entender ahora. La falta de una visión directa y la dificultad inherente de experimentar que posee todo aquello que se halle bajo el nivel del mar hacen muy difícil una evaluación tal y como se hace en los diferentes ecosistemas terrestres. Este marco conceptual ha hecho que el mar siempre haya sido visto como una fuente inagotable de reservas y «libre de fronteras». Es indudable que la provisión de proteínas para consumo humano es un claro ejemplo del beneficio que los ecosistemas marinos aportan a la especie humana. Sin embargo, las perturbaciones que los diferentes sistemas marinos están padeciendo empiezan a hacer difícil esta explotación.

 La pesca como perturbador
Ha corrido mucha tinta respecto a cuáles son las perturbaciones que más han afectado el equilibrio marino durante las últimas décadas (e incluso siglos). Hoy podemos decir, sin lugar a dudas, que la pesca es el principal perturbador de los equilibrios entre especies y del flujo de energía de los ecosistemas. Y dentro de la extracción de recursos, la pesca de arrastre ha sido, definitivamente, la que más daño ha infligido (y sigue infligiendo) en las últimas tres décadas. ¿Por qué? La pesca de arrastre limpia el fondo, despeja amplias áreas no solo de fauna vágil (peces, cefalópodos, etc.) sino de fauna y flora sésil (gorgonias, corales, fanerógamas marinas) que proporcionan complejidad al sistema marino. El tipo de impacto debido al arte de pesca en el suelo marino depende de su masa, el grado de contacto y la velocidad a la que se mueve. En determinados lugares, la media de arrastre del arte (California) es de 1,5 veces al año, con zonas arrastradas hasta tres veces por año. Las estadísticas sugieren que se está barriendo aproximadamente un 20% de la plataforma continental cada año, y que hay espacios en los que hasta el 80% del área es perturbada durante ese periodo. Cerca de Hong Kong hay zonas donde el arrastre se produce hasta tres veces al día. No se sabe con certeza cuánta área perturbada tenemos en el planeta. Un «barrido» tan frecuente impide cualquier posible recuperación de la biota marina. Uno de los efectos más perniciosos es la homogeneización del substrato, el transformarlo en una masa uniforme en la que algunas especies oportunistas y de rápido crecimiento y ciclo de vida campan sin problemas aprovechando la frecuente perturbación del sistema. Se ha llegado a argumentar que la sobrepesca ha eliminado virtualmente a los nuevos depredadores teleósteos (peces), resultando en un resurgimiento del sistema Mesozoico dominado por equinodermos y crustáceos.



Perturbación a diferentes escalas
Hay una clara evidencia de que la pesca comercial está provocando profundos efectos sobre los ecosistemas marinos. En los ecosistemas marinos las perturbaciones a pequeña escala de origen natural influyen en las comunidades generando discontinuidades de distribución o patchiness. En un momento determinado se dio a entender que la perturbación de los pesqueros podía incrementar la diversidad por ese motivo. Pero eso es falso, debido a que no se tiene en cuenta la distribución global de las especies, su demografía y sobre todo su resiliencia. La resiliencia podemos considerarla como la capacidad de regeneración y resistencia a las perturbaciones (naturales o no) que sufre una especie o ecosistema. Por ejemplo: un coral rojo tarda decenas de años en llegar a una talla máxima, mientras que el ciclo vital de un poliqueto (gusano marino) que viva cerca de la boca de un colector puede ser de meses; la capacidad de recuperación de una especie y otra será drásticamente diferente, así como su resiliencia en el ecosistema.

La dimensión temporal es considerada por el intervalo entre perturbaciones y el tiempo de recuperación. De ese modo, una serie de perturbaciones demasiado frecuente hará imposible la recuperación de cualquier organismo o ecosistema de larga vida (que suelen ser los que dan forma a los sistemas más complejos). En este contexto no debemos olvidar tampoco la variable espacial. La dimensión espacial ha de ser considerada como la relación entre el área perturbada y el tamaño real del hábitat. Es decir, si la perturbación no transforma todo el hábitat, se puede considerar recuperable, pero en el momento en el que todo ese hábitat viene perturbado la recuperación se hará más difícil y, en algunos casos, prácticamente irreversible (a escala humana).

Pez luna, uno de los controladores de las proliferaciones del plancton gelatinoso (las medusas). Fuente

Estructuras tridimensionales vivas
Volviendo a la pesca, y especialmente a la de arrastre, ¿por qué puede afectar tanto al conjunto de los ecosistemas marinos? Hay que pensar que las especies que no pueden desplazarse (sésiles) suelen formar «bosques submarinos» (vegetales o animales) que proporcionan complejidad (y por tanto riqueza) al sustrato marino. Otros procesos en los que estos organismos juegan un papel importante incluyen la estabilidad del sedimento, la turbidez del agua, el procesamiento de nutrientes y carbono, el secuestro de contaminantes así como el suministro de fármacos y sustancias dedicadas a la nutrición (sin olvidar los valores recreativos y estéticos). Muchas de estas especies se ven irreversiblemente afectadas por una perturbación reiterada como es el arrastre al no poder recuperarse, perdiéndose toda posibilidad de reclutamiento y reinserción en el sistema. Se pierde la estructura tridimensional viva que conforman. Las poblaciones o «manchas» de estos organismos pueden modificar el hidrodinamismo en una amplia escala espacial, influyendo mucho en los flujos verticales y horizontales de comida y larvas en el suelo marino. Tanto el tamaño de los organismos como de la «mancha» son importantes. Estas modificaciones crean variación en el fondo del mar, añadiendo biodiversidad. Pero sus estructuras tridimensionales son muy vulnerables a la pesca de arrastre. Y esta perturbación no se ciñe solo a los hábitats a poca profundidad, sino también a los corales profundos que están siendo radicalmente transformados. En estos hábitats los efectos sobre la biodiversidad son más exacerbados, porque las especies son muy longevas y de crecimiento muy lento, por lo que la creación de la estructura tridimensional viva puede tardar siglos en completarse, considerándose madura. Los corales profundos se encuentran sobre todo en los márgenes de la plataforma continental, en el borde de los cañones. Un ejemplo es el de Lophelia pertusa, un coral profundo que se encuentra en manchas discretas a cientos de metros de profundidad, construyendo arrecifes de cientos de metros a kilómetros y hasta cuarenta y cinco metros de altura colonia sobre colonia. En un solo emplazamiento en Tasmania se encontraron 299 especies diferentes, el 43% de las cuales eran nuevas para la ciencia. La tasa de destrucción por la pesca de arrastre de estos sistemas es mucho más elevada que su conocimiento. Quizás por eso el Ministerio de Medio Ambiente ha decidido restringir la pesca de arrastre en el Mediterráneo hasta los mil metros, en un intento de no destruir algo tan difícilmente recuperable como son los arrecifes profundos. 


Las gorgonias formas un bosque submarino junto con esponjas, corales, briozoos, etc. Fotografía de Sergio Rossi.
  
Mares de antaño
Pero las transformaciones de las que ahora somos testigos son muy anteriores al siglo XX. La pesca de arrastre solo ha rematado una larga decadencia que proviene de un tiempo más remoto del que imaginamos. En efecto, se puede decir que los mares y océanos que bañan nuestras costas ya estaban transformados antes de que, aceleradamente, acabásemos de moldearlos a nuestra conveniencia. Vamos a poner algunos ejemplos sorprendentes y bien documentados. En el mar Caribe, la presencia de grandes tortugas era omnipresente: se calcula que solo en la isla de Jamaica había unos seis millones de ejemplares a mediados del siglo XVII (cálculos muy conservadores), y distintos relatos hablaban de una auténtica sopa de tortugas en determinadas bahías y ensenadas. Sin embargo, el tráfico de esclavos y su consiguiente necesidad de carne fresca para el consumo hizo de estos animales un blanco fácil. Su pesca las diezmó rápidamente, así como a manatíes y focas del Caribe (ahora ya extintas). El hecho de la extinción en sí no es la única cosa grave: la desaparición de grandes herbívoros significó un cambio drástico en todas las relaciones tróficas (alimenticias). La bioturbación (o impacto) sobre los ecosistemas por parte de estos animales se vio mermada hasta ser solo testimonial. Ya no hay grandes herbívoros que ramoneen en las extensas praderas de plantas marinas. Como parangón, pensemos en una sabana africana sin grandes comedores de hierba como elefantes o antílopes: sin ellos el cambio de todo el ecosistema llevaría a un equilibrio muy diferente de sus flujos energéticos. En estos momentos, los científicos y los gestores de las diferentes áreas del Caribe son conscientes de estar estudiando un ecosistema ya cambiado, lejos del paraíso intacto que se suele presentar. No es menos un ambiente tan familiar como el Mediterráneo: desaparecidos los grandes vertebrados, organismos como las medusas proliferan ayudados por unas condiciones ambientales favorables, y por unas cadenas tróficas totalmente transformadas. Atunes, peces luna, y tortugas, ahora mucho más escasos, no producen impacto alguno en los bancos de plancton gelatinoso que se acercan a la costa.

Hoy día las poblaciones de tortugas son un pálido reflejo de lo que fueron, entre otras cosas por la profunda transformación del hábitat. Fuente.
 
Otro ejemplo: en la bahía de Chesapeake (noreste de Estados Unidos) hay una permanente eutrofización, es decir, una gran cantidad de algas microscópicas que a duras penas dejan sobrevivir a otros organismos. ¿Siempre ha sido así? ¿Es la moderna situación de humanización la que ha llevado al límite esta extensa área? A principios del siglo XIX la bahía era muy rica en pesca. Pero era rica en otra cosa a la que no se le ha prestado tanta atención: bancos de ostras. Se contaban por cientos las toneladas de ostras que se extraían y se comercializaban. En los relatos y cuadernos de mercaderes de la época se hablaba de zonas en las cuales las ostras podían hacer encallar a las embarcaciones: al ser animal que crece bastante rápido los bancos podían aparecer en pocos años en lugares donde antes podían pasar las barcas. Las ostras eran la bomba que succionaba las algas microscópicas. Eran las que controlaban la eutrofización. Desaparecidas las ostras, la posibilidad de regulación y recuperación del ecosistema era menor. Es obvio que la presión humana a través de mayor población y mayores vertidos podría haber precipitado la situación por otro lado, pero cuando los científicos empezaron a tomarse en serio la ciencia de la ecología, Chesapeake Bay ya se encontraban en un sistema lejos de ser el original: no había casi ostras.

Un ejemplo más reciente: se sabe por las fotos de los años cincuenta y sesenta que en el Mediterráneo había catedrales de coral rojo y otros gorgonáceos. Bóvedas inmensas recubiertas de estos animales parecidos a árboles formaban un auténtico bosque. En el caso del coral rojo podía encontrarse a poca profundidad, pues el factor limitante del coral rojo, lejos de ser la batimetría, es la mano del ser humano que lo explota. Su extracción desaforada hizo desaparecer estas estructuras tridimensionales que daban refugio a innumerables juveniles de peces, crustáceos, moluscos, etc. Algo parecido a la estructura que da una pradera de Posidonia oceanica. Y este ha sido uno de los motivos por los que la capacidad de recuperación de muchos animales se ha visto mermada. Hay muchos más ejemplos, y lo más preocupante es que muchos de estos cambios ni siquiera podremos entenderlos, pues no hay manera de tener un registro temporal mínimamente fiable. Sencillamente, no podemos percibir la magnitud de la pérdida.
Hacia la banalización de los ecosistemas marinos; desaparecen los grandes depredadores y filtradores, así como los bosques animales y vegetales del fondo del mar. – Fuente Daniel Pauly.

Quizás el problema seamos nosotros…
Todavía falta mucho dato de base para entender las relaciones teóricas básicas de productividad, biomasa o grado de sostenibilidad en los ecosistemas marinos que nos ayuden a restaurar y conservar. Los animales más grandes han desaparecido del ecosistema y estos son a veces las piezas clave para regularlo y mantenerlo. No tenemos ni idea de cuáles han sido realmente las consecuencias de la desaparición de ballenas, delfines, atunes o peces vela. Incluso en áreas protegidas tardaremos décadas en ver restaurada la megafauna. La pérdida de focas, nutrias, bacalao y otros grandes depredadores da lugar a un incremento de invertebrados marinos, especialmente los erizos que erosionan las algas carnosas. Estamos siendo testigos de un cambio radical de un suelo marino de tres dimensiones a un paisaje plano de dos dimensiones, con reducción de diversidad, biomasa, producción, etc. Los vertebrados desaparecen rápido, sustituidos por invertebrados y microbios que se abren rápidamente camino impidiendo a veces la recuperación. (

Y el problema mayor que tenemos los ecólogos hoy en día es entender si estamos estudiando algo tan solo cambiado o diametralmente diferente a lo que en realidad era. La ciencia va muy rápido, como la sociedad en la que se refleja, y lo primero que habría que tomar en consideración es si estamos estudiando los hechos de forma correcta. Experimentos precisos y concisos, cada vez más maculados, vienen sin embargo poco abrigados de una observación naturalista, de un mero enfoque con gran angular que nos permita ver el conjunto. Los muestreos son rápidos, de un año o dos a lo sumo porque el proyecto no da para más, se acaba el dinero en los tres años que dura la subvención. En vez de eso convendría hacer dos cosas: por un lado largas series temporales que nos permitirían entender el ritmo estacional del sistema y su progresión en el tiempo; por otro, ciclos cortos muy intensos (con intervalos de horas) que nos permitan atrapar los pulsos de los que se nutre el sistema, las corrientes, la liberación de huevos o larvas, los banquetes de comida que ni mucho menos son constantes. También haríamos bien los científicos en coordinarnos mejor. ¿Cómo es posible que se hagan pescas de plancton crustáceo (copépodos, etc.) que subestimen el gelatinoso (medusas, etc.) y viceversa? ¿Por qué no nos ponemos de acuerdo en los protocolos para hacer un seguimiento y gestión científica de nuestros parques naturales? Ya se están proponiendo soluciones, como la de formar grupos multidisciplinares en los que trabajan juntos geólogos, biólogos, químicos y físicos para entender mejor los sistemas. O a través de programas internacionales que coordinan varios países y varios centros de investigación buscando un fin común. Uno de esos fines es el de crear reservas marinas en medio de los océanos, en zonas que pueden ser de interés biológico. En esas zonas se restringiría la pesca, se prohibiría el tráfico marítimo, la minería submarina y el lanzamiento de residuos, así como cualquier tipo de prueba militar. Deberían ser de extensión considerable, pues de lo contrario las poblaciones no podrían recuperarse. En la costa es más complicado, debido a una mayor presión humana directa especialmente en lugares como el Mediterráneo o la costa norte de Europa, aunque poco a poco se abren iniciativas más sólidas al respecto, especialmente el considerar costas de países menos desarrollados y con menor presión humana. No sabemos si alguna vez estas iniciativas conseguirán hacernos ver otra vez una sopa de tortugas en Dry Tortugas (Jamaica), pero como mínimo sabremos qué gestionar y por qué. 
 

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